El pasado 10 de abril se cumplieron 3 años del fallecimiento de mi abuela. Mi familia y yo solíamos ir a visitarla todos los domingos. Tenía 109 años y hasta el final se preocupó mucho por todos y estaba al tanto de lo que hacía cada uno, de los cumpleaños, los santos y los reyes magos. La enterraron junto a mi abuelo que murió muchos años antes.
Ahora intento ir al cementerio a visitar su tumba al menos dos veces al año, una por su aniversario y otra por el día de difuntos en noviembre. Ya que yo no había estado en el entierro de mi abuelo, me propuse el día del entierro de un abuela recordar el camino y los hitos que me podían servir para encontrarla, porque en un cementerio tan grande como el de la Almudena todas la tumbas parecen iguales. La primera vez me costó un poco localizarla, pero en estos tres años ya he logrado fijar el camino en mi memoria y la encuentro sin rodeos.
Lo que me resulta más chocante es que, de toda la familia, haya sido yo la única que se ha preocupado por seguir visitando su tumba, llevarle flores y rezar una oración por su alma. Bueno, esto no es del todo cierto, si yo les llevo algunos vienen conmigo, pero si no voy yo no va nadie. No entiendo por qué. ¿Dejadez? ¿Pereza? ¿Falta de tiempo? ¿Falta de fe? Me parece triste que una vez que uno ha fallecido no haya nadie que visite tu tumba. Cierto es que hay contratado un servicio de mantenimiento con el cementerio para que la tumba esté limpia y en buenas condiciones, pero eso me resulta frío, al fin y al cabo, ¿qué le importa a un operario quién esté en la tumba?
Como yo creo en el más allá pienso que cuando yo me muera me gustaría alguien se acordase de mí y se cuidase de mi tumba, y de mis restos, con cariño y, por tanto, intento actuar de la misma manera con los que me han precedido en esa transición.
Sé que ello no implica en absoluto que el resto de la familia no la recuerde, no puedo juzgarlo sin entrar en sus cabezas, pero hay gestos tan fáciles que dicen tanto.
jueves, 22 de abril de 2010
Cuaderno de bitácora: Jornada de navegación 45/16.760
Mar en calma. Puede ser la calma que precede a la tormenta. Mañana puede que avistemos tierra, ya se verá si los nativos son amistosos o no. Puede que ni lleguemos a tener contacto directo con ellos, al menos la tropa, el almirantazgo tendrá que dar la cara.
Hoy estoy contenta. En el mes de enero perdí dos anillos en el aeropuerto y no pude encontrarlos por más que pregunté en las oficinas de objetos perdidos. No eran de gran valor: un anillo de dos vueltas de perlas cultivadas muy aparente que me costó 5 $, el otro me era muy preciado porque tenía gran valor sentimental ya que había sido un regalo de mis hijos y mi marido. El destino encaminó mis pasos ayer para pasar por una tienda recién inaugurada y que echara un vistazo dentro, allí encontré una réplica exacta del que perdí. Me lo compré inmediatamente, aunque no sea el original cuando me lo veo en la mano me hace sentir menos culpable por haber sido tan descuidada.
Mañana es San Jorge y el día del libro. ¡Qué gran invento!
Hoy estoy contenta. En el mes de enero perdí dos anillos en el aeropuerto y no pude encontrarlos por más que pregunté en las oficinas de objetos perdidos. No eran de gran valor: un anillo de dos vueltas de perlas cultivadas muy aparente que me costó 5 $, el otro me era muy preciado porque tenía gran valor sentimental ya que había sido un regalo de mis hijos y mi marido. El destino encaminó mis pasos ayer para pasar por una tienda recién inaugurada y que echara un vistazo dentro, allí encontré una réplica exacta del que perdí. Me lo compré inmediatamente, aunque no sea el original cuando me lo veo en la mano me hace sentir menos culpable por haber sido tan descuidada.
Mañana es San Jorge y el día del libro. ¡Qué gran invento!
De mis lecturas
Últimamente me ha dado por analizar mis gustos literarios, cinematográficos y teatrales. He mirado atrás y he visto los libros que he leído y, de ellos, los que más me han gustado y los que menos, y que es lo que me apetece leer en este momento.
La primera conclusión a la que he llegado es que la selección que tengo esperándome es variopinta. Predominan el relato, corto o novelado, aunque también hay un par de biografías y otro par de libros de espiritualidad/religión.
La segunda conclusión a la que he llegado es que, cuando se trata de novelas, me gustan más los libros cuando me puedo identificar con algún personaje, el que sea hombre o mujer es irrelevante, porque me gusta vivir la historia, es como despojarme de mi propio ser y vivir una doble vida, la real y la otra vida en el libro.
Un psicoanalista probablemente pensaría que lo hago para evadirme de una vida insatisfactoria, y probablemente tendría razón, pero no tiene porque ser necesariamente el caso si, por ejemplo, se trata de un dramón inconmensurable que me hace llorar ríos de lágrimas. Es más, considero que es este un ejercicio muy sano para liberar tensiones, una buena llantina obra milagros en el espíritu. Dado que no tengo espíritu aventurero y mis posibilidades de viajar son reducidas, por no decir escasas, el vivir una vida literaria a través de una novela amplia mis horizontes, no porque huya de mi vida sino porque me permite ampliarla más allá de los límites físicos o temporales. La fantasía no tiene límites y esto mismo me pasa con las películas o el teatro.
Por otro lado, la identificación con el personaje no se traduce en compartir todas y cada una de sus opiniones y características, bastan unas pocas, pero las más importantes, una afinidad, para lograr el transvase de identidades.
Pero a lo que íbamos, no obstante, también he disfrutado mucho de otras novelas aunque no me haya identificado con un personaje, y me haya sentido solo observadora. Aquí la imaginación compone los personajes y los escenarios y te ves a ti mismo como un personaje más de la obra, que observa la acción y a los personajes, y quizá la identificación en este caso sea más con el autor, que ocupa el lugar de nuestros ojos y nos guía por la historia.
Fuera de las novelas, mis gustos y necesidades tienen una gran amplitud, y me gustan mucho las biografías y algunos libros de historia, también libros de divulgación de física, psicología del aprendizaje, filosofía, religión, viajes y en general cualquier libro cuyo título o tema llamen mi atención o que me regalen.
La poesía me cuesta más trabajo, no por otra cosa sino que necesitas una tranquilidad para disfrutarla de la que ahora no dispongo. No se puede leer poesía a salto de mata, como leo yo la mayoría de las veces.
Otra conclusión es que, de un tiempo a esta parte, necesito leer algo que me haga reír, no tiene porque ser necesariamente una novela cómica o de humor, basta con que algunos pasajes rompan con el tono general, y cuánto más abrupta y salvaje sea más me hace reír. Así, me gustó mucho, por lo salvaje, la descripción de la batalla de Trafalgar de Arturo Pérez Reverte. Me divierte mucho su estilo, lo cual no significa necesariamente que me gusten todas sus obras, pero a veces me divierten mucho las barbaridades, en varios sentidos del término, que escribe.
