El silencio no existe. Tuve que ir al lugar más remoto que pude encontrar para darme cuenta de que, vaya a donde vaya, el silencio no existe.
Buscaba el silencio, buscaba paz, pero he tenido que admitir que la naturaleza es ruidosa de por sí, que cuando no cantan los pájaros, el viento o la lluvia agitan las hojas de los arboles, o pasa un rebaño. Y otro tanto todo aquello que es obra humana: los coches, las herramientas, las puertas que se abren y se cierran, los cencerros de las vacas y las ovejas, la fuente que replica cantarina o la ropa que baila al son. Hasta la casa es ruidosa.
De día, pasa más o menos desapercibida entre todo ese barullo, pero por la noche, cuando los rumores de fuera duermen, la casa parece despertar y lamentarse. Cruje, se despereza, y habla, como protestando, como esas personas que andan lamentándose de cuanto les duelen los huesos, o comentando cuanto han subido los precios. La casa crujía y murmuraba un rato por un lado, otro por otro, un poco por arriba y otro poco por abajo, como si mantuviera un diálogo consigo misma, y al amanecer, ya cansada, cuando los pájaros más madrugadores empezaban sus labores, cantando animados después de su descanso nocturno, la casa iniciaba su descanso y cesaban los crujidos y rumores. Parecía que solo hablara cuando sabía que podía ser escuchada y que, cuando el run-run de la vida diaria con sus ruidos, pudiera interferir con sus parlamentos, decidía callar y aguardar a que llegara la noche para continuar su perorata.
El silencio no existe. Pero ya no me importa. Me he acostumbrado a escuchar el discurso de mi casa y ella también se ha acostumbrado a mí, y ahora el rumor es como una nana, con si me arrullase para que me duerma. Y yo, de día, procuro no hacer mucho ruido, y de vez en cuando, le paso la mano por la pared, como una caricia, para duerma tranquila.
domingo, 29 de noviembre de 2009
jueves, 26 de noviembre de 2009
"Rock Springs" de Richard Ford
Gracias a la influencia de un buen amigo cayó en mis manos este libro de cuentos. La acción de todos ellos transcurre en una remota zona de los Estados Unidos, en el estado de Montana, donde la vida se desarrolla en pueblos pequeños con pocas industrias, mucha naturaleza y sin grandes expectativas de desarrollo. Aunque los comentarios de la contraportada del libro van en otro sentido, para mí, el nexo entre todos los cuentos, además de la región donde transcurren, es el engaño, más o menos explicito, más o menos voluntario. El engaño como juego y el engaño como defensa, y cómo, en muchos casos, el que engaña cree que está engañando a los demás cuando, en realidad, se está engañando a si mismo. ¿Hasta que punto, cuando intentamos engañar a alguien, no nos estamos engañando a nosotros mismos? Para mí esa es la pregunta que subyace en todos y cada uno de los cuentos.
El lenguaje que utiliza es sencillo, en muchos casos, coloquial, el que sin duda utilizan las personas que viven en sus cuentos, pero no por eso resulta vulgar, al contrario, es elegante en su simplicidad. Retrata la complejidad del pensamiento humano en esas situaciones aparentemente vulgares, en unas vidas aparentemente anodinas, pero en ningún modo fáciles, y trata a sus personajes con cariño.
Me ha gustado mucho, aunque, por supuesto, haya unos que me han gustado más que otros. Y ha despertado mi apetito por leer más cuentos suyos, pero esta vez, si me es posible, en inglés, su idioma original.
El lenguaje que utiliza es sencillo, en muchos casos, coloquial, el que sin duda utilizan las personas que viven en sus cuentos, pero no por eso resulta vulgar, al contrario, es elegante en su simplicidad. Retrata la complejidad del pensamiento humano en esas situaciones aparentemente vulgares, en unas vidas aparentemente anodinas, pero en ningún modo fáciles, y trata a sus personajes con cariño.
Me ha gustado mucho, aunque, por supuesto, haya unos que me han gustado más que otros. Y ha despertado mi apetito por leer más cuentos suyos, pero esta vez, si me es posible, en inglés, su idioma original.
jueves, 19 de noviembre de 2009
La ira y la generalización
Mi última entrada fue un exabrupto (en inglés, que me sale mejor, pero exabrupto al fin), fruto de una serie de situaciones que considero injustas, que siento injustas. Mi enfado con varias personas lo generalicé al mundo entero. De hecho estaba muy enfadada con el mundo y lo sigo estando, aunque ya no tanto, y necesitaba soltar vapor, aunque fuera escribiendo, que algo ayuda. En el fondo, soy un ser sociable, y no todo el mundo es culpable, pero hay veces en que la raza humana, y no me excluyo, es un asco, somos hipócritas, desafectos, crueles, mezquinos, traidores, cobardes, abusones, e injustos, profunda y groseramente injustos. (Ahora no me salen más adjetivos descalificativos, pero hay muchos más).
La frustración no es buena consejera. Tampoco es justo generalizar, sobre todo para lo malo, y yo suelto el exabrupto y luego me siento culpable (por eso escribí una entrada sobre el perdón). Pero, por otro lado, tragarse la amargura tampoco es sano, y si uno no tiene, de vez en cuando, un desahogo explotaría y eso, al fin y a la postre, sería mucho peor.
Lo que daría por unas vacaciones en una casa con chimenea al borde del mar. Ese sí que es un sueño imposible.
La frustración no es buena consejera. Tampoco es justo generalizar, sobre todo para lo malo, y yo suelto el exabrupto y luego me siento culpable (por eso escribí una entrada sobre el perdón). Pero, por otro lado, tragarse la amargura tampoco es sano, y si uno no tiene, de vez en cuando, un desahogo explotaría y eso, al fin y a la postre, sería mucho peor.
Lo que daría por unas vacaciones en una casa con chimenea al borde del mar. Ese sí que es un sueño imposible.
martes, 17 de noviembre de 2009
The monkey's gone mad
What the heck! This is a monkey house and I feel I am entittled to a certain amount of misbehaviour. I want to act crazy. Nobody reads this anyway.
I am fed up with people and life and I think nobody cares about me. Of course, a part of me wants to believe that's not true, my children need me and who else? Do they need me at work? In a way, it would cause a few problems if I suddenly disappeared but everyone can be replaced, it wouldn't be long before somebody would take up my job. I am tired of it anyway.
Let's see who else. I don't really have friends, that's what you get for having a job and a family, no time for social relations. Nobody with compatible timetables or similar interests. Everything is bloody superfcial. Hello, goodbye, how are the children doing?, you look good today, yes but I feel awfully tired.
I turn to God but I don't know what He expects from or what He wants. I am supposed to love Him more than anything but I don't always feel that way. And then, where's the truth? My husband thinks we should keep the traditions and so we attend the Tridentine Mass. I grew up with the new Mass and don't seem to find it so faulty. Both parties critizise each other and I don't know what to think. The other day in the sermon they reminded us of the proper attires for attending Mass. Here we go again. They assume that women must be at home and dress accodingly: skirts (no trousers), mantillas, modesty. I don't think so, I might work skirts and I don't like showing flesh but the mantilla, just because I might disturb men. Too bad. It just makes me rebellious. And I couldn't stay at home. No, after so many years of working. Hey! that way I would have more time for writing...and no money. If it wasn't for my job...
Even so, I did it for a while in America, and didn't enjoy it that much. I was happy to go back to work. You can feel so trapped depending only on your husband. I sometimes liked my work, many times feel tired of it. I feel that I doing way more than I should, but I just cannot make myself worth. I say yes and do it. Besides I hate all the class comradeship of the high ranks, they all know each other, they help each other and they pretend to be your friends while you pleased and do their job. I wish I wasn't here now. I regret the last few months and I wish I could erased them from my mind. Life is shit, utter misery. If only could I have become a lighthouse keeper... It's so much better to be alone for real that to feel alone surrounded by people. I hate human relations, always insincere, I never learn how to read people's behaviour, I feel soooo stupid, I trust people and then feel betrayed, probably expect too much.
I remenber a song: "you get what you give". Maybe I think I give a lot and I don't and that's the problem.
I'm so stupidly enthusiactic. I am tired of waiting. I just want to be alone, not to see anybody ever again, not to care about anybody or anything. To hell with everything, with bad excuses, with half truths or superficial banter.
