Cuando pienso en mi padre, lo primero que se me viene a la cabeza es sibarita. Mi padre era un sibarita.
No sé como llegó a serlo, no nació con una cuchara de plata en la boca. Su padre, mi abuelo Enrique, era músico, de ascendencia murciana. Su madre, mi abuela Florencia, originaria de Navarra, fue un ama de casa que crió a siete hijos, tres hijas y cuatro hijos. Mi padre nació en Segovia, donde mi abuelo era director de la banda de la Academia de Infantería. Cuando tenía 8 o 9 años se marcharon a Turégano, un pueblo pequeñito no lejos de Segovia capital. Allí fundó una banda de música. De lo que a veces nos contaba, deduzco que no le debieron controlar mucho, y que pasaba bastante tiempo investigando el mundo por ahí. No tuvo estudios formales, pero aprendió a leer y escribir y tenía buena cabeza para las cuentas. Leyó mucho y con ello adquirió una cierta cultura.
A los cuatro hijos que tenía mi abuelo les enseño música, para que pudieran ganarse la vida. A dos les enseño a tocar la tuba, y a los otros dos el trombón. A las chicas no, cosa que mi querida tía Rosario siempre lamentó, porque le gustaba mucho la música. No creo que a todos los chicos les gustara especialmente la música. A mi padre sí, a su manera.
A él le tocó en suerte el trombón. Y lo tocaba muy bien. Nunca le faltó trabajo, y muchas veces tenía demasiado. Tocó hasta los 70 años. Hasta que lo jubilaron. Después no volvió a tocar nunca más.
Todos los hermanos entraron el Ejercito como músicos militares en cuanto tuvieron edad para ello. Además, trabajaban en orquestas y cualquier otro evento que precisara de su arte: opera, zarzuela, espectaculos de variedades, y cuando llegó la televisión, hasta en televisión. Cuando se retiro del Ejercito, llegó a formar parte de la Orquesta Nacional y de la Orquesta de RTVE.
El salario fijo lo proveía el ejercito, el resto llegaba de forma irregular.Y mi padre, que no tenía ningún espiritu ahorrativo, se gastaba esos extras en vivir como un rey. Se compraba ropa y zapatos de calidad, y comia todo lo bien que podía. En esto último, en comer, para mi fe el precursor de la "nouvell cuisine", le gustaba comer bien, pero en cantidades minúsculas.
Se casó joven, pero ese matrimonio no resultó y ella, despechada, se marchó a Barcelona con sus hijos. Y es que a mi padre le gustaban las faldas y, como era guapo, no le faltaban tentaciones.
Mucho tiempo después conocería a mi madre. Ya entrado en años y con más ganas de sentar la cabeza. Entonces nacimos mi hermano pequeño y yo.
Mi padre tenía muchas manías. Era muy supersticioso. Nada de tijeras abiertas, paraguas abiertos dentro de casa, etc, etc... Le daban miedo muchas cosas, entre ellas conducir. Fue incapaz de aprender. Una vez, cuando otro familiar nos traía a casa (siempre dependimos de otros o de los taxis para desplazarnos) le convenció para que cogiera el volante del coche y probara. Era cuesta abajo, una calle relativamente ancha. ¡Bajamos haciendo eses! Tenía tanto miedo que no podía ni sujetar el volante.
Una de las consecuencias más placenteras de esta fobia fue que en vacaciones nunca viajabamos en coche, siempre lo haciamos en tren. A él le debo mi amor por los trenes.
Le gustaba mucho el fútbol. Fan acérrimo del Real Madrid. Fue socio, aunque cada vez iba menos al campo (antes ir al fútbol era muy incómodo). Veía los partidos por la tele, pero bajaba el volumen y se enchufaba a la radio. Los vivía de tal manera que, a veces, se le escapaban los pies intentando marcar un gol.
También era muy generoso. Cuando hacía regalos, los hacía a lo grande. Al menos, mientras tuvo dinero para gastar. Ponía mucho interés en agradar. Y con su innato buen gusto rara vez hizo un regalo que no gustara.
Fue un hombre con mucho encanto. Incluso cuando envejeció mantuvo siempre una apostura y un saber estar que no se ven a menudo.
No llegó a conocer a mis hijos.
(Mi padre murió el 7 de diciembre de 1993)
Hay algo en esta entrada que me gusta. Tiene algo de cuento. No sé si es el tono o la propia figura de tu padre. O los trombones y el ejército y las personas que van y vienen en cascada. O tal vez el final. La penúltima frase. Parece que todo el texto está orientado a ese cierre.
ResponderEliminarJavi.