Ahora estoy leyendo "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery y me ha encantado descubrir varios pasajes que me han hecho reír a carcajadas, para asombro de mis semejantes, pues tengo la costumbre de aprovechar cada ratito que puedo para leer y lo hago en cualquier sitio, público o no. Me resulta refrescante poder soltar una carcajada de vez en cuando. La risa es tan necesaria. Por eso me gustó tanto Erma Bombeck, por su capacidad de ver el lado humorístico de la vida, esa risa que resulta de una situación cómica inesperada y cuando uno se puede reír de sí mismo, ahora bien, no me gustan NADA las bromas pesadas, las novatadas y esas cosas, que me parecen degradantes.
Y otro día tengo que hablar de los autores.
La primera conclusión a la que he llegado es que la selección que tengo esperándome es variopinta. Predominan el relato, corto o novelado, aunque también hay un par de biografías y otro par de libros de espiritualidad/religión.
La segunda conclusión a la que he llegado es que, cuando se trata de novelas, me gustan más los libros cuando me puedo identificar con algún personaje, el que sea hombre o mujer es irrelevante, porque me gusta vivir la historia, es como despojarme de mi propio ser y vivir una doble vida, la real y la otra vida en el libro.
Un psicoanalista probablemente pensaría que lo hago para evadirme de una vida insatisfactoria, y probablemente tendría razón, pero no tiene porque ser necesariamente el caso si, por ejemplo, se trata de un dramón inconmensurable que me hace llorar ríos de lágrimas. Es más, considero que es este un ejercicio muy sano para liberar tensiones, una buena llantina obra milagros en el espíritu. Dado que no tengo espíritu aventurero y mis posibilidades de viajar son reducidas, por no decir escasas, el vivir una vida literaria a través de una novela amplia mis horizontes, no porque huya de mi vida sino porque me permite ampliarla más allá de los límites físicos o temporales. La fantasía no tiene límites y esto mismo me pasa con las películas o el teatro.
Por otro lado, la identificación con el personaje no se traduce en compartir todas y cada una de sus opiniones y características, bastan unas pocas, pero las más importantes, una afinidad, para lograr el transvase de identidades.
Pero a lo que íbamos, no obstante, también he disfrutado mucho de otras novelas aunque no me haya identificado con un personaje, y me haya sentido solo observadora. Aquí la imaginación compone los personajes y los escenarios y te ves a ti mismo como un personaje más de la obra, que observa la acción y a los personajes, y quizá la identificación en este caso sea más con el autor, que ocupa el lugar de nuestros ojos y nos guía por la historia.
Fuera de las novelas, mis gustos y necesidades tienen una gran amplitud, y me gustan mucho las biografías y algunos libros de historia, también libros de divulgación de física, psicología del aprendizaje, filosofía, religión, viajes y en general cualquier libro cuyo título o tema llamen mi atención o que me regalen.
La poesía me cuesta más trabajo, no por otra cosa sino que necesitas una tranquilidad para disfrutarla de la que ahora no dispongo. No se puede leer poesía a salto de mata, como leo yo la mayoría de las veces.
Otra conclusión es que, de un tiempo a esta parte, necesito leer algo que me haga reír, no tiene porque ser necesariamente una novela cómica o de humor, basta con que algunos pasajes rompan con el tono general, y cuánto más abrupta y salvaje sea más me hace reír. Así, me gustó mucho, por lo salvaje, la descripción de la batalla de Trafalgar de Arturo Pérez Reverte. Me divierte mucho su estilo, lo cual no significa necesariamente que me gusten todas sus obras, pero a veces me divierten mucho las barbaridades, en varios sentidos del término, que escribe.
Ahora estoy leyendo "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery y me ha encantado descubrir varios pasajes que me han hecho reír a carcajadas, para asombro de mis semejantes, pues tengo la costumbre de aprovechar cada ratito que puedo para leer y lo hago en cualquier sitio, público o no. Me resulta refrescante poder soltar una carcajada de vez en cuando. La risa es tan necesaria. Por eso me gustó tanto Erma Bombeck, por su capacidad de ver el lado humorístico de la vida, esa risa que resulta de una situación cómica inesperada y cuando uno se puede reír de sí mismo, ahora bien, no me gustan NADA las bromas pesadas, las novatadas y esas cosas, que me parecen degradantes.
Y otro día tengo que hablar de los autores.
miércoles, 21 de abril de 2010
Idealizar la ausencia
Siempre me ha llamado la atención un proceso que nos sucede inevitablemente, y que se realiza en la mayoría de los casos de forma inconsciente. Se podría interpretar como una pequeña traición de nuestra memoria que, incapaz de ser enteramente objetiva, rehace los hechos y a las personas deformándolos para bien o para mal. Es muy corriente que un suceso que nos haya afectado particularmente se vaya deformando en nuestra memoria, de tal manera que una desgracia nos parezca todavía mayor en la distancia, o que un acontecimiento feliz sea equivalente al paraíso en la tierra. Los idealizamos. También idealizamos a los animales y a las personas. Tengo la impresión de que lo más frecuente es la idealización positiva. ¿Quién no ha hablado o habla de esos seres a los que echa de menos? Y cuando lo hace, rara vez es para criticarlos (tendemos siempre, en condiciones normales, a olvidar lo malo), más bien hablamos con añoranza, con nostalgia por los momentos pasados que compartimos con ellos, con su caríño, su tacto. Cuando una mascota o una persona que nos son queridas están ausentes, ya sea porque se encuentran lejos o porque han fallecido, tratamos de esforzarnos en recordar características particulares de ese ser para llenar el hueco que esa ausencia deja en nuestro corazón y el vacío en nuestra memoria, y sucede que muchas veces solo recordamos los aspectos más positivos de su forma de ser, creando una imagen que reemplaza a la realidad, pero que no corresponde enteramente con esa realidad, porque ha obviado partes del ser real y ha realzado otras. No importa cuán objetivos nos creamos, el mero hecho de nuestra parcialidad por ese ser influirá inexorablemente en nuestra percepción (¡ay, la percepción!) de sus atributos y deformará nuestra visión, aunque seamos conscientes de los aspectos negativos, que indefectiblemente caerán en el olvido en favor de lo que nos es más agradable, entrañable o querido recordar. ¿Es malo esto? No. ¿Es peligroso? Puede serlo, cuando la ausencia no vaya a ser permanente pero si prolongada la imagen creada puede diferir mucho de la realidad y causar un grave conflicto, una gran desilusión, podríamos no llegar a reconocer el ser real al no poder asociarlo al imaginario que creó nuestra memoria. ¿Quién dijo que la vida fuera fácil? |
lunes, 19 de abril de 2010
La conciencia de ser
La conciencia de ser es una consecuencia de la inteligencia y de nuestros sentidos. Aunque no es exactamente así como la definió Descartes, con su famosa locución "Pienso, luego existo", axioma en el que se basó para crear sus principios filosóficos y sus estudios sobre la percepción y los sentidos. Si soy capaz de pensar es porque soy algo, aunque no sepa que, por lo que soy consciente de ser y, por ende, de existir.