Just books and music and the sea and the wind and the clouds. You can trust them, and if not then it's the end of the world. So much the better.
I want to give up hope. What's out there left for me? What prospects do I have? I am becoming too old for many things. I'll be too old when, and if, I manage to finish a university degree, and what for? Just to prove myself that I could do it? That I am not more stupid that the rest of the world?. My children will grow and live their own lives, so it should be, and I'll taking care of my husband, who is too worried about himself to care for anybody else. And writing, writing is nothing, just a way of letting out steam, pointless, fruitless steam.
There it is, all out...for now.
I am fed up with people and life and I think nobody cares about me. Of course, a part of me wants to believe that's not true, my children need me and who else? Do they need me at work? In a way, it would cause a few problems if I suddenly disappeared but everyone can be replaced, it wouldn't be long before somebody would take up my job. I am tired of it anyway.
Let's see who else. I don't really have friends, that's what you get for having a job and a family, no time for social relations. Nobody with compatible timetables or similar interests. Everything is bloody superfcial. Hello, goodbye, how are the children doing?, you look good today, yes but I feel awfully tired.
I turn to God but I don't know what He expects from or what He wants. I am supposed to love Him more than anything but I don't always feel that way. And then, where's the truth? My husband thinks we should keep the traditions and so we attend the Tridentine Mass. I grew up with the new Mass and don't seem to find it so faulty. Both parties critizise each other and I don't know what to think. The other day in the sermon they reminded us of the proper attires for attending Mass. Here we go again. They assume that women must be at home and dress accodingly: skirts (no trousers), mantillas, modesty. I don't think so, I might work skirts and I don't like showing flesh but the mantilla, just because I might disturb men. Too bad. It just makes me rebellious. And I couldn't stay at home. No, after so many years of working. Hey! that way I would have more time for writing...and no money. If it wasn't for my job...
Even so, I did it for a while in America, and didn't enjoy it that much. I was happy to go back to work. You can feel so trapped depending only on your husband. I sometimes liked my work, many times feel tired of it. I feel that I doing way more than I should, but I just cannot make myself worth. I say yes and do it. Besides I hate all the class comradeship of the high ranks, they all know each other, they help each other and they pretend to be your friends while you pleased and do their job. I wish I wasn't here now. I regret the last few months and I wish I could erased them from my mind. Life is shit, utter misery. If only could I have become a lighthouse keeper... It's so much better to be alone for real that to feel alone surrounded by people. I hate human relations, always insincere, I never learn how to read people's behaviour, I feel soooo stupid, I trust people and then feel betrayed, probably expect too much.
I remenber a song: "you get what you give". Maybe I think I give a lot and I don't and that's the problem.
I'm so stupidly enthusiactic. I am tired of waiting. I just want to be alone, not to see anybody ever again, not to care about anybody or anything. To hell with everything, with bad excuses, with half truths or superficial banter.
Just books and music and the sea and the wind and the clouds. You can trust them, and if not then it's the end of the world. So much the better.
I want to give up hope. What's out there left for me? What prospects do I have? I am becoming too old for many things. I'll be too old when, and if, I manage to finish a university degree, and what for? Just to prove myself that I could do it? That I am not more stupid that the rest of the world?. My children will grow and live their own lives, so it should be, and I'll taking care of my husband, who is too worried about himself to care for anybody else. And writing, writing is nothing, just a way of letting out steam, pointless, fruitless steam.
There it is, all out...for now.
lunes, 16 de noviembre de 2009
La pérdida
El papel se quema
y con el los recuerdos,
cenizas de amor
a los cuatro vientos
Voz sin sonido,
herida de muerte,
las ascuas apagan
la luz de tu fuente
La lluvia defiende
el gris pensamiento,
como lagrimas cae
sobre el manto negro
Testigos quedaron
del crimen nefando,
las palabras sin eco,
vida sin memoria
y con el los recuerdos,
cenizas de amor
a los cuatro vientos
Voz sin sonido,
herida de muerte,
las ascuas apagan
la luz de tu fuente
La lluvia defiende
el gris pensamiento,
como lagrimas cae
sobre el manto negro
Testigos quedaron
del crimen nefando,
las palabras sin eco,
vida sin memoria
domingo, 15 de noviembre de 2009
Notting Hill
Estoy viendo "Notting Hill". Probablemente nunca será considerada la mejor película del mundo, pero a mí me encanta. Ya he perdido la cuenta de las veces que la he visto. Me identifico sobremanera con el personaje de Hugh Grant, salvando las distancias, claro está. La librería de libros de viaje, su carácter un tanto anodino, su vida más o menos hecha, sin ambición, sin aspiraciones más allá de vivir el día a día. Un día su vida se ve alterada, su tranquilidad vital y mental vueltas del revés, pero irremediable y dolorosamente enamorado, siempre detrás de los acontecimientos, vapuleado cuando intenta tomar la delantera. Dándole mil vueltas a la cabeza. Por supuesto, yo carezco de la habilidad para escribir esos diálogos tan sarcásticamente ingleses, aunque los escuche de vez en cuando, y no tenga garantizado si habrá un final feliz o no. Lo dicho, me encanta esta película.
El viaje en tren
El día comenzaba con enorme excitación. La casa estaba revolucionada, las maletas abiertas sobre las camas, la ropa esparcida alrededor, esperando ser debidamente clasificada, doblada y colocada. Los billetes mirados y remirados. El viaje es de noche. El tren no sale hasta las nueve y veinte. Poco a poco cada cosa va ocupando su lugar. El padre se enfada; "¿dónde vamos con todo eso?". La madre replica: "es por si acaso"
A media tarde la maletas están a punto de cerrarse, cebadas de ropa. Hay que tomar un último bocado. Después vestirse. Hay que salir temprano para llegar con tiempo suficiente a la estación.
Para un taxi, las maletas se van apilando en la baca y, por fin, se acomodan dentro. El padre delante, indicando la dirección. Mamá y los niños detrás. La anticipación por lo que se avecina es máxima. La luz va menguando, se acerca el anochecer.
La estación es un revuelo de coches y maletas. Los mozos van y vienen con los carritos, sus batas azules ondeando, tocados con sus inconfundibles gorras ladeadas.
El padre muestra los billetes y enfilan hacia el tren. Como han llegado pronto apenas acaba de formarse. El revisor baja, de uniforme y gorra con entorchados. Ojea su lista. Se acercan y entregan los billetes. Comprueba los datos. Todo correcto. Cuenta las maletas y sube. Cuando llega a la cabina correspondiente, abre la ventanilla que da al andén, mientras por fuera el mozo le sigue empujando el carrito. Una a una van subiendo las maletas y colocándolas en el compartimento. Una vez acabado el proceso, el padre paga al mozo, y escalan el vagón, porque subir por esos estrechos y altos peldaños es casi como escalar. El revisor espera en la puerta y le devuelve los billetes al padre. Una propina cambia de mano. El padre pregunta entonces a que hora se sirve la cena, el revisor contesta que a las 10 y, a su vez, pregunta en que turno queremos cenar, por supuesto el primero, que hay niños que no deben trasnochar.
Una vez instalados toca revisarlo todo, todas la puertas, portezuelas y botones. Encender y apagar las luces. Inspeccionar el lavabo escondido con su jabón y su pasta de dientes, y también el orinal. Aun queda media hora para que salga el tren. El padre se baja, enciende un pitillo y pasea por el andén. Los niños suben y bajan mientras la madre trata de acomodarse.
Por fin, el tren va a partir. El resto de los compartimentos se han ido llenando. El sol ya se ha puesto y el cielo se está oscureciendo. Las puertas se cierran. El jefe de estación toca el silbato y agita su banderola. El tren responde con su bocina. Un pequeño tirón y el vagón se agita. Lentamente se pone en marcha, enseguida se vislumbra el cielo y la estación va quedando atrás. Se pueden ver la vías entrecruzándose mientras el tren gana velocidad.
Se intuye la ciudad entre la creciente oscuridad, una silueta de edificios levemente iluminados.
Los niños no pueden despegar los ojos de la ventanilla, absorbiendo las imágenes, empapándose de las sensaciones: el traqueteo del tren, el olor del vagón mezclado con el de la madera de las traviesas.
Por fin llega la hora de cenar. El trayecto al restaurante es difícil y tortuoso, los pasillos son estrechos y el movimiento del tren hace complicado mantener el equilibrio. El paso entre los vagones parece arriesgado, las placas giran, y hay que dar un paso largo, y se nota el aire que se cuela por las rendijas.
