Muy a menudo en los sermones que escucho los domingos durante misa, el sacerdote nos recuerda el amor al prójimo y la caridad, y lo necesarios que son para alcanzar el cielo. Y el sermón de hoy me llevó a la reflexión de que, efectivamente, no basta con evitar el pecado, lo que no siempre es fácil, sino que además, si queremos ser merecedores del cielo hemos de amar a nuestro prójimo en el más amplio sentido de la palabra. Y aquí es donde entra en juego la caridad, no la caridad como vulgarmente la entendemos de dar unas monedas a ese mendigo que, desgraciadamente, encontramos en cada esquina de las calles que recorremos cada día, sino la caridad en su más trabajoso sentido, ese que supone tolerar, sobrellevar con paciencia, cariño y alegría los defectos de los demás, al igual que ellos nos soportan a nosotros. Y eso, en este mundo de hoy, tan sumamente egoísta, es una tarea ardua, porque, incluso en aquellos que amamos (padres, hijos, esposos, amigos) somos siempre aterradoramente conscientes de sus faltas y defectos, y prestos a tomarlos en cuenta y sentirnos ofendidos, cuanto más en aquellos por quienes no sentimos ningún cariño, bien por que nos sean indiferentes, o por aquellos a quienes consciente o inconscientemente sentimos aversión o, incluso, odio. Es harto difícil ser verdaderamente caritativo, incluso con los que queremos, y muchas veces solo nos damos cuenta de ello después de algún enfado o de un susto. Esa debiera ser nuestro verdadero objetivo en la vida y, tal vez, si todos lo fuéramos un poco más, la vida fuera un poco más justa y llevadera para todos. Por supuesto, sin olvidar que debemos evitar el pecado, en tanto que objetivamente malo para el bien común, porque los mandamientos, al fin y al cabo, son puro sentido común, no robar, no mentir, no matar no son solo moralmente malos, la ética los rechaza también como actos contrarios a la sociedad y al bien común.
Y, a todo esto, os preguntaréis ¿dónde encaja aquí la lata de sardinas?, bien, la respuesta es que, una vez, un mendigo, en vez de pedirme dinero a la puerta de un supermercado me pidió que le comprara una lata de sardinas para comer, y aunque me esté mal el decirlo, fue una de las veces en que más a