Pero mi reflexión va por otros derroteros. Estimo que la conciencia de ser puede constituir un doloroso castigo, por cuanto una vez que somos conscientes de ser, podemos llegar a discernir aspectos de nuestro propio ser, tanto positivos como negativos, estudiarnos, sopesarnos y juzgarnos hasta encontrarnos dignos o indignos de ser o existir.
Es desde este conocimiento de lo que se alimentará la auto-estima, influida, no obstante, por nuestras relaciones, percepciones y sensaciones, con el mundo exterior. Y en tanto que el resultado pueda no ser de nuestro agrado constituirá, pues, un doloroso castigo el llegar a adquirir este conocimiento.
¿Podemos ser sin ser conscientes de ello? Por supuesto que sí. Todos los animales son sin ser tener conciencia de ello.
¿Está en nuestra mano cambiar nuestro ser? Aquí podemos encontrar opiniones diversas y divergentes. Un determinista es probable que piense que no, mientras que los partidarios del libre albedrío pueden pensar que todos tenemos la capacidad de cambiar nuestro ser y de elegir lo que queremos ser y hacer.
La religión católica se inclina a favor del libre albedrío, y yo quiero creer que es posible, que yo puedo elegir hacer o no hacer en un determinado momento, aun cuando no pueda evitar estar influida por el mundo que me rodea, puedo elegir discrepar de la corriente dominante, o puedo tomar el camino más difícil en vez de el más fácil.
El hecho de creer en el libre albedrío implica también un sentido de la responsabilidad, mientras que los deterministas pueden creer que no importa lo que haga o elija el destino seguirá su curso y ello me libra del peso que puedan tener las consecuencias de mis actos, el hecho de elegir libremente supone cargar con la culpa del daño causado, y también, la satisfacción por la felicidad lograda. Pero como más a menudo se da lo primero que lo segundo, la carga puede llegar a ser muy pesada y lo más cómodo resulta escurrir el bulto, eludir la culpa de una decisión irresponsable, porque para poder elegir hay que pensar, o se debería pensar, aunque no siempre lo hagamos, y sopesar las consecuencias que nuestras acciones puedan tener en los demás. Es fácil dejarse llevar por los acontecimientos, todos lo hacemos en mayor o menor medida, es duro ser responsable, y sacrificado, y desinteresado, generoso, y así enlazo con mi reflexión sobre el amor verdadero.
Ser consciente de uno mismo, de nuestras limitaciones y a la vez quererse puede ser doloroso. Y ¿quién nos va a querer si no nos queremos nosotros?. ¿Cómo se puede amar al prójimo como a uno mismo si no podemos ver en nosotros mismos más que lo malo? Ser capaz de asumir todo esto puede ser duro. Ser responsable puede parecer una tarea infinita. Pero si podemos cambiar, si la auto-crítica no es demoledora sino constructiva, todo es posible, porque todos tenemos algo bueno. Me niego a creer que exista alguien en el mundo que sea 100% malo y que si quiere cambiar no pueda cambiar.
Ser feliz puede parecer una tarea imposible, pero si por un momento lo conseguimos puede ser el éxtasis.
Pero mi reflexión va por otros derroteros. Estimo que la conciencia de ser puede constituir un doloroso castigo, por cuanto una vez que somos conscientes de ser, podemos llegar a discernir aspectos de nuestro propio ser, tanto positivos como negativos, estudiarnos, sopesarnos y juzgarnos hasta encontrarnos dignos o indignos de ser o existir.
Es desde este conocimiento de lo que se alimentará la auto-estima, influida, no obstante, por nuestras relaciones, percepciones y sensaciones, con el mundo exterior. Y en tanto que el resultado pueda no ser de nuestro agrado constituirá, pues, un doloroso castigo el llegar a adquirir este conocimiento.
¿Podemos ser sin ser conscientes de ello? Por supuesto que sí. Todos los animales son sin ser tener conciencia de ello.
¿Está en nuestra mano cambiar nuestro ser? Aquí podemos encontrar opiniones diversas y divergentes. Un determinista es probable que piense que no, mientras que los partidarios del libre albedrío pueden pensar que todos tenemos la capacidad de cambiar nuestro ser y de elegir lo que queremos ser y hacer.
La religión católica se inclina a favor del libre albedrío, y yo quiero creer que es posible, que yo puedo elegir hacer o no hacer en un determinado momento, aun cuando no pueda evitar estar influida por el mundo que me rodea, puedo elegir discrepar de la corriente dominante, o puedo tomar el camino más difícil en vez de el más fácil.
El hecho de creer en el libre albedrío implica también un sentido de la responsabilidad, mientras que los deterministas pueden creer que no importa lo que haga o elija el destino seguirá su curso y ello me libra del peso que puedan tener las consecuencias de mis actos, el hecho de elegir libremente supone cargar con la culpa del daño causado, y también, la satisfacción por la felicidad lograda. Pero como más a menudo se da lo primero que lo segundo, la carga puede llegar a ser muy pesada y lo más cómodo resulta escurrir el bulto, eludir la culpa de una decisión irresponsable, porque para poder elegir hay que pensar, o se debería pensar, aunque no siempre lo hagamos, y sopesar las consecuencias que nuestras acciones puedan tener en los demás. Es fácil dejarse llevar por los acontecimientos, todos lo hacemos en mayor o menor medida, es duro ser responsable, y sacrificado, y desinteresado, generoso, y así enlazo con mi reflexión sobre el amor verdadero.
Ser consciente de uno mismo, de nuestras limitaciones y a la vez quererse puede ser doloroso. Y ¿quién nos va a querer si no nos queremos nosotros?. ¿Cómo se puede amar al prójimo como a uno mismo si no podemos ver en nosotros mismos más que lo malo? Ser capaz de asumir todo esto puede ser duro. Ser responsable puede parecer una tarea infinita. Pero si podemos cambiar, si la auto-crítica no es demoledora sino constructiva, todo es posible, porque todos tenemos algo bueno. Me niego a creer que exista alguien en el mundo que sea 100% malo y que si quiere cambiar no pueda cambiar.
Ser feliz puede parecer una tarea imposible, pero si por un momento lo conseguimos puede ser el éxtasis.
Ciclo Akira Kurosawa
Con ocasión del centenario del nacimiento del estupendo director de cine japonés Akira Kurosawa, la Filmoteca Española ha programado en el cine Doré un ciclo de sus personalisimas películas, de las que recomiendo, especialmente, las que hizo con su actor favorito, Toshiro Mifume.
Mi favoritas son "Rashomon" y los "Siete Samurais", aunque no sé si están incluidas en el ciclo porque no he tenido tiempo de ver la programación completa.