El restaurante está elegantemente iluminado. Las mesas impecablemente vestidas. El camarero los acomoda. Solo hay mesas de cuatro y de dos. El menú reducido: entremeses para todos y dos platos a elegir, no hay sitio para más, la cocina es minúscula. El padre pide vino, el resto agua. Los cubiertos parecen enormes a los ojos de los niños.
Todo sabe delicioso. Fuera está todo negro. Pasan los postres y la tabla de quesos. Después la cuenta y vuelta a la cabina.
Sorpresa, durante la cena han hecho las camas. Los asientos han desaparecido y en su lugar hay una cama, mientras que otra ha aparecido del techo junto con su escalera. Los niños eligen siempre la litera de arriba. Se ponen el pijama y se asean, ahítos de emoción suben por la escalera tapizada. Las sábanas tiesas huelen a limpio. Al fin se apagan las luces, ya es tarde. El vagón queda en silencio y el traqueteo arrulla a los pasajeros.
Los niños están tan excitados por la novedad que no pueden dormir. Dan vueltas en la cama y miran a hurtadillas por la ventanilla. Las estrellas arriba, abajo pequeños luceros que brillan en las casas desperdigadas. De cuando en cuando las luces fugaces de una estación por donde pasa el tren sin detenerse.
Pasada la medianoche la primera parada. Cambio de locomotora y cambio de sentido. Se oye el clanc-clanc de los operarios que golpean las ruedas para comprobar que todo está en orden.
El tren vuelve a arrancar. Al cabo de un rato, de puro cansancio, los niños se duermen.
La luz entra por la ventanilla. No es tan brillante como en casa. La vegetación es más espesa y se atraviesan desfiladeros y túneles. Hay que levantarse y vestirse. Toca desayunar.
Vuelta al vagón restaurante. Huele a café y a pan caliente. El desayuno sabe a gloria, ahora disfrutando de un paisaje completamente distinto. Otra parada. Algunos pasajeros bajan. Unos pocos suben. Aun es temprano y todo parece ir muy despacio.
A la vuelta nueva sorpresa: ya no hay camas, los asientos ya reposados vuelven a trabajar. Recogen el equipaje. Por fin, el tren va disminuyendo la marcha. Se cruzan con otros trenes y, a lo lejos, se ven ya edificios. Al abrir la ventanilla huele a mar. El aire frío los termina de despejar.
Entra en la estación y con un suspiro se detiene, acto seguido empieza de nuevo el frenesí: la maletas, los mozos, y a la salida los taxis.
Una aventura termina y otra, distinta, comienza.
A media tarde la maletas están a punto de cerrarse, cebadas de ropa. Hay que tomar un último bocado. Después vestirse. Hay que salir temprano para llegar con tiempo suficiente a la estación.
Para un taxi, las maletas se van apilando en la baca y, por fin, se acomodan dentro. El padre delante, indicando la dirección. Mamá y los niños detrás. La anticipación por lo que se avecina es máxima. La luz va menguando, se acerca el anochecer.
La estación es un revuelo de coches y maletas. Los mozos van y vienen con los carritos, sus batas azules ondeando, tocados con sus inconfundibles gorras ladeadas.
El padre muestra los billetes y enfilan hacia el tren. Como han llegado pronto apenas acaba de formarse. El revisor baja, de uniforme y gorra con entorchados. Ojea su lista. Se acercan y entregan los billetes. Comprueba los datos. Todo correcto. Cuenta las maletas y sube. Cuando llega a la cabina correspondiente, abre la ventanilla que da al andén, mientras por fuera el mozo le sigue empujando el carrito. Una a una van subiendo las maletas y colocándolas en el compartimento. Una vez acabado el proceso, el padre paga al mozo, y escalan el vagón, porque subir por esos estrechos y altos peldaños es casi como escalar. El revisor espera en la puerta y le devuelve los billetes al padre. Una propina cambia de mano. El padre pregunta entonces a que hora se sirve la cena, el revisor contesta que a las 10 y, a su vez, pregunta en que turno queremos cenar, por supuesto el primero, que hay niños que no deben trasnochar.
Una vez instalados toca revisarlo todo, todas la puertas, portezuelas y botones. Encender y apagar las luces. Inspeccionar el lavabo escondido con su jabón y su pasta de dientes, y también el orinal. Aun queda media hora para que salga el tren. El padre se baja, enciende un pitillo y pasea por el andén. Los niños suben y bajan mientras la madre trata de acomodarse.
Por fin, el tren va a partir. El resto de los compartimentos se han ido llenando. El sol ya se ha puesto y el cielo se está oscureciendo. Las puertas se cierran. El jefe de estación toca el silbato y agita su banderola. El tren responde con su bocina. Un pequeño tirón y el vagón se agita. Lentamente se pone en marcha, enseguida se vislumbra el cielo y la estación va quedando atrás. Se pueden ver la vías entrecruzándose mientras el tren gana velocidad.
Se intuye la ciudad entre la creciente oscuridad, una silueta de edificios levemente iluminados.
Los niños no pueden despegar los ojos de la ventanilla, absorbiendo las imágenes, empapándose de las sensaciones: el traqueteo del tren, el olor del vagón mezclado con el de la madera de las traviesas.
Por fin llega la hora de cenar. El trayecto al restaurante es difícil y tortuoso, los pasillos son estrechos y el movimiento del tren hace complicado mantener el equilibrio. El paso entre los vagones parece arriesgado, las placas giran, y hay que dar un paso largo, y se nota el aire que se cuela por las rendijas.
El restaurante está elegantemente iluminado. Las mesas impecablemente vestidas. El camarero los acomoda. Solo hay mesas de cuatro y de dos. El menú reducido: entremeses para todos y dos platos a elegir, no hay sitio para más, la cocina es minúscula. El padre pide vino, el resto agua. Los cubiertos parecen enormes a los ojos de los niños.
Todo sabe delicioso. Fuera está todo negro. Pasan los postres y la tabla de quesos. Después la cuenta y vuelta a la cabina.
Sorpresa, durante la cena han hecho las camas. Los asientos han desaparecido y en su lugar hay una cama, mientras que otra ha aparecido del techo junto con su escalera. Los niños eligen siempre la litera de arriba. Se ponen el pijama y se asean, ahítos de emoción suben por la escalera tapizada. Las sábanas tiesas huelen a limpio. Al fin se apagan las luces, ya es tarde. El vagón queda en silencio y el traqueteo arrulla a los pasajeros.
Los niños están tan excitados por la novedad que no pueden dormir. Dan vueltas en la cama y miran a hurtadillas por la ventanilla. Las estrellas arriba, abajo pequeños luceros que brillan en las casas desperdigadas. De cuando en cuando las luces fugaces de una estación por donde pasa el tren sin detenerse.
Pasada la medianoche la primera parada. Cambio de locomotora y cambio de sentido. Se oye el clanc-clanc de los operarios que golpean las ruedas para comprobar que todo está en orden.
El tren vuelve a arrancar. Al cabo de un rato, de puro cansancio, los niños se duermen.
La luz entra por la ventanilla. No es tan brillante como en casa. La vegetación es más espesa y se atraviesan desfiladeros y túneles. Hay que levantarse y vestirse. Toca desayunar.
Vuelta al vagón restaurante. Huele a café y a pan caliente. El desayuno sabe a gloria, ahora disfrutando de un paisaje completamente distinto. Otra parada. Algunos pasajeros bajan. Unos pocos suben. Aun es temprano y todo parece ir muy despacio.
A la vuelta nueva sorpresa: ya no hay camas, los asientos ya reposados vuelven a trabajar. Recogen el equipaje. Por fin, el tren va disminuyendo la marcha. Se cruzan con otros trenes y, a lo lejos, se ven ya edificios. Al abrir la ventanilla huele a mar. El aire frío los termina de despejar.
Entra en la estación y con un suspiro se detiene, acto seguido empieza de nuevo el frenesí: la maletas, los mozos, y a la salida los taxis.
Una aventura termina y otra, distinta, comienza.
sábado, 14 de noviembre de 2009
Sobre la comunicación II: sobre escribir
Muchas veces mientras escribo estas líneas me pregunto si alguien, alguna vez, leerá esto, porque si nadie lo lee ¿tiene sentido acaso? ¿por qué lo escribo entonces? ¿solo porque así respondo a mi necesidad de escribir y nada más?¿escribe el escritor para expresarse o para comunicarse? ¿responde a su necesidad sin importar si alguien le lee? ¿o tal vez no? ¿espera, quizá, el escritor que se le lea? ¿tiene un cierto afán de exhibicionismo?
