jueves, 16 de junio de 2011

De la intuición

A medida que voy adquiriendo experiencia de la vida me voy fiando más de mi intuición. Puede parecer un contrasentido, ya que con los años se supone que uno es más sabio, tiene más conocimientos y, por lo tanto, no necesitaría tanto de la intuición, pero es esa misma experiencia la que me ha enseñado a no desdeñar la intuición.
Mi intuición es especialmente fuerte cuando se refiere a las personas que voy conociendo, sobre todo para mal. Son varías ya las ocasiones en que he dejado de tener en cuenta una primera impresión desfavorable que se ha visto a la larga desafortunadamente confirmada por los hechos y las acciones. Esa misma intuición también me dice cosas buenas, que suelo poner aún más en cuarentena porque, cuando se refieren a mi temo dejarme llevar por mis propios sentimientos hacia esa persona y que ello me haga exagerar esa percepción. Otras veces esas intuiciones son más intangibles, no tienen, aparentemente, una base más allá de lo que puede entender como una mera interpretación de signos que solo yo soy capaz de ver.
La intuición es algo extraño, porque no acude cuando la llamas, solo cuando le apetece. Será porque no siempre tiene algo que decir y, entonces, prefiere permanecer retirada, hasta el momento en que tenga algo que ofrecer.
¿En qué se basa la intuición? ¿Qué es la intuición? ¿Un tercer ojo, acaso, como dicen en algunas culturas? ¿o es un simple análisis más detallado e inconsciente de todo aquello que nuestros ojos detectan pero nuestro cerebro consciente no ve?
Mi ser racional se inclina por lo segundo, aunque no sea capaz de explicarlo, pero tampoco se pueden dejar de lado los sentimientos, la química que nos acerca y aleja de las personas, la que no hace amarlas y la que nos hace sentir animadversión por ellas.
Yo solo sé que a veces tengo una intuición, o quizá sea mejor llamarlo presentimiento, y que cuando la primera impresión es mala se suele confirmar en el 90 % de los casos...y eso no se puede despreciar.

miércoles, 15 de junio de 2011

Una fe que no es como un roca

Mucho me temo que mi fe no es como una roca. Es una aspiración pero desgraciadamente no es nada fácil. Puede que sean todas las influencias de la vida actual, pero con mucha mayor probabilidad influye más mi falta de constancia, mi falta de voluntad a la hora de potenciar aquellas virtudes que menos abundan en mi y a mejorar, o incluso reprimir, aquellos defectos que me alejan de la bondad.
Aunque no solo se trata de ser bueno, y parecerlo, por supuesto, sino de tener la conciencia tranquila, de ser consciente de que en cada momento se ha hecho lo correcto sin excusas ni paños calientes.
Hay defectos contra los que es difícil luchar, y también hay situaciones injustas que apelan a esos defectos en vez de a las virtudes.
Por ejemplo, cuando uno ve lo mal repartido que está el mundo, de cuanto disfrutan unos pocos y cuan mal lo pueden llegar a pasar otros es difícil entender que al final ambos puedan estar en el mismo cielo. Es difícil entender que alguien que durante su vida no se ha preocupado de los demás y ha gastado, por ejemplo, enormes cantidades de dinero mientras millones de personas apenas tenían que comer, y lo hacía sin ningún remordimiento, pueda por el hecho de arrepentirse de ello siquiera merecer el cielo y mucho menos alcanzarlo.
Es la misericordia de Dios. Y el purgatorio, ese lugar donde el alma se debe purificar antes de llegar al cielo. Cuanto mayor sea la mancha, más tiempo se habrá de pasar en el purgatorio, privado de la felicidad del cielo pero sin que ésta nos vaya a ser negada al final.
Y luego están los malos de verdad, los que impulsados por el demonio esparcen el mal por doquier, y haberlos haylos. Esos nunca irán al cielo, y no parece que les importe mucho.
Yo quiero ir al cielo, quiero volver a estar cerca de mis seres queridos, pero esa es otra historia...
Mientras tanto lucho conmigo misma por mantener la fe, por mantener a raya mis defectos y sacar brillo a mis escasas virtudes, solo Dios sabe si al final lo conseguiré...

Juegos de palabras

Nos pasamos el día jugando con las palabras. Hasta la misma expresión es ambigua. Se puede jugar con las palabras cambiándolas de orden o utilizando sus distintos significados, pero también jugamos con los matices, no es lo mismo decir te quiero apasionadamente que de pasada, no es lo mismo decir adiós que gritar adiós.
Las palabras tienen un significado por si mismas, pero ese significado puede ser alterado parcial o completamente por el tono de voz, otra palabra aneja o todo el sentido de una frase entera. A eso me refiero cuando digo que nos pasamos el día jugando con las palabras. De manera inconsciente muchas veces y consciente muchas otras, no nos limitamos a decir una palabra cuyo significado sea pura y simplemente aquel que figura en los diccionarios, las más de las veces lo alteramos, siquiera levemente para añadir un matiz propio adecuado a la ocasión o a un oyente en particular, ya sea para dar más información o ya sea para limitarla, ya sea para poner énfasis en el mensaje ya sea para hacerlo más indefinido.
Jugamos a los sobrentendidos y a la sinceridad extrema, jugamos a las bromas y a los insultos, jugamos con los dobles sentidos y nos inventamos sentidos nuevos que no existían.
Nos gustan los juegos, los juegos peligrosos...