Mi favoritas son "Rashomon" y los "Siete Samurais", aunque no sé si están incluidas en el ciclo porque no he tenido tiempo de ver la programación completa.
La percepción y los sentidos
Sé que los filosofos se han ocupado extensamente de estos dos conceptos, que son tan importantes para relacionarnos unos con otros, pero me atrevo a sumergirme en este inmenso y proceloso mar porque recientemente se me volvía a plantear una pregunta muy tramposa (a mí me lo parece), si se cae un arbol en mitad del bosque y nadie lo oye ¿hace ruido?
Lo que viene a decir, aquello que no percibo ¿existe?. Pero puede ser que aquello que percibo tampoco exista y sea solo una invención de mis sentidos. Así puede ocurrir que lo que yo percibo como una sonrisa no sea más que una mueca irónica o ni siquiera exista, o que yo interprete un halago como un insulto.
También puede ocurrir que nuestro cerebro exagere la percepción y lo que era solo un beso casto se transforme una pasión desenfrenada o que un cachetito cariñoso sea un ataque leonino en toda regla.
Sin olvidar que hay toda una gama de matices resultado de la sensibilidad individual de cada uno, y del grado de autoestima o acomplejamiento que arrastremos en la vida. Así una pequeña corrección de error puede significar a aquel que tiene baja autoestima un fracaso sin paliativos o una ofensa a su capacidad si, por el contrario, el sujeto tiene la autoestima por las nubes o cercana a plutón, o mejor Neptuno que plutón ya ni es planeta.
Todo lo anterior trae como consecuencia que muy a menudo nos hagamos, y perdon por la vulgaridad, pajas mentales, y le demos vueltas y más vueltas a las situaciones y a las relaciones interpersonales, retorciendolas, imaginando cientos de posibles explicaciones para bien, para mal, y para peor, sobre situaciones, frases, hechos para los que, a falta de una explicación mejor, no acabamos de entender por completo su significado.
Cuando no estamos seguros de los sentimientos de una persona hacia nosotros, sobre todo en cuestiones amorosas, cuando hemos hecho una entrevista de trabajo, cuando estamos a la espera del resultado de una prueba médica, es cuando menos podemos fiarnos de nuestros sentidos o de nuestra percepción. Y si se nos ha escapado un detalle, y si hemos interpretado positivamente algo que no tenía la mayor importancia, o viceversa. La incertidumbre genera grandes elucubraciones y, aun cuando tengamos un grado razonable de certeza siempre tendemos a dudar, a ver o no ver aquello que esperamos.
En resumen: ¡Qué retorcidos somos!
Pd.: Por cierto, creo que el arbol SIEMPRE hace ruido al caer, aunque yo no esté allí para oirlo, del mismo modo que viven, aman y mueren cientos de miles de personas sin que yo sea consciente de ello. Otra cosa es que yo elija pensar eso de "ojos que no ven, corazón que no siente".
Lo que viene a decir, aquello que no percibo ¿existe?. Pero puede ser que aquello que percibo tampoco exista y sea solo una invención de mis sentidos. Así puede ocurrir que lo que yo percibo como una sonrisa no sea más que una mueca irónica o ni siquiera exista, o que yo interprete un halago como un insulto.
También puede ocurrir que nuestro cerebro exagere la percepción y lo que era solo un beso casto se transforme una pasión desenfrenada o que un cachetito cariñoso sea un ataque leonino en toda regla.
Sin olvidar que hay toda una gama de matices resultado de la sensibilidad individual de cada uno, y del grado de autoestima o acomplejamiento que arrastremos en la vida. Así una pequeña corrección de error puede significar a aquel que tiene baja autoestima un fracaso sin paliativos o una ofensa a su capacidad si, por el contrario, el sujeto tiene la autoestima por las nubes o cercana a plutón, o mejor Neptuno que plutón ya ni es planeta.
Todo lo anterior trae como consecuencia que muy a menudo nos hagamos, y perdon por la vulgaridad, pajas mentales, y le demos vueltas y más vueltas a las situaciones y a las relaciones interpersonales, retorciendolas, imaginando cientos de posibles explicaciones para bien, para mal, y para peor, sobre situaciones, frases, hechos para los que, a falta de una explicación mejor, no acabamos de entender por completo su significado.
Cuando no estamos seguros de los sentimientos de una persona hacia nosotros, sobre todo en cuestiones amorosas, cuando hemos hecho una entrevista de trabajo, cuando estamos a la espera del resultado de una prueba médica, es cuando menos podemos fiarnos de nuestros sentidos o de nuestra percepción. Y si se nos ha escapado un detalle, y si hemos interpretado positivamente algo que no tenía la mayor importancia, o viceversa. La incertidumbre genera grandes elucubraciones y, aun cuando tengamos un grado razonable de certeza siempre tendemos a dudar, a ver o no ver aquello que esperamos.
En resumen: ¡Qué retorcidos somos!
Pd.: Por cierto, creo que el arbol SIEMPRE hace ruido al caer, aunque yo no esté allí para oirlo, del mismo modo que viven, aman y mueren cientos de miles de personas sin que yo sea consciente de ello. Otra cosa es que yo elija pensar eso de "ojos que no ven, corazón que no siente".
¿Tengo derecho a quejarme?
En estos tiempos que corren, con una crisis galopante, cuando mucha gente está perdiendo su empleo y hay familias que no se pueden mantener, ¿es lícito quejarse por otros motivos cuando uno tiene trabajo y las necesidades básicas cubiertas? Traigo esto a colación porque después de escribir una de mis últimas entradas caí en la cuenta de que hay gente que está sin trabajo y no puede hacer cuentas de llegar a la jubilación, ni siquiera de llegar a fin de mes y pensé: no tengo derecho a quejarme. Aunque mi queja sea porque el bendito trabajo me absorve demasiado tiempo y energía, cuantos hay que les gustaría poder quejarse de lo mismo y no pueden. Y ello me crea mala conciencia, de ser egoísta.
Ciertamente se trata de una situación mejorable, pero esta mejora no es tan imperiosa como la de aquel que no tiene trabajo y los recursos de éste derivados.
Visto objetivamente parece que no, no tengo derecho a quejarme, sin embargo hay algo que no puedo obviar y es que, con derecho o sin él, mis sentimientos son lo que son, mi frustración es la que es, y que mi capacidad de empatía está limitada y condicionada por mi propia situación.
Lo bonito sería que no fuera así, que fuesemos capaces de ponernos en el lugar de los demás, aunque me temo que, a pesar de todo, nunca podríamos llegar a imaginar la magnitud de sus problemas y los sentimientos que les generan, porque cada uno tenemos distintas sensibilidades y lo que a mí me parece más difícil de soportar a otro le resulta una carga liviana, mientras que lo que a mí me resulta soportable para otro es una carga insufrible.
Dicho lo cual, espero que llegue un día en que ninguno tengamos nada de que quejarnos y que salgamos pronto de esta crisis y que se solucionen los problemas del mundo, aunque hoy por hoy no sea más que una bonita utopía.