Muchos escritores nunca llegarán a saber si se les ha leído, pero todos escribieron con la esperanza de ser publicados y leídos, y aún cuando no fuera así, siguieron escribiendo ¿por que no sabían hacer otra cosa? ¿por la necesidad de expresarse? ¿por comunicar?
Kurt Vonnegut, Jane Austen o C.S. Lewis no sabrán nunca (en este mundo) que yo les he leído, o cuanto me han gustado sus libros y relatos, pero supongo que confiaron que alguno de sus contemporáneos les leyera, al menos, entre sus amigos y familiares. Pero ¿y si no hubiera sido así? ¿hubieran seguido escribiendo? Mi opinión es que sí. Que el deseo o la necesidad de escribir es más fuerte que la consideración de que se está escribiendo en absoluta y completa soledad, sin que exista lo que se define como comunicación, sin que haya un receptor del mensaje.
Ahora bien, ¿tiene sentido esto? ¿tiene sentido escribir en el viento? Pareciera que al escribir sin destino fuera el escritor como esos locos que van hablando solos con sus fantasmas. ¿Será por esta razón que muchos escritores fueron grandes cultivadores del género epistolar? Solo entonces se podrían asegurar que existía la ansiada comunicación.
Sin duda todo escritor aspira a ser leído, aspira a que su esfuerzo de creación sea reconocido, siquiera vilipendiado, porque habrá conseguido su objetivo: el lector.
Pero, aunque las palabras se las lleve el viento, tal vez, algún día, un fragmento, un frase, caiga del cielo como el agua de lluvia que un día lejano se evaporó en otro lugar, y el escritor, al fin, habrá culminado su afán.
Muchos escritores nunca llegarán a saber si se les ha leído, pero todos escribieron con la esperanza de ser publicados y leídos, y aún cuando no fuera así, siguieron escribiendo ¿por que no sabían hacer otra cosa? ¿por la necesidad de expresarse? ¿por comunicar?
Kurt Vonnegut, Jane Austen o C.S. Lewis no sabrán nunca (en este mundo) que yo les he leído, o cuanto me han gustado sus libros y relatos, pero supongo que confiaron que alguno de sus contemporáneos les leyera, al menos, entre sus amigos y familiares. Pero ¿y si no hubiera sido así? ¿hubieran seguido escribiendo? Mi opinión es que sí. Que el deseo o la necesidad de escribir es más fuerte que la consideración de que se está escribiendo en absoluta y completa soledad, sin que exista lo que se define como comunicación, sin que haya un receptor del mensaje.
Ahora bien, ¿tiene sentido esto? ¿tiene sentido escribir en el viento? Pareciera que al escribir sin destino fuera el escritor como esos locos que van hablando solos con sus fantasmas. ¿Será por esta razón que muchos escritores fueron grandes cultivadores del género epistolar? Solo entonces se podrían asegurar que existía la ansiada comunicación.
Sin duda todo escritor aspira a ser leído, aspira a que su esfuerzo de creación sea reconocido, siquiera vilipendiado, porque habrá conseguido su objetivo: el lector.
Pero, aunque las palabras se las lleve el viento, tal vez, algún día, un fragmento, un frase, caiga del cielo como el agua de lluvia que un día lejano se evaporó en otro lugar, y el escritor, al fin, habrá culminado su afán.
viernes, 13 de noviembre de 2009
De mi pasión por la fotografía
La fotografía es algo muy personal. Cada uno tiene sus motivos para hacer fotografías: unos para guardar un recuerdo de un viaje o unas vacaciones, otros para poder recordar a las personas que han pasado por sus vidas, otros para expresar algo, otros para comunicarse y otros, quien sabe para qué.
La fotografía es algo que está al alcance de cualquiera y, sin embargo, hacer una buena fotografía no es tan fácil. A mí me gusta mucho la fotografía y hago fotos de casi todo, de mi familia, de la calle, de mis viajes (al no tener tiempo para escribir el objetivo es como si fuera una especie de diario), pero la verdad es que hay muy pocas de las que pueda decir que son verdaderamente buenas, o, al menos, interesantes, y eso a pesar de que ahora con la fotografía digital se puede evaluar el resultado mucho antes, las máquinas hacen mucho del trabajo, pero una buena foto lleva un tiempo y un trabajo. Cierto es que, a veces, se da la casualidad y sale una foto estupenda, así porque sí, pero, en general, uno tiene que medir la luz, la composición, el encuadre y, por supuesto, contar con la inspiración.
Por otro lado, cuando se fotografía a personas hay que tener sumo cuidado con el modelo, hay fotografías que pueden resultar verdaderamente crueles (algo así como el retrato de la familia de Carlos IV de Goya) y destacar nada más que los defectos, o increíblemente favorecedoras convirtiendo un rostro vulgar en una belleza. También depende de lo fotogénico que sea cada uno, porque no todo el mundo tiene la misma naturalidad ante la cámara, uno se sienten intimidados como si les fuera a robar el alma (como pensaban los pieles rojas) y otros son desenvueltos como si disfrutaran siendo observados.
Para mi la fotografía es, en algunos momentos, otra forma de expresión. Cuando no me salen las palabras, (quién lo diría viendo este blog), me gusta fotografiar aquello que me llama la atención de la vida diaria. Aunque he de reconocer que puede resultar un tanto invasiva, por ejemplo, no se puede fotografiar a las personas sin pedirles permiso, sí se puede captar un instante en la vida de un pájaro, o un perro o un gato, un paisaje, objetos que por lo general tienden a pasar desapercibidos, cosas que dan una idea de como se ve el mundo a través de nuestros ojos, puesto que no todos nos fijamos en las mismas cosas.
Hay otras cosas que nunca llegará a captar la cámara, pero que pueden servir para evocar sensaciones, recuerdos. ¿Quién no ha mirado la foto del ser amado? por poner un ejemplo, evocando sus abrazos y sentido un vivo cosquilleo en su interior, o sentido olas de nostalgia revisando las fotos de esas vacaciones cuando eramos pequeños.
Todas las fotos que aparezcan en este blog son o serán mías. Son otra forma de expresarme sin palabras. No son para ganar un Pulitzer o World Press Photo, ni tienen el je ne sais quoi de Annie Leibovitz, solo son mi forma de ver el mundo.
El vampiro más sexy
Ahora todas las jovencitas parecen estar locas por los vampiros de las películas que se han realizado de la serie literaria "Crepúsculo". Hasta dicen que el protagonista es el vampiro más sexy de la historia. No he visto la película, no siento demasiada curiosidad por verla tampoco, pero, a juzgar por las fotos, no me parece, ni de lejos, el vampiro más sexy de la historia, como tampoco me lo parecieron ni Tom Cruise ni Brad Pitt ni Antonio Banderas. Para mí, el vampiro más sexy, ¡y que vampiro! fue Frank Langella en la versión de Drácula de John Badham de 1979. Eso es un vampiro con todas las letras. ¡Qué mirada! Podía derretir el polo norte, no como esos vampiros blanditos que se llevan ahora. ¡Vale! Los de "Crepúsculo" son buenos y tienen ideales más elevados, pero a las mujeres, de vez en cuando, nos sentimos atraídas por los canallas...aunque luego nos quedemos con los buenos.
martes, 10 de noviembre de 2009
Sobre las profesiones y el futuro de nuestros hijos
Están haciendo obras en el portal de mi casa. Entre todo lo llevado a cabo, se han saneado los conductos de saneamiento que llevan hasta la alcantarilla. El hedor era muy desagradable. Y observando al hombre que se descolgaba por las profundidades del pozo, no podía imaginar como era capaz de soportar ese olor durante tanto tiempo. Se da la circunstancia de que el obrero era extranjero, de origen árabe. Y sentía vergüenza, ¿por qué? pues porque pensaba que ese hombre estaba haciendo un trabajo utilísimo y valiosísimo, pero muy poco valorado, y que, con toda probabilidad, muy pocos españoles estarían dispuestos a hacer, yo incluida. Es más, cuando pienso en el futuro de mis hijos y en lo que me gustaría que llegaran a ser, la pocería no está entre mis opciones preferidas.
