Están haciendo obras en el portal de mi casa. Entre todo lo llevado a cabo, se han saneado los conductos de saneamiento que llevan hasta la alcantarilla. El hedor era muy desagradable. Y observando al hombre que se descolgaba por las profundidades del pozo, no podía imaginar como era capaz de soportar ese olor durante tanto tiempo. Se da la circunstancia de que el obrero era extranjero, de origen árabe. Y sentía vergüenza, ¿por qué? pues porque pensaba que ese hombre estaba haciendo un trabajo utilísimo y valiosísimo, pero muy poco valorado, y que, con toda probabilidad, muy pocos españoles estarían dispuestos a hacer, yo incluida. Es más, cuando pienso en el futuro de mis hijos y en lo que me gustaría que llegaran a ser, la pocería no está entre mis opciones preferidas.
Si somos honestos hemos de admitir que cuando imaginamos el futuro de nuestros hijos aspiramos a algo más que la pocería, la fontanería o el electricista, por citar algunas de esas profesiones que nos son tan útiles y que, a la vez, nos permitimos despreciar por su bajo nivel intelectual, lo cual no quiere decir que quienes las ejercen sean tontos, y dándose la paradoja de que, como son pocos y les sobra trabajo, ganan bastante dinero y se permiten darnos largas a la hora de atendernos.
Y los padres nos preguntamos entonces, ¿qué es mejor, que ganen mucho dinero y vivan bien o que sean pobres pero ilustrados? Porque, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que dependiendo de que estudios universitarios estemos hablando, el índice de paro llega a ser tristemente alto. Y nos debatimos en la duda y pensamos, y sopesamos nuestro pasado, nuestras inquietudes, y donde estamos, y después miramos a nuestro hijos, y los evaluamos, y los estudiamos para ver que es lo que hacen bien, lo que hacen mejor y lo que no hacen en absoluto y, al final, aplicamos la solución salomónica, a la que ya llegaron nuestro padres antes que nosotros: que estudie una carrera y luego que sea lo que quiera.
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