Ciertamente se trata de una situación mejorable, pero esta mejora no es tan imperiosa como la de aquel que no tiene trabajo y los recursos de éste derivados.
Visto objetivamente parece que no, no tengo derecho a quejarme, sin embargo hay algo que no puedo obviar y es que, con derecho o sin él, mis sentimientos son lo que son, mi frustración es la que es, y que mi capacidad de empatía está limitada y condicionada por mi propia situación.
Lo bonito sería que no fuera así, que fuesemos capaces de ponernos en el lugar de los demás, aunque me temo que, a pesar de todo, nunca podríamos llegar a imaginar la magnitud de sus problemas y los sentimientos que les generan, porque cada uno tenemos distintas sensibilidades y lo que a mí me parece más difícil de soportar a otro le resulta una carga liviana, mientras que lo que a mí me resulta soportable para otro es una carga insufrible.
Dicho lo cual, espero que llegue un día en que ninguno tengamos nada de que quejarnos y que salgamos pronto de esta crisis y que se solucionen los problemas del mundo, aunque hoy por hoy no sea más que una bonita utopía.
Viñeta de Mingote
Ayer domingo apareció publicada una viñeta de Mingote en la revista XLSemanal que me pareció muy poética y muy a tono con mi estado de ánimo melancólico. El enlace para verla está a continuación. Espero que la disfrutéis tanto como yo.
http://xlsemanal.finanzas.com/web/firma_popup.php?id_firma=10750&foto=33_1_1173XLMingote_1271061295.jpg&id_edicion=5127
http://xlsemanal.finanzas.com/web/firma_popup.php?id_firma=10750&foto=33_1_1173XLMingote_1271061295.jpg&id_edicion=5127
domingo, 18 de abril de 2010
Sobre el amor
Se ha escrito largo y tendido sobre el amor, y se escribirá más aún, de eso no tengo duda, porque aunque algunos digan que lo que mueve el mundo es el dinero, yo creo que el amor todavía sigue siendo un influencia ineludible.
Una pregunta que siempre nos hacemos en relación al amor es si existe el amor puro, desinteresado, ese que es capaz de prescindir del egoísmo para desear únicamente el bien del ser amado. Un amor que olvida los anhelos y deseos propios para intentar satisfacer, en la medida de lo posible, los del ser amado e incluso llega a sacrificarse por su bien.
Creo que todos estaremos más o menos de acuerdo en que el amor de los padres por los hijos suele tener este carácter desinteresado, aceptando que los hijos sean incapaces a veces de ver el amor implícito que conllevan algunas de las decisiones de sus padres.
Pero este es un amor sobrentendido y no suele precisar de mayor definición, sin embargo relacionar algo parecido con dos personas que se han conocido accidentalmente, que no tenían un conocimiento previo el uno del otro, y que por esos misterios de la vida llegan a quererse de tal modo que son capaces de desear el bien del otro sin tener en consideración sus propios sentimientos y deseos, pudiendo, llegado el caso, sacrificar hasta su propia vida es algo a lo que nos gustaría aspirar pero en lo que pocos creemos. Vivir algo así es una experiencia extraordinaria, es una sublimación de los sentimientos que produce al vez un placer y un dolor intensísimos, felicidad y dolor de tal manera que se hace imposible diferenciar el uno del otro. Es una experiencia que no se olvida aunque su percepción se idealice con el tiempo.
Muchos piensan que son experiencias más imaginarias que reales, porque se les hace difícil comprender, si no lo han vivido en carne propia, que alguien sea capaz de olvidarse de sí mismo, el egoísmo que es la garantía de supervivencia, para poner por encima de todo el bien del ser amado. Es más, creo que no hace falta que sea un amor muy profundo o duradero, solo hace falta que sea auténtico, verdadero, real, y esa es tal vez la razón por la que no se cree en ello, porque ¿cuántas veces podemos decir que hemos amado de verdad? No un enamoramiento, un flirteo pasajero, sino amor, AMOR con mayúsculas, sencillo, intenso, real.
Es muy posible que haya personas incapaces de amar de esa manera, pero creo que son las menos y que esa capacidad está en casi todos nosotros y si no se da más es porque el mundo en que vivimos desdeña actos de amor desinteresados, donde el yo es lo primero y después viene todo lo demás.
Amar de verdad es una de las cosas más hermosas que hay, dolorosa sí, pero en mi humilde opinión vale la pena, tantas veces como se presente la ocasión, que no serán muchas en la vida, y nos podemos dar por contentos si lo hizo una vez al menos. Es la mejor oportunidad para renunciar a uno mismo, y mira que me gusta poco renunciar, pero es que no hay nada como el amor, y además tenemos la suerte de ser amados de esa manera, no lo menospreciemos, eso vale más que todo el oro del mundo aunque no seamos capaces de corresponderlo.
Una pregunta que siempre nos hacemos en relación al amor es si existe el amor puro, desinteresado, ese que es capaz de prescindir del egoísmo para desear únicamente el bien del ser amado. Un amor que olvida los anhelos y deseos propios para intentar satisfacer, en la medida de lo posible, los del ser amado e incluso llega a sacrificarse por su bien.
Creo que todos estaremos más o menos de acuerdo en que el amor de los padres por los hijos suele tener este carácter desinteresado, aceptando que los hijos sean incapaces a veces de ver el amor implícito que conllevan algunas de las decisiones de sus padres.
Pero este es un amor sobrentendido y no suele precisar de mayor definición, sin embargo relacionar algo parecido con dos personas que se han conocido accidentalmente, que no tenían un conocimiento previo el uno del otro, y que por esos misterios de la vida llegan a quererse de tal modo que son capaces de desear el bien del otro sin tener en consideración sus propios sentimientos y deseos, pudiendo, llegado el caso, sacrificar hasta su propia vida es algo a lo que nos gustaría aspirar pero en lo que pocos creemos. Vivir algo así es una experiencia extraordinaria, es una sublimación de los sentimientos que produce al vez un placer y un dolor intensísimos, felicidad y dolor de tal manera que se hace imposible diferenciar el uno del otro. Es una experiencia que no se olvida aunque su percepción se idealice con el tiempo.
Muchos piensan que son experiencias más imaginarias que reales, porque se les hace difícil comprender, si no lo han vivido en carne propia, que alguien sea capaz de olvidarse de sí mismo, el egoísmo que es la garantía de supervivencia, para poner por encima de todo el bien del ser amado. Es más, creo que no hace falta que sea un amor muy profundo o duradero, solo hace falta que sea auténtico, verdadero, real, y esa es tal vez la razón por la que no se cree en ello, porque ¿cuántas veces podemos decir que hemos amado de verdad? No un enamoramiento, un flirteo pasajero, sino amor, AMOR con mayúsculas, sencillo, intenso, real.