Si somos honestos hemos de admitir que cuando imaginamos el futuro de nuestros hijos aspiramos a algo más que la pocería, la fontanería o el electricista, por citar algunas de esas profesiones que nos son tan útiles y que, a la vez, nos permitimos despreciar por su bajo nivel intelectual, lo cual no quiere decir que quienes las ejercen sean tontos, y dándose la paradoja de que, como son pocos y les sobra trabajo, ganan bastante dinero y se permiten darnos largas a la hora de atendernos.
Y los padres nos preguntamos entonces, ¿qué es mejor, que ganen mucho dinero y vivan bien o que sean pobres pero ilustrados? Porque, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que dependiendo de que estudios universitarios estemos hablando, el índice de paro llega a ser tristemente alto. Y nos debatimos en la duda y pensamos, y sopesamos nuestro pasado, nuestras inquietudes, y donde estamos, y después miramos a nuestro hijos, y los evaluamos, y los estudiamos para ver que es lo que hacen bien, lo que hacen mejor y lo que no hacen en absoluto y, al final, aplicamos la solución salomónica, a la que ya llegaron nuestro padres antes que nosotros: que estudie una carrera y luego que sea lo que quiera.
Si somos honestos hemos de admitir que cuando imaginamos el futuro de nuestros hijos aspiramos a algo más que la pocería, la fontanería o el electricista, por citar algunas de esas profesiones que nos son tan útiles y que, a la vez, nos permitimos despreciar por su bajo nivel intelectual, lo cual no quiere decir que quienes las ejercen sean tontos, y dándose la paradoja de que, como son pocos y les sobra trabajo, ganan bastante dinero y se permiten darnos largas a la hora de atendernos.
Y los padres nos preguntamos entonces, ¿qué es mejor, que ganen mucho dinero y vivan bien o que sean pobres pero ilustrados? Porque, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que dependiendo de que estudios universitarios estemos hablando, el índice de paro llega a ser tristemente alto. Y nos debatimos en la duda y pensamos, y sopesamos nuestro pasado, nuestras inquietudes, y donde estamos, y después miramos a nuestro hijos, y los evaluamos, y los estudiamos para ver que es lo que hacen bien, lo que hacen mejor y lo que no hacen en absoluto y, al final, aplicamos la solución salomónica, a la que ya llegaron nuestro padres antes que nosotros: que estudie una carrera y luego que sea lo que quiera.
"De corte a checa" de Agustín de Foxa
Como soy rebelde y me produce cierto placer ir a contra corriente, sucedio que el otro día me dí de bruces en la biblioteca con un libro que estaba en el ojo del huracán político y, en un arranque de incorrección política decidí leerlo.
No me arrepiento de haberlo hecho. No tengo mucha simpatía por los politicos y no me inclino por ninguna opción en concreto porque ninguna responde enteramente a mis inquietudes, pero si me interesa la historia y no solo la que se ofrece por los cauces oficiales.
En este libro he encontrado una denuncia de la barbarie, evidentemente desde el punto de vista de uno de los bandos, pero como a mi me horroriza toda la barbarie, venga de donde venga, se intente justificar como se quiera, no me pareció tan mal. Es cierto que se hacen algunos comentarios despectivos, y se echa en falta un poco de caridad cristiana, pero tambien es cierto que no hay nada más cerril y terrorífico que el odio de las masas prestas a la destrucción ciega.
Por otro lado, no me pareció nada del otro mundo desde el punto de vista literario, bien escrito, mi sensación ha sido que los personajes no están del todo definidos, absorvidos en cierto modo por la inquietud del autor por retratar la atmósfera reinante en esa época.
No me arrepiento de haberlo hecho. No tengo mucha simpatía por los politicos y no me inclino por ninguna opción en concreto porque ninguna responde enteramente a mis inquietudes, pero si me interesa la historia y no solo la que se ofrece por los cauces oficiales.
En este libro he encontrado una denuncia de la barbarie, evidentemente desde el punto de vista de uno de los bandos, pero como a mi me horroriza toda la barbarie, venga de donde venga, se intente justificar como se quiera, no me pareció tan mal. Es cierto que se hacen algunos comentarios despectivos, y se echa en falta un poco de caridad cristiana, pero tambien es cierto que no hay nada más cerril y terrorífico que el odio de las masas prestas a la destrucción ciega.
Por otro lado, no me pareció nada del otro mundo desde el punto de vista literario, bien escrito, mi sensación ha sido que los personajes no están del todo definidos, absorvidos en cierto modo por la inquietud del autor por retratar la atmósfera reinante en esa época.
El deporte rey
En España el fútbol es el deporte rey. De otros deportes también se habla, sobre todo, si tenemos alguna figura o ganamos alguna medalla. Antes se podían ver baloncesto, torneos de golf, tenis, ciclismo, hípica, atletismo, gimnasia, patinaje artístico, etc. Luego llegó la competencia entre televisiones, los canales de pago y ya, si uno no estaba dispuesto a apoquinar se le vedaba el acceso a tales eventos. El más demandado, por supuesto, era el fútbol, y los partidos importantes, salvo que por decreto del gobierno fueran declarados de "interés nacional", estaban solo al alcance de unos pocos en su casa o de pasarse la noche en un bar. A mi padre le gustaba mucho el fútbol y, afortunadamente para él, se libro de que le dejaran sin poder ver al Real Madrid de sus amores. A mí me interesaba pero sin seguirlo demasiado, y desde luego no lo suficiente para pagar por ello... hasta que estuve fuera de España.
Después de pasar un año fuera de España empecé a añorar todo lo español, no solo la compañía de los seres queridos, los amigos, la comida, también empecé a añorar todo lo español y entre eso estaba ¡el fútbol! Así que, aunque ya durante la semana escuchaba Radio Exterior de España (hay que ver que programas tan rollo largaban a veces), porque era la única manera de tener noticias de mi tierra, porque en los informativos si salía España era solo para las muy malas noticias, o para la tomatina de Buñol, o los Sanfermines, los domingos no me podía pasar sin escuchar a José Manuel Gozalo y retransmisión de los partidos de liga, y así comencé a aprenderme todos los nombres, y supe, por ejemplo, quién era el divino calvo. ¡Hay que ver lo que hace la nostalgia!
Ahora ya no la sigo tanto, pero sí que me gusta ver los resultados en el periódico y, ocasionalmente, sigo los partidos por la radio. Por televisión solo veo las finales y los partidos de la selección. Mi marido, que no es español, alucina, porque a él no le gustan nada los deportes, y tampoco los entiende, y me mira como si fuera de otro planeta.
Después de pasar un año fuera de España empecé a añorar todo lo español, no solo la compañía de los seres queridos, los amigos, la comida, también empecé a añorar todo lo español y entre eso estaba ¡el fútbol! Así que, aunque ya durante la semana escuchaba Radio Exterior de España (hay que ver que programas tan rollo largaban a veces), porque era la única manera de tener noticias de mi tierra, porque en los informativos si salía España era solo para las muy malas noticias, o para la tomatina de Buñol, o los Sanfermines, los domingos no me podía pasar sin escuchar a José Manuel Gozalo y retransmisión de los partidos de liga, y así comencé a aprenderme todos los nombres, y supe, por ejemplo, quién era el divino calvo. ¡Hay que ver lo que hace la nostalgia!
Ahora ya no la sigo tanto, pero sí que me gusta ver los resultados en el periódico y, ocasionalmente, sigo los partidos por la radio. Por televisión solo veo las finales y los partidos de la selección. Mi marido, que no es español, alucina, porque a él no le gustan nada los deportes, y tampoco los entiende, y me mira como si fuera de otro planeta.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Del significado de algunas palabras: ilusión
ILUSIÓN. (Del lat. illusĭo, -ōnis).
1. f. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
2. f. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
3. f. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.
4. f. Ret. Ironía viva y picante.
Esta es una palabra curiosa. Tiene cuatro acepciones que no tienen nada que ver entre sí. Es más, a mi modo de ver, la primera y la segunda acepción son claramente contradictorias. ¿Cómo se puede emplear la misma palabra para describir "tener esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo" y ser a la vez "una imagen o representación sin verdadera realidad sugerido por la imaginación o causado por engaño de los sentidos"? Suena como si uno se estuviera engañando a sí mismo.
