El día comenzaba con enorme excitación. La casa estaba revolucionada, las maletas abiertas sobre las camas, la ropa esparcida alrededor, esperando ser debidamente clasificada, doblada y colocada. Los billetes mirados y remirados. El viaje es de noche. El tren no sale hasta las nueve y veinte. Poco a poco cada cosa va ocupando su lugar. El padre se enfada; "¿dónde vamos con todo eso?". La madre replica: "es por si acaso"
A media tarde la maletas están a punto de cerrarse, cebadas de ropa. Hay que tomar un último bocado. Después vestirse. Hay que salir temprano para llegar con tiempo suficiente a la estación.
Para un taxi, las maletas se van apilando en la baca y, por fin, se acomodan dentro. El padre delante, indicando la dirección. Mamá y los niños detrás. La anticipación por lo que se avecina es máxima. La luz va menguando, se acerca el anochecer.
La estación es un revuelo de coches y maletas. Los mozos van y vienen con los carritos, sus batas azules ondeando, tocados con sus inconfundibles gorras ladeadas.
El padre muestra los billetes y enfilan hacia el tren. Como han llegado pronto apenas acaba de formarse. El revisor baja, de uniforme y gorra con entorchados. Ojea su lista. Se acercan y entregan los billetes. Comprueba los datos. Todo correcto. Cuenta las maletas y sube. Cuando llega a la cabina correspondiente, abre la ventanilla que da al andén, mientras por fuera el mozo le sigue empujando el carrito. Una a una van subiendo las maletas y colocándolas en el compartimento. Una vez acabado el proceso, el padre paga al mozo, y escalan el vagón, porque subir por esos estrechos y altos peldaños es casi como escalar. El revisor espera en la puerta y le devuelve los billetes al padre. Una propina cambia de mano. El padre pregunta entonces a que hora se sirve la cena, el revisor contesta que a las 10 y, a su vez, pregunta en que turno queremos cenar, por supuesto el primero, que hay niños que no deben trasnochar.
Una vez instalados toca revisarlo todo, todas la puertas, portezuelas y botones. Encender y apagar las luces. Inspeccionar el lavabo escondido con su jabón y su pasta de dientes, y también el orinal. Aun queda media hora para que salga el tren. El padre se baja, enciende un pitillo y pasea por el andén. Los niños suben y bajan mientras la madre trata de acomodarse.
Por fin, el tren va a partir. El resto de los compartimentos se han ido llenando. El sol ya se ha puesto y el cielo se está oscureciendo. Las puertas se cierran. El jefe de estación toca el silbato y agita su banderola. El tren responde con su bocina. Un pequeño tirón y el vagón se agita. Lentamente se pone en marcha, enseguida se vislumbra el cielo y la estación va quedando atrás. Se pueden ver la vías entrecruzándose mientras el tren gana velocidad.
Se intuye la ciudad entre la creciente oscuridad, una silueta de edificios levemente iluminados.
Los niños no pueden despegar los ojos de la ventanilla, absorbiendo las imágenes, empapándose de las sensaciones: el traqueteo del tren, el olor del vagón mezclado con el de la madera de las traviesas.
Por fin llega la hora de cenar. El trayecto al restaurante es difícil y tortuoso, los pasillos son estrechos y el movimiento del tren hace complicado mantener el equilibrio. El paso entre los vagones parece arriesgado, las placas giran, y hay que dar un paso largo, y se nota el aire que se cuela por las rendijas.
El restaurante está elegantemente iluminado. Las mesas impecablemente vestidas. El camarero los acomoda. Solo hay mesas de cuatro y de dos. El menú reducido: entremeses para todos y dos platos a elegir, no hay sitio para más, la cocina es minúscula. El padre pide vino, el resto agua. Los cubiertos parecen enormes a los ojos de los niños.
Todo sabe delicioso. Fuera está todo negro. Pasan los postres y la tabla de quesos. Después la cuenta y vuelta a la cabina.
Sorpresa, durante la cena han hecho las camas. Los asientos han desaparecido y en su lugar hay una cama, mientras que otra ha aparecido del techo junto con su escalera. Los niños eligen siempre la litera de arriba. Se ponen el pijama y se asean, ahítos de emoción suben por la escalera tapizada. Las sábanas tiesas huelen a limpio. Al fin se apagan las luces, ya es tarde. El vagón queda en silencio y el traqueteo arrulla a los pasajeros.
Los niños están tan excitados por la novedad que no pueden dormir. Dan vueltas en la cama y miran a hurtadillas por la ventanilla. Las estrellas arriba, abajo pequeños luceros que brillan en las casas desperdigadas. De cuando en cuando las luces fugaces de una estación por donde pasa el tren sin detenerse.
Pasada la medianoche la primera parada. Cambio de locomotora y cambio de sentido. Se oye el clanc-clanc de los operarios que golpean las ruedas para comprobar que todo está en orden.
El tren vuelve a arrancar. Al cabo de un rato, de puro cansancio, los niños se duermen.
La luz entra por la ventanilla. No es tan brillante como en casa. La vegetación es más espesa y se atraviesan desfiladeros y túneles. Hay que levantarse y vestirse. Toca desayunar.
Vuelta al vagón restaurante. Huele a café y a pan caliente. El desayuno sabe a gloria, ahora disfrutando de un paisaje completamente distinto. Otra parada. Algunos pasajeros bajan. Unos pocos suben. Aun es temprano y todo parece ir muy despacio.
A la vuelta nueva sorpresa: ya no hay camas, los asientos ya reposados vuelven a trabajar. Recogen el equipaje. Por fin, el tren va disminuyendo la marcha. Se cruzan con otros trenes y, a lo lejos, se ven ya edificios. Al abrir la ventanilla huele a mar. El aire frío los termina de despejar.
Entra en la estación y con un suspiro se detiene, acto seguido empieza de nuevo el frenesí: la maletas, los mozos, y a la salida los taxis.
Una aventura termina y otra, distinta, comienza.