Es muy posible que haya personas incapaces de amar de esa manera, pero creo que son las menos y que esa capacidad está en casi todos nosotros y si no se da más es porque el mundo en que vivimos desdeña actos de amor desinteresados, donde el yo es lo primero y después viene todo lo demás.
Amar de verdad es una de las cosas más hermosas que hay, dolorosa sí, pero en mi humilde opinión vale la pena, tantas veces como se presente la ocasión, que no serán muchas en la vida, y nos podemos dar por contentos si lo hizo una vez al menos. Es la mejor oportunidad para renunciar a uno mismo, y mira que me gusta poco renunciar, pero es que no hay nada como el amor, y además tenemos la suerte de ser amados de esa manera, no lo menospreciemos, eso vale más que todo el oro del mundo aunque no seamos capaces de corresponderlo.
La luz
Estos días de tiempo revuelto la luz cambia constantemente. A ratos luce el sol, el cielo está despejado y todo reluce con la pátina dorada de su luz. Luego vienen las nubes, nubes grises, panza de burro que le dicen los canarios, y la luz se vuelve más blanca, azulada, es una luz que desnuda los detalles como ninguna otra, es como la de un quirófano. Después el sol desaparece por completo, la nubes se cierran como las cortinas por la noche y todo se oscurece, y la luz que anuncia la lluvia lo inunda todo, gris, melancólica.
Hay muchas otras luces, la luz del amanecer, límpida, rosada, que se va asomando tímidamente por encima de los tejados hasta que nos saluda suavemente. Y la luz del atardecer, descarada, desafiante, luchando por permanecer un segundo más antes de que la venza inevitablemente la noche, a pesar de lo cual se defiende con rojos y naranjas intensos.
Y así infinidad de tonos y variaciones. Y lo que más me molesta es que no hay paleta, ni cámara capaz de captar todos estos matices en todo su esplendor, en toda su belleza, solo nos queda la imaginación.
Hay muchas otras luces, la luz del amanecer, límpida, rosada, que se va asomando tímidamente por encima de los tejados hasta que nos saluda suavemente. Y la luz del atardecer, descarada, desafiante, luchando por permanecer un segundo más antes de que la venza inevitablemente la noche, a pesar de lo cual se defiende con rojos y naranjas intensos.
Y así infinidad de tonos y variaciones. Y lo que más me molesta es que no hay paleta, ni cámara capaz de captar todos estos matices en todo su esplendor, en toda su belleza, solo nos queda la imaginación.
viernes, 16 de abril de 2010
¿Hay vida después de los hijos y el trabajo?
Desde hace unos días me encuentro en un estado de ánimo melancólico, no sé si ello se debe a la proximidad de mi cumpleaños (¡que bien! sigo aquí), pero esta pregunta ha comenzado a reconcomerme.
¿Por qué me hago esta pregunta ahora?
Porque llevo trabajando media vida y veo que los objetivos con los que soñaba cuando era más joven se alejan en lugar de acercarse, y que, poco a poco, va quedando menos tiempo para ver realizados esos sueños de recorrer el mundo, de leer, de aprender todo lo que hay en el mundo, en el universo. El trabajo y las obligaciones me ocupan la mayor parte de mi tiempo y apenas queda un poco para mis sueños, por no hablar de dinero. Y el hecho de que se hable de retrasar la edad de jubilación no hace sino restar perspectivas de realización a esos sueños.
Es cierto que algunas de esas obligaciones me las he impuesto yo misma: nadie me obligo a tener hijos y, con ello, asumir la responsabilidad y la carga de criarlos, pero ello sumado a la obligación que te impone la vida de tener que trabajar para vivir, aunque sea un trabajo que no te disguste enteramente (a veces hasta me lo paso bien), y que esta obligación se prolongue en el tiempo más allá de lo que uno considera razonable impidiendo el disfrute de un tiempo en el que, liberados por fin de obligaciones y contando con un pequeña pensión, poder hacer realidad algunos de aquellos sueños cuya realización aparcamos para cubrir otras necesidades más urgentes o perentorias, como puede ser la maternidad.
Sin embargo, no puedo evitar sentir crecientes punzadas de frustración al pensar que a medida que cumplo años me queda menos tiempo para llegar a realizar esos sueños, esas metas, siento que tengo mucho que hacer, que dar, que aprender, que escuchar, que ver y que poco a poco se me van entornando y cerrando las puertas que antes estaban abiertas de par en par. Y todo ello sin contar que podría morir en cualquier momento dejando ¿inacabado? mi proyecto.
¿Qué cual era mi proyecto? La más curioso es que nunca ha habido proyecto como tal, o tal vez sí, el proyecto era vivir la vida de una determinada manera, viajando, viendo, leyendo, escuchando, y eso no ha sido posible más que en una pequeña parte, porque las circunstancias nos obligan a elegir, cuanto odio tener que elegir, y renunciar (todavía lo odio más) en un mundo donde existen muchas posibilidades pero no todas están a nuestro alcance a no ser que estemos dispuestos a pagar un precio muy alto y/o a ser tremendamente egoistas.
Mi profesión ideal era ser piloto de avión, o en su defecto azafata (auxiliar de vuelo lo llaman ahora, pero me gusta más azafata), viajando por todo el mundo pero siempre regresando a un lugar que pudiera llamar hogar, algo así como un ave migratoria que siempre regresa al mismo lugar a procrear. Pero en su día no se podía ser tripulante de un avión si llevabas gafas (ahora sí, está todo permitido siempre que no seas rompetechos y si no te operas y ya está) y yo las llevo desde los quince años, lo que me dejó compuesta y sin vocación, pero con una infinidad de intereses de entre los que me encontraba incapaz de elegir uno (otra vez la maldita elección).
Ahora son funcionaria, no por vocación, sí por conveniencia, y sueño con poder, algún día, acabar mi carrera, y viajar y ver todos los lugares por los que siento curiosidad, y hacer muchas fotos de todo lo que me llama la atención, y leer todos los libros que tengo en mi lista y muchos más, y oír muchos conciertos y escuchar muchas canciones, e invitar a mis amigos a compartir todas esas experiencias y hacer cosas que nunca pensé que haría, porque estoy viva, porque mi cerebro y mi inteligencia están vivos y sedientos, y hay tantas cosas hay fuera.
¿Y tendré tiempo para todo eso?
Curiosamente, mientras redactaba esta entrada, he encontrado otra recién publicada en el blog de un amigo con una reflexión parecida pero en sentido contrario, desde la perspectiva de la juventud. Podéis comparar visitando el enlace siguiente: http://www.evacuaciondelaspeceras.com/2010/04/arthur-machen.htm
¿Por qué me hago esta pregunta ahora?
Porque llevo trabajando media vida y veo que los objetivos con los que soñaba cuando era más joven se alejan en lugar de acercarse, y que, poco a poco, va quedando menos tiempo para ver realizados esos sueños de recorrer el mundo, de leer, de aprender todo lo que hay en el mundo, en el universo. El trabajo y las obligaciones me ocupan la mayor parte de mi tiempo y apenas queda un poco para mis sueños, por no hablar de dinero. Y el hecho de que se hable de retrasar la edad de jubilación no hace sino restar perspectivas de realización a esos sueños.