¿Y que decir de la tercera y cuarta acepciones, igualmente contradictorias entre sí?
¿Cómo y cuándo llegó esta palabra a adquirir significados tan opuestos? ¿Por qué prima la acepción referida a la imagen o concepto sin verdadera realidad sobre la tercera que es la que más usamos el común de los mortales?
Pues nos hace ilusión un regalo o nos hace ilusión que sucediera tal o cual cosa. ¿O resulta que todo es una ironía viva y picante, como la cuarta acepción?
Es toda una paradoja y su origen, un verdadero enigma. ¿Fue resultado, acaso, de una traición? ¿Hubo alguien, en algún momento, que se sintiera "desilusionado" y de ello se derivó el primer significado? Podríamos echar a volar la imaginación tratando de conjeturar cual fue el origen, aunque, probablemente, la explicación sea mucho más banal, sin embargo, no podemos dejar de considerar que, además, curiosamente, desilusionar significa reconocer el engaño o quitar la esperanza, ¿por qué se ha reconocido el engaño?, añadiría yo.
No obstante, hay que recordar que a los magos de hoy en día también se les llama ilusionistas, puesto que nos hacen creer que hacen magia, aunque no sean más que prestidigitadores, es decir que crean ilusión, y esa ilusión, a veces, nos da una viva complacencia.
1. f. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
2. f. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
3. f. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.
4. f. Ret. Ironía viva y picante.
Esta es una palabra curiosa. Tiene cuatro acepciones que no tienen nada que ver entre sí. Es más, a mi modo de ver, la primera y la segunda acepción son claramente contradictorias. ¿Cómo se puede emplear la misma palabra para describir "tener esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo" y ser a la vez "una imagen o representación sin verdadera realidad sugerido por la imaginación o causado por engaño de los sentidos"? Suena como si uno se estuviera engañando a sí mismo.
¿Y que decir de la tercera y cuarta acepciones, igualmente contradictorias entre sí?
¿Cómo y cuándo llegó esta palabra a adquirir significados tan opuestos? ¿Por qué prima la acepción referida a la imagen o concepto sin verdadera realidad sobre la tercera que es la que más usamos el común de los mortales?
Pues nos hace ilusión un regalo o nos hace ilusión que sucediera tal o cual cosa. ¿O resulta que todo es una ironía viva y picante, como la cuarta acepción?
Es toda una paradoja y su origen, un verdadero enigma. ¿Fue resultado, acaso, de una traición? ¿Hubo alguien, en algún momento, que se sintiera "desilusionado" y de ello se derivó el primer significado? Podríamos echar a volar la imaginación tratando de conjeturar cual fue el origen, aunque, probablemente, la explicación sea mucho más banal, sin embargo, no podemos dejar de considerar que, además, curiosamente, desilusionar significa reconocer el engaño o quitar la esperanza, ¿por qué se ha reconocido el engaño?, añadiría yo.
No obstante, hay que recordar que a los magos de hoy en día también se les llama ilusionistas, puesto que nos hacen creer que hacen magia, aunque no sean más que prestidigitadores, es decir que crean ilusión, y esa ilusión, a veces, nos da una viva complacencia.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Sobre Jane Austen
Una de mis escritoras favoritas es Jane Austen. He leido "Orgullo y prejuicio" unas siete u ocho veces, en inglés y en español.
Está etiquetada como una autora romántica, con cierto aire peyorativo, aunque fuera una gran escritora, pues sus novelas tratan sobre el amor y donde siempre triunfa el amor desinteresado. No obstante fue también una gran observadora de sus contemporaneos. Retrató una época y una forma de vida, describiendo magníficamente a sus personajes con suaves, pero certeras, pinceladas y, de una forma muy sutil, los sentimientos de esos personajes, si bien retrataba con una luz más favorecedora a aquellos cuyas aspiraciones eran más elevadas que a aquellos cuyo único interés se centraba en lo material.
Hay dos partes de la novela de las que disfruto especialmente. En la primera, después de una petición de matrimonio nada ortodoxa, y un rechazo aun menos ortodoxo y airado, Mr. Darcy, el orgulloso pretendiente, le entrega una carta con la cual aspira de rebatir las acusaciones en las que la heroina, Miss Elizabeth Bennet, ha basado su rechazo. Mientras lee la carta, puedes sentir como sus sentimientos hacia él van cambiando, como se da cuenta de que su pretendida objetividad no lo era tanto, y que, pese a que él no es ningún santo, había estado cegada por los prejuicios.
Hay dos partes de la novela de las que disfruto especialmente. En la primera, después de una petición de matrimonio nada ortodoxa, y un rechazo aun menos ortodoxo y airado, Mr. Darcy, el orgulloso pretendiente, le entrega una carta con la cual aspira de rebatir las acusaciones en las que la heroina, Miss Elizabeth Bennet, ha basado su rechazo. Mientras lee la carta, puedes sentir como sus sentimientos hacia él van cambiando, como se da cuenta de que su pretendida objetividad no lo era tanto, y que, pese a que él no es ningún santo, había estado cegada por los prejuicios.
La otra escena sucede tiempo después cuando, por azares del destino, termina visitando la casa señorial de Mr. Darcy. Se siente incomoda, es consciente de su situación y, por primera vez, le preocupa lo que pueda pensar él de ella. Le importa perder su buena opinión. Le angustia que él la pueda encontrar allí, se siente intrusa. Entonces se da cuenta, al fin, de que sus sentimientos hacia él no son los que eran, que no le es indiferente lo que el sienta por ella. Todo eso está descrito con una delicadeza y una sensibilidad que ya no se ven hoy en día, donde el realismo se impuesto sobre el sentimentalismo, entendido éste no como sensiblería sino como análisis de los sentimientos como manifestación de espirutualidad, con una concepcion más elevada del amor y no tan reductora al hecho reproductivo, a pesar de que la trama de la novela no se esconde de la realidad e incluye varios casamientos por interés, y hasta una fuga que finaliza en un matrimonio forzado.
Está descrito con elegancia y es, a la vez, tan real, tan auténtico que resulta increiblemente fácil sentirse identificada con las aventuras y desventuras de Miss Eliza Bennet y sus hermanas.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Más cerca de las estrellas
Me voy a desviar un poco de la orientación original de este blog hacia las bellas artes para comentar brevemente que el próximo 16 de noviembre (salvo retrasos) se producirá el lanzamiento de la nave Atlantis con destino a la Estación Espacial Internacional. Desde la página web de la Nasa se puede seguir tanto el lanzamiento, como la misión y el aterrizaje. A mi me fascina enormemente. Hay quién no se cree los viajes espaciales, yo estoy segura de que son posibles y me encantaría poder ver la tierra desde el espacio, aunque ello suponga pasar por las penurias de los viajes de ida y de regreso (la única vez que monté en la montaña rusa me maree de tal manera que no me han quedado ganas de volver a montar). Me encanta seguir los vuelos por internet, porque, es cierto, hice el bachillerato por la rama de ciencias y empecé una carrera de ingeniería, y la ciencia me sigue gustando aunque algún que otro profesor casi me la amargara. Aviso a navegantes, por supuesto está todo en inglés. Do you copy?http://www.nasa.gov/mission_pages/shuttle/main/index.html
Sobre la comunicación
La teoría de la comunicación es muy simple: hay un emisor, un receptor y un mensaje. Así se lo explican a los niños en el colegio. La realidad es muy distinta, entre otras razones, porque hay muchas cosas que pueden interferir en la comunicación y distorsionar el mensaje.
Aun cuando el mensaje sea objetivo, es decir, que no sea ambiguo y esté expresado de forma clara, el mero hecho de que el receptor y el emisor estén condicionados por sus respectivas situaciones hace que el mensaje que uno cree emitir adquiera un significado distinto para el que lo recibe. Así, por poner un ejemplo, un simple "¡Está lloviendo!" puede significar para el que lo emite un aviso de que hay que coger un paraguas y, en cambio, para el que lo recibe puede tener como significado "¡qué bien, se me van a regar las plantas!".
Cuanto más, pues, si el mensaje es complicado o ambiguo y, por ello, sujeto a interpretación.
Hay un juego que se practica entre varios comensales sentados a una mesa, el juego consiste en que uno de ellos emite un mensaje que el siguiente ha de transmitir, sin que el resto lo conozca, hasta que el mensaje vuelve a su emisor primigenio. Por supuesto, cuantos más intermediarios intervengan tanto más divertido resulta. El propósito del juego es ver hasta que punto se ha distorsionado el mensaje durante la transmisión, siendo en la mayoría de los casos tal la distorsión que resulta hilarante.