martes, 14 de junio de 2011

El peligro de los anglicismos

Estos días ando mucho por Facebook, tengo una cuenta y de vez en cuando "chateo" con amigos que he ido haciendo a través de un programa de radio y con los que tengo ciertas afinidades. Una de las cosas que más me sorprenden son las faltas de ortografía. A veces, a mi me pasa, es cuestión de ir deprisa y pulsar la tecla que no se debe, pero otras veces, vista su reiteración, son claramente faltas de conocimiento.
A mi me causa cierta pena el hecho de que personas más o menos informadas, con una formación que muy probablemente llega hasta el Bachillerato, no sean capaces de escribir sin faltas un texto de apenas tres o cuatro líneas.
La pena se torna, no obstante, en sonrisilla maliciosa cuando veo que confunden el significado de anglicismos porque, como se suele decir, han oído campanas pero no saben donde. Hoy he visto como se confundía geek con gadget. La gracia está en que el primero se refiere a una persona y el segundo a un objeto. El geek es una persona que gusta de utilizar todos los adelantos tecnológicos (gadgets) hasta casi la obsesión, y que además los suele entender y manejar, es decir, un friki (freak-anglicismo españolizado) de la tecnología. Son términos que se oyen y leen muy a menudo en la prensa, en la radio, la televisión y que, en esta era tan "tecnofílica", permítaseme acuñar el palabro, en la que los niños de 8 años ya tienen movil, que incluye cámara de fotos, reproductor de mp3 y radio fm, saben manejar el ordenador y tienen cuenta en twitter o tuenti.
El problema es que de tanto manejar aparatitos y oír hablar de ellos creemos saber más de lo que en realidad sabemos, o que, por no parecer tontos o ignorantes, porque ser fashion es estar a la última y estar al tanto del trending topic del día es conocer el último cotilleo del famoso de turno, hablamos sin saber de lo que hablamos y utilizamos términos de los cuales ignoramos su significado o lo confundimos con el de un término razonablemente parecido.
Dicen que el lenguaje está vivo cuando evoluciona e incorpora constantemente nuevos términos, ya sean creados ya sean adaptados de otro idioma, pero me temo que la adopción de tantos vocablos de origen anglosajón acabe por difuminar la personalidad de nuestra rica, riquísiiiima lengua española, a la que más amo cuantas más lenguas extranjeras aprendo.

sábado, 11 de junio de 2011

Un concierto de piano

Ayer tuve la inmensa suerte de asistir al concierto de fin de curso de los alumnos de un conservatorio profesional de música. Fue largo pero muy intenso. En ese concierto venían a demostrar todo el trabajo, no ya de este curso que acaba, sino de toda su vida desde que se iniciaron en el mundo de la música. Todos eran muy buenos y el sonido de las bandas, coros y orquestas estaban afinado y empastado casi como si de prosfesionales se tratara. Por supuesto hubo lugar para los talentos sobresalientes, de los que destacaría a 6, dos solistas de piano, dos solistas de violín, uno de flauta y otro de clarinete, y de estos, dos chicas resultaron sorprendentes y asombrosas. Una violinista porque apenas tendría 10 años pero tocaba con una habilidad y energía impropias de su edad. Si progresa en función de lo que promete podría llegar a ser una gran violinista.
La otra merece un párrafo aparte, porque su cuerpo no acompañaba en igual medida a su talento. Se trataba de una chica con una enfermedad que le ha deformado las piernas y la espalda. Caminó hacia el piano con su muleta. Sus brazos y su manos parecían desproporcionadamente grandes, y sin embargo aquellas manos acariciaron las teclas del piano con suma dulzura. El piano se entregaba a su dominación y le ofrecía sonidos llenos de matices y ella cubría las teclas con su manos, esas manos tan grandes, como protegiendo la delicadeza de los sonidos: salid, salid, que yo os amparo parecían decir. Y salían y jugaban porque aquellas manos fuertes los protegían.Y esa es la magia de la música.

viernes, 3 de junio de 2011

Una semana de locura

Esta semana ha sido particularmente difícil. Trabajo, trabajo y más trabajo, y todavía más trabajo. Es un trabajo ciertamente interesante pero está empezando a ocupar demasiado tiempo y a no dejarme tener otra vida. Lo más curioso del caso es que no me espera ninguna recompensa, no puedo ascender, no puedo cobrar más (bueno, un poquito más sí, pero como dicen en inglés, es peanuts), de manera que la única compensación es el trabajo en sí y lo interesante que pueda llegar a resultar.
La cuestión es ahora, como frenar la inercia de demanda que ha ido cogiendo. Cuanto más haces más te piden, te exigen, lo mismo que su uno estuviera en un puesto de escalafón superior.
Otra cosa que me resulta difícil de digerir es que a pesar de todo el trabajo que hago, el dinero no me va a alcanzar para irme de vacaciones. ¡¡¡¡Yo quiero ver el mar!!!!
En fin, este fin de semana quiero relajarme. Mañana espero poder acercarme a la feria de la India en Lavapies. Por la tarde, mi hijo mayor participa en un maratón musical para jóvenes en el parque. El domingo, después de misa, a la feria del libro a buscar un par de libros y llevármelos firmados, uno de mi amigo Javi y otro de Luis Herrero.
El lunes será otro día.