Es cierto que algunas de esas obligaciones me las he impuesto yo misma: nadie me obligo a tener hijos y, con ello, asumir la responsabilidad y la carga de criarlos, pero ello sumado a la obligación que te impone la vida de tener que trabajar para vivir, aunque sea un trabajo que no te disguste enteramente (a veces hasta me lo paso bien), y que esta obligación se prolongue en el tiempo más allá de lo que uno considera razonable impidiendo el disfrute de un tiempo en el que, liberados por fin de obligaciones y contando con un pequeña pensión, poder hacer realidad algunos de aquellos sueños cuya realización aparcamos para cubrir otras necesidades más urgentes o perentorias, como puede ser la maternidad.
Sin embargo, no puedo evitar sentir crecientes punzadas de frustración al pensar que a medida que cumplo años me queda menos tiempo para llegar a realizar esos sueños, esas metas, siento que tengo mucho que hacer, que dar, que aprender, que escuchar, que ver y que poco a poco se me van entornando y cerrando las puertas que antes estaban abiertas de par en par. Y todo ello sin contar que podría morir en cualquier momento dejando ¿inacabado? mi proyecto.
¿Qué cual era mi proyecto? La más curioso es que nunca ha habido proyecto como tal, o tal vez sí, el proyecto era vivir la vida de una determinada manera, viajando, viendo, leyendo, escuchando, y eso no ha sido posible más que en una pequeña parte, porque las circunstancias nos obligan a elegir, cuanto odio tener que elegir, y renunciar (todavía lo odio más) en un mundo donde existen muchas posibilidades pero no todas están a nuestro alcance a no ser que estemos dispuestos a pagar un precio muy alto y/o a ser tremendamente egoistas.
Mi profesión ideal era ser piloto de avión, o en su defecto azafata (auxiliar de vuelo lo llaman ahora, pero me gusta más azafata), viajando por todo el mundo pero siempre regresando a un lugar que pudiera llamar hogar, algo así como un ave migratoria que siempre regresa al mismo lugar a procrear. Pero en su día no se podía ser tripulante de un avión si llevabas gafas (ahora sí, está todo permitido siempre que no seas rompetechos y si no te operas y ya está) y yo las llevo desde los quince años, lo que me dejó compuesta y sin vocación, pero con una infinidad de intereses de entre los que me encontraba incapaz de elegir uno (otra vez la maldita elección).
Ahora son funcionaria, no por vocación, sí por conveniencia, y sueño con poder, algún día, acabar mi carrera, y viajar y ver todos los lugares por los que siento curiosidad, y hacer muchas fotos de todo lo que me llama la atención, y leer todos los libros que tengo en mi lista y muchos más, y oír muchos conciertos y escuchar muchas canciones, e invitar a mis amigos a compartir todas esas experiencias y hacer cosas que nunca pensé que haría, porque estoy viva, porque mi cerebro y mi inteligencia están vivos y sedientos, y hay tantas cosas hay fuera.
¿Y tendré tiempo para todo eso?
Curiosamente, mientras redactaba esta entrada, he encontrado otra recién publicada en el blog de un amigo con una reflexión parecida pero en sentido contrario, desde la perspectiva de la juventud. Podéis comparar visitando el enlace siguiente: http://www.evacuaciondelaspeceras.com/2010/04/arthur-machen.htm
jueves, 15 de abril de 2010
Aterrizaje de la lanzadera espacial Discovery
Como ya sabéis me gusta seguir las actividades de la NASA (Houston, we have a problem!) y, en especial, de esos vehículos tan peculiares que son las lanzaderas especiales o Space Shuttle como lo llaman ellos. Por ello os informo de que el próximo domingo día 18 de abril aterrizará en el Kennedy Space Center de Florida la lanzadera Discovery.
Esta misión (STS-131) es muy especial para las mujeres porque, por primera vez, hay cuatro mujeres en el espacio al mismo tiempo. También es la primera vez que están en el espacio al mismo tiempo dos astronautas de nacionalidad japonesa.
El aterrizaje de este "pajarito", que es francamente asombroso, será a eso de las dos y media de la tarde.
Como siempre lo podréis seguir a través de la página web de la NASA: http://www.nasa.gov/, pinchando en el enlace Watch Nasa TV.
Esta misión (STS-131) es muy especial para las mujeres porque, por primera vez, hay cuatro mujeres en el espacio al mismo tiempo. También es la primera vez que están en el espacio al mismo tiempo dos astronautas de nacionalidad japonesa.
El aterrizaje de este "pajarito", que es francamente asombroso, será a eso de las dos y media de la tarde.
Como siempre lo podréis seguir a través de la página web de la NASA: http://www.nasa.gov/, pinchando en el enlace Watch Nasa TV.
domingo, 11 de abril de 2010
"Siestas con viento sur" de Miguel Delibes
Su fallecimiento me hizo darme cuenta de que tenía una laguna (y tengo muchas) que llenar, ya que nunca había leído nada suyo. Así que en una de mis visitas a la biblioteca me dí de bruces con este título tan sugerente y me puse a la tarea.
El libro se compone de cuatro relatos, tres de ellos primos entre sí, con el campo como escenario y otro, sumamente peculiar, mucho más largo que los otros y con un aire sudamericano que lo hacía casi surrealista. Las historias que transcurren en el campo son melancólicas, tristes, realistas y contrastan violentamente con la otra. Si en ellas los protagonistas son los niños, en la otra son los adultos. Si en un unas el final solo es un punto y seguido, en la otra el final no da pie a más historias.
Es, sin duda, otro libro muy original, de prosa excelente, clara, diáfana, incluso dura, pero no por ello menos evocadora.
El libro se compone de cuatro relatos, tres de ellos primos entre sí, con el campo como escenario y otro, sumamente peculiar, mucho más largo que los otros y con un aire sudamericano que lo hacía casi surrealista. Las historias que transcurren en el campo son melancólicas, tristes, realistas y contrastan violentamente con la otra. Si en ellas los protagonistas son los niños, en la otra son los adultos. Si en un unas el final solo es un punto y seguido, en la otra el final no da pie a más historias.
Es, sin duda, otro libro muy original, de prosa excelente, clara, diáfana, incluso dura, pero no por ello menos evocadora.
Los vencejos
Hoy han vuelto los vencejos a Madrid.
La llegada de estos pájaros cada año supone una gran alegría. Me encantan su gritos, su vuelo bajo, sus pasadas por la mañana temprano y antes del anochecer buscando su alimento a toda velocidad. Su aspecto es fascinante y siento por ellos un gran cariño.
Con su llegada ya se puede decir que ha la primavera ya está aquí. Es un hito que espero con delectación.
El cada año vuelvan, sin falta, supone una continuidad, la sensación de que todo sigue en su sitio, más aún este año en que se ha podido percibir con pena un extraño descenso en el número de gorriones que pueblan nuestra urbe. El pequeño pero encantador gorrión.
Los gorriones y los vencejos hacen que las ciudades sean lugares más habitables, menos fríos, más humanos y menos artificiales. ¿Qué sería de nosotros sin ellos? Rodeados de cemento y coches, de humo y basura, si no hubiera algo que nos recordara la naturaleza las ciudades serían un lugar desolado.
¡¡Bienvenidos vencejos!!
La llegada de estos pájaros cada año supone una gran alegría. Me encantan su gritos, su vuelo bajo, sus pasadas por la mañana temprano y antes del anochecer buscando su alimento a toda velocidad. Su aspecto es fascinante y siento por ellos un gran cariño.
Con su llegada ya se puede decir que ha la primavera ya está aquí. Es un hito que espero con delectación.
El cada año vuelvan, sin falta, supone una continuidad, la sensación de que todo sigue en su sitio, más aún este año en que se ha podido percibir con pena un extraño descenso en el número de gorriones que pueblan nuestra urbe. El pequeño pero encantador gorrión.
Los gorriones y los vencejos hacen que las ciudades sean lugares más habitables, menos fríos, más humanos y menos artificiales. ¿Qué sería de nosotros sin ellos? Rodeados de cemento y coches, de humo y basura, si no hubiera algo que nos recordara la naturaleza las ciudades serían un lugar desolado.
¡¡Bienvenidos vencejos!!
"La reina de las nieves" de Carmen Martín Gaite
Tengo muchos libros para leer pero desde que leí la traducción que Carmen Martín Gaite hizo de un libro de C.S. Lewis tenía muchas ganas de leer algo suyo propio. En la biblioteca encontré este libro, y al leer la reseña de la contraportada encontré una inmediata conexión con el. La autora había pasado una temporada en Estados Unidos, primer nexo, conocía Chicago y el lago Michigan, segundo nexo, y parte de la historia se desarrolla en el norte y con un faro, tercer nexo.
Me sorprendió el plantamiento del libro y el hecho de que el final no fuera evidente hasta el final. Por otro lado, he descubierto como me fastidia que los personajes de una novela con los que me puedo identificar siempre tengan tiempo para poner en orden sus pensamientos sin que ninguna obligación se interponga entre esta necesidad y su realización.
Por supuesto, el libro está muy bien escrito, con una prosa elegante y bien puntuada, con riqueza de vocabulario y personajes originales, distintos, varias tramas elípticas, en el sentido matemático del término, ya que se entrecruzan después de describir una larga curva.
Con él he vuelto a disfrutar de literatura escrita en español, en parte porque he dedicado mucho tiempo a leer en inglés por amor a este idioma y en parte porque, había leido algunas cosas tan mal escritas (bien es verdad que eran traducciones) que me habían quitado las ganas de leer en mi idioma materno.
También me reafirma en mi creencia de que cada libro tiene su momento y que no siempre se está preparado para leer algunos libros, sino que se tienen que dar un estado mental y unas circunstancias personales particulares para poder disfrutar de esa lectura.
Me sorprendió el plantamiento del libro y el hecho de que el final no fuera evidente hasta el final. Por otro lado, he descubierto como me fastidia que los personajes de una novela con los que me puedo identificar siempre tengan tiempo para poner en orden sus pensamientos sin que ninguna obligación se interponga entre esta necesidad y su realización.
Por supuesto, el libro está muy bien escrito, con una prosa elegante y bien puntuada, con riqueza de vocabulario y personajes originales, distintos, varias tramas elípticas, en el sentido matemático del término, ya que se entrecruzan después de describir una larga curva.
Con él he vuelto a disfrutar de literatura escrita en español, en parte porque he dedicado mucho tiempo a leer en inglés por amor a este idioma y en parte porque, había leido algunas cosas tan mal escritas (bien es verdad que eran traducciones) que me habían quitado las ganas de leer en mi idioma materno.
También me reafirma en mi creencia de que cada libro tiene su momento y que no siempre se está preparado para leer algunos libros, sino que se tienen que dar un estado mental y unas circunstancias personales particulares para poder disfrutar de esa lectura.
Frases antológicas
"El aire envenena el dolor"
Esta pequeña joya la dicho mi hijo de nueve años el otro día. Cada día estoy más convencida de que este chaval es un genio. Desde luego tiene una forma de pensar muy original. Espero que no cambie.
Esta pequeña joya la dicho mi hijo de nueve años el otro día. Cada día estoy más convencida de que este chaval es un genio. Desde luego tiene una forma de pensar muy original. Espero que no cambie.
Clasificación de los músicos callejeros
Después de haber observado a muchísimos músicos por todo Madrid, hoy decidí hacer una clasificación de los músicos callejeros. Básicamente se dividen en aquellos a los que les gusta la música pero no se pueden ganar la vida como músicos y los que usan la música para ganar algún dinero.
Los primeros te pueden hacer disfrutar con su talento, mientras que los segundos pueden resultar dolorosamente irritantes a pesar de la pena que puedan inspirar.
Los primeros son auténticos, en el sentido de que uno percibe su arte, su talento sin trampa ni cartón, mientras que he observado que algunos de los segundos se sirven de la técnica para hacer como que son músicos cuando, en realidad, solo mueven los labios o pretenden tocar un instrumento.
Algunos se sirven de la técnica para aumentar el volumen hasta hacerlo desagradable, mientras que otros tocan "al natural", lo que resulta mucho más agradable.
Algunos son simpáticos y agradecidos, otros parecen indiferentes, satisfechos de poder dar rienda suelta a su pasión, y otros parecen francamente patéticos.
Yo tiendo a premiar el talento, consciente de lo difícil que resulta hacerse un hueco en el mundo del arte y, salvo que el volumen sea excesivo y más que un placer, la música se convierta en una agresión a mi sentido del oido y mi tranquilidad.
Los primeros te pueden hacer disfrutar con su talento, mientras que los segundos pueden resultar dolorosamente irritantes a pesar de la pena que puedan inspirar.
Los primeros son auténticos, en el sentido de que uno percibe su arte, su talento sin trampa ni cartón, mientras que he observado que algunos de los segundos se sirven de la técnica para hacer como que son músicos cuando, en realidad, solo mueven los labios o pretenden tocar un instrumento.
Algunos se sirven de la técnica para aumentar el volumen hasta hacerlo desagradable, mientras que otros tocan "al natural", lo que resulta mucho más agradable.
Algunos son simpáticos y agradecidos, otros parecen indiferentes, satisfechos de poder dar rienda suelta a su pasión, y otros parecen francamente patéticos.
Yo tiendo a premiar el talento, consciente de lo difícil que resulta hacerse un hueco en el mundo del arte y, salvo que el volumen sea excesivo y más que un placer, la música se convierta en una agresión a mi sentido del oido y mi tranquilidad.
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