Sin embargo, ya no resulta tan divertido este juego cuando se produce con efectos más o menos desastrosos en la vida real, constantemente, diariamente, minuto a minuto.
Muchas veces pecamos de ambigüedad o de falta de claridad en nuestros mensajes, a veces intencionadamente, otras veces por error, otras por incapacidad, algunas por miedo a la reacción que pueda producir el mensaje, otras porque nosotros mismos no sabemos lo que queremos decir con nuestro mensaje. Y sin duda, en multitud de ocasiones, el lenguaje, esa herramienta que nos hemos inventado los seres humanos, más que ser una ayuda a la comunicación, se antoja como un obstáculo insalvable.Cuantas veces una mirada parece decir más que las palabras, o un gruñido entre dos perros dejar las cosas más claras que un millón de palabras.
Porque el lenguaje, tanto hablado como escrito, puede resultar insuficiente u obscuro. Aun cuando dos personas hablen y, supuestamente, dominen una misma lengua, su percepción de los significados asociados a las palabras puede ser radicalmente distinta. Y en esto influirían tanto la edad, como el entorno social, la formación y educación recibidas, incluso el sexo. Si a esto añadimos que en el lenguaje verbal podemos introducir matices como el tono y el lenguaje corporal, la cuestión de la comunicación puede complicarse hasta el infinito, dando lugar a multiples combinaciones que pueden resultar en la emisión de mensajes contradictorios o, incluso cuando la intención es sincera, y el mensaje claro, que éste pueda ser malinterpretado, baste sino el ejemplo anterior sobre la lluvia.
El hecho de que, además, existan distintos idiomas supone una complicación más para la comunicación, pues cada idioma, además de las reglas gramaticales, tiene sus propios matices, además de los ya mencionados, derivados de la interacción social en ese area geográfica concreta, y que pueden resultar desconocidos para las personas que no han participado de la misma. No es lo mismo conocer un idioma y sus reglas que hablarlo día a día en un entorno social concreto.
Por si esto fuera poco, en toda comunicación se presupone también una interacción, es decir, no solo se trataría del acto de emisión del mensaje y que éste llegase al receptor sino que, a su vez, el receptor reconozca de alguna manera haber recibido el mensaje ya que, de otra manera, el emisor puede interpretar la ausencia de respuesta como una respuesta en si misma, casi siempre con un sentido negativo.
De ahí que, por ejemplo, los medios de comunicación, ya sean televisiones, radios o periódicos estén siempre tratando de evaluar cuantas personas siguen sus emisiones y de fomentar la participación de la audiencia.
Por otro lado, habría que valorar si la creación artística es una forma de comunicación o tan solo de expresión y, en consecuencia, no requeriría para su culminación el hecho de que exista un o varios receptores del mensaje que pudiera estar implícito en la misma. Pero creo que eso me va a dar tema para otro ensayo.
Aun cuando el mensaje sea objetivo, es decir, que no sea ambiguo y esté expresado de forma clara, el mero hecho de que el receptor y el emisor estén condicionados por sus respectivas situaciones hace que el mensaje que uno cree emitir adquiera un significado distinto para el que lo recibe. Así, por poner un ejemplo, un simple "¡Está lloviendo!" puede significar para el que lo emite un aviso de que hay que coger un paraguas y, en cambio, para el que lo recibe puede tener como significado "¡qué bien, se me van a regar las plantas!".
Cuanto más, pues, si el mensaje es complicado o ambiguo y, por ello, sujeto a interpretación.
Hay un juego que se practica entre varios comensales sentados a una mesa, el juego consiste en que uno de ellos emite un mensaje que el siguiente ha de transmitir, sin que el resto lo conozca, hasta que el mensaje vuelve a su emisor primigenio. Por supuesto, cuantos más intermediarios intervengan tanto más divertido resulta. El propósito del juego es ver hasta que punto se ha distorsionado el mensaje durante la transmisión, siendo en la mayoría de los casos tal la distorsión que resulta hilarante.
Sin embargo, ya no resulta tan divertido este juego cuando se produce con efectos más o menos desastrosos en la vida real, constantemente, diariamente, minuto a minuto.
Muchas veces pecamos de ambigüedad o de falta de claridad en nuestros mensajes, a veces intencionadamente, otras veces por error, otras por incapacidad, algunas por miedo a la reacción que pueda producir el mensaje, otras porque nosotros mismos no sabemos lo que queremos decir con nuestro mensaje. Y sin duda, en multitud de ocasiones, el lenguaje, esa herramienta que nos hemos inventado los seres humanos, más que ser una ayuda a la comunicación, se antoja como un obstáculo insalvable.Cuantas veces una mirada parece decir más que las palabras, o un gruñido entre dos perros dejar las cosas más claras que un millón de palabras.
Porque el lenguaje, tanto hablado como escrito, puede resultar insuficiente u obscuro. Aun cuando dos personas hablen y, supuestamente, dominen una misma lengua, su percepción de los significados asociados a las palabras puede ser radicalmente distinta. Y en esto influirían tanto la edad, como el entorno social, la formación y educación recibidas, incluso el sexo. Si a esto añadimos que en el lenguaje verbal podemos introducir matices como el tono y el lenguaje corporal, la cuestión de la comunicación puede complicarse hasta el infinito, dando lugar a multiples combinaciones que pueden resultar en la emisión de mensajes contradictorios o, incluso cuando la intención es sincera, y el mensaje claro, que éste pueda ser malinterpretado, baste sino el ejemplo anterior sobre la lluvia.
El hecho de que, además, existan distintos idiomas supone una complicación más para la comunicación, pues cada idioma, además de las reglas gramaticales, tiene sus propios matices, además de los ya mencionados, derivados de la interacción social en ese area geográfica concreta, y que pueden resultar desconocidos para las personas que no han participado de la misma. No es lo mismo conocer un idioma y sus reglas que hablarlo día a día en un entorno social concreto.
Por si esto fuera poco, en toda comunicación se presupone también una interacción, es decir, no solo se trataría del acto de emisión del mensaje y que éste llegase al receptor sino que, a su vez, el receptor reconozca de alguna manera haber recibido el mensaje ya que, de otra manera, el emisor puede interpretar la ausencia de respuesta como una respuesta en si misma, casi siempre con un sentido negativo.
De ahí que, por ejemplo, los medios de comunicación, ya sean televisiones, radios o periódicos estén siempre tratando de evaluar cuantas personas siguen sus emisiones y de fomentar la participación de la audiencia.
Por otro lado, habría que valorar si la creación artística es una forma de comunicación o tan solo de expresión y, en consecuencia, no requeriría para su culminación el hecho de que exista un o varios receptores del mensaje que pudiera estar implícito en la misma. Pero creo que eso me va a dar tema para otro ensayo.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Y después nos quejamos
Hoy estaba cabreada con el mundo y la mezquindad de los seres humanos, pero dos noticias me han hecho recapacitar y no me resisto a hablar de ellos.
La primera noticia se refería a un enfermo de ELA (Esclerosis lateral amiotrófica) que, con 30 años, tiene su cuerpo casi completamente paralizado. La otra trataba de una mujer de 40 años que padece el sindrome de Moebius, que produce falta de control de los musculos faciales, por lo que la cara se torna inexpresiva. Dentro de esos cuerpos hay cerebros perfectamente normales que piensan, sienten y padecen como todos los demás y que, además, se dan cuenta de todo lo que les está vedado en esta vida. Dependen de sus familias para que les hagan la vida más fácil, aunque en el primer caso, su vida depende literalmente de los cuidados de su familia, si bien hasta que la enfermedad se declaró pudo llevar una vida más o menos normal. En cambio, en el segundo caso, nunca ha llevado una vida verdaderamente normal, puesto que ha tenido que padecer no solo su enfermedad sino la crueldad de los que le rodeaban, las burlas de los niños en el colegio, el ser invisible para los chicos y hombres que se cruzaron en su vida. Si no fuera por su familia probablemente estaría completamente sola.
Ambos se agarran a la vida con todas sus fuerzas y siguen adelante. Y eso debiera ser una lección para los demás y también un baño de humildad, pero somos tan soberbios...
La primera noticia se refería a un enfermo de ELA (Esclerosis lateral amiotrófica) que, con 30 años, tiene su cuerpo casi completamente paralizado. La otra trataba de una mujer de 40 años que padece el sindrome de Moebius, que produce falta de control de los musculos faciales, por lo que la cara se torna inexpresiva. Dentro de esos cuerpos hay cerebros perfectamente normales que piensan, sienten y padecen como todos los demás y que, además, se dan cuenta de todo lo que les está vedado en esta vida. Dependen de sus familias para que les hagan la vida más fácil, aunque en el primer caso, su vida depende literalmente de los cuidados de su familia, si bien hasta que la enfermedad se declaró pudo llevar una vida más o menos normal. En cambio, en el segundo caso, nunca ha llevado una vida verdaderamente normal, puesto que ha tenido que padecer no solo su enfermedad sino la crueldad de los que le rodeaban, las burlas de los niños en el colegio, el ser invisible para los chicos y hombres que se cruzaron en su vida. Si no fuera por su familia probablemente estaría completamente sola.
Ambos se agarran a la vida con todas sus fuerzas y siguen adelante. Y eso debiera ser una lección para los demás y también un baño de humildad, pero somos tan soberbios...
domingo, 1 de noviembre de 2009
La carta
Entró en el café. Parecía tranquilo a esta hora. El camarero la reconoció de otras veces y le indicó una mesa en un rincón. Ella sonrió e hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza. Se dirigió a la mesa con paso decidido. El camarero se acercó mientras se quitaba el abrigo y pregúnto:
-"¿Qué va a ser, Sra.?
-"Un cafe con leche, por favor."
-"Marchando"
Se acomodó en el rincón. Dobló el abrigo concienzudamente y lo dejó en el asiento libre. Después se quitó los guantes y los metió en el bolso, que fue a parar también a la silla donde había dejado el abrigo. Espero pacientemente a que volviera el camarero con el café.
-"¿Alguna cosa más?"
-"No, gracias. Ahora no."
Abrió el paquete con los azucarillos y los echó al café. Observó como se iban empapando lentamente y los golpeó suavemente con la cuchara para deshacerlos. Entonces revolvió el café con suavidad y dejó la cuchara en el plato. Ahora era el momento.
Cogió el bolso, lo abrió y rebuscó unos instantes. Ahí estaba la carta. La sacó con un nudo en la garganta. Trataba de no ponerse nerviosa, pero las manos le temblaban tanto que apenas podía abrir el sobre. Habían pasado muchos meses desde la última.
"Querida Carmen:
-"¿Qué va a ser, Sra.?
-"Un cafe con leche, por favor."
-"Marchando"
Se acomodó en el rincón. Dobló el abrigo concienzudamente y lo dejó en el asiento libre. Después se quitó los guantes y los metió en el bolso, que fue a parar también a la silla donde había dejado el abrigo. Espero pacientemente a que volviera el camarero con el café.
-"¿Alguna cosa más?"
-"No, gracias. Ahora no."
Abrió el paquete con los azucarillos y los echó al café. Observó como se iban empapando lentamente y los golpeó suavemente con la cuchara para deshacerlos. Entonces revolvió el café con suavidad y dejó la cuchara en el plato. Ahora era el momento.
Cogió el bolso, lo abrió y rebuscó unos instantes. Ahí estaba la carta. La sacó con un nudo en la garganta. Trataba de no ponerse nerviosa, pero las manos le temblaban tanto que apenas podía abrir el sobre. Habían pasado muchos meses desde la última.
"Querida Carmen:
Confio en que esta carta no te llegue con demasiado retraso. Perdona la letra, escribo en la cama casi a oscuras para no molestar al compañero. Hubiera querido escribirte mucho antes pero tenía tan poco que decir. Ya sabes que a mi esto de escribir no me va mucho. Tal vez sea demasiado reservado, pero no me sale escribir para contarte tonterias.
Aquí hace mucho frio, pero cuando estoy trabajando no lo noto tanto. La casa está caliente, de noche bajan la calefacción para ahorrar y mientras estoy en la cama no paso frio, pero cuando me levanto empiezo a tiritar. No podía imaginar la cantidad de nieve que ha caido aqui. Ahora hay más de dos palmos, y hace poco cayó tanta que casi no podiamos ni abrir la puerta. La comida es decente pero echo mucho de menos un buen cocido o unas lentejas. Me acuerdo mucho del potaje de tu madre. Mi madre nos manda algo de vez en cuando y lo guardo como oro en paño.
El idioma lo voy entendiendo poco a poco. Con la ayuda de los compañeros me voy apañando, y los de la fábrica también han aprendido un poco de español, para poder dar ordenes mejor. Aquí nos ayudamos todos los españoles.
Aquí hace mucho frio, pero cuando estoy trabajando no lo noto tanto. La casa está caliente, de noche bajan la calefacción para ahorrar y mientras estoy en la cama no paso frio, pero cuando me levanto empiezo a tiritar. No podía imaginar la cantidad de nieve que ha caido aqui. Ahora hay más de dos palmos, y hace poco cayó tanta que casi no podiamos ni abrir la puerta. La comida es decente pero echo mucho de menos un buen cocido o unas lentejas. Me acuerdo mucho del potaje de tu madre. Mi madre nos manda algo de vez en cuando y lo guardo como oro en paño.
El idioma lo voy entendiendo poco a poco. Con la ayuda de los compañeros me voy apañando, y los de la fábrica también han aprendido un poco de español, para poder dar ordenes mejor. Aquí nos ayudamos todos los españoles.
Cada día que pasa te echo más de menos. Los días parecen muy cortos, todo el día en la fábrica, y parece que cuando estoy en la calle es siempre de noche, porque aquí a la cuatro de la tarde es de noche y la gente ya no sale, claro que con este frio no me extraña. Los españoles nos reunimos en un localito que abrío uno que lleva aquí muchos años, allí hablamos y nos bebemos un carajillo de vez en cuando, recordando lo que hemos dejado atras y escuchando música española.
Sé que esto no te va a gustar, pero si quiero ahorrar más deprisa voy a tener que prescindir de los viajes. Sé que lo me va a resultar muy duro, y también a tí, mi vida, pero cuanto antes pueda ahorrar el dinero, antes podré volver y nos podremos casar. Sin este dinero no puedo comprar el piso. Ya sé que a tu padre no le hace mucha gracia, pero confio en que cuando vea cuanto he progresado se disiparán sus dudas. Si el supiera cuanto te quiero, niña mía...
Algunos compañeros han venido con sus mujeres, a mi no me importaría volver si vienes tú conmigo. A pesar del frío es un sitio muy bonito y aquí hay muchas más comodidades que nos podriamos permitir. Bueno, eso ya lo discutiremos, que lo primero es lo primero.
Será mejor que me despida ya y mande esta carta cuanto antes, que no quiero que pienses que me he olvidado de tí, mi amor.
Con todo mi corazón,
Juan."
Tenía los ojos llenos de lágrimas que iban cayendo en el café, intacto y olvidado en la mesa, haciendo pequeños agujeros en la espuma. Cerró los ojos y se tocó el anillo, ese anillo que abrazaba el dedo corazón de su mano derecha.
Sé que esto no te va a gustar, pero si quiero ahorrar más deprisa voy a tener que prescindir de los viajes. Sé que lo me va a resultar muy duro, y también a tí, mi vida, pero cuanto antes pueda ahorrar el dinero, antes podré volver y nos podremos casar. Sin este dinero no puedo comprar el piso. Ya sé que a tu padre no le hace mucha gracia, pero confio en que cuando vea cuanto he progresado se disiparán sus dudas. Si el supiera cuanto te quiero, niña mía...
Algunos compañeros han venido con sus mujeres, a mi no me importaría volver si vienes tú conmigo. A pesar del frío es un sitio muy bonito y aquí hay muchas más comodidades que nos podriamos permitir. Bueno, eso ya lo discutiremos, que lo primero es lo primero.
Será mejor que me despida ya y mande esta carta cuanto antes, que no quiero que pienses que me he olvidado de tí, mi amor.
Con todo mi corazón,
Juan."
Tenía los ojos llenos de lágrimas que iban cayendo en el café, intacto y olvidado en la mesa, haciendo pequeños agujeros en la espuma. Cerró los ojos y se tocó el anillo, ese anillo que abrazaba el dedo corazón de su mano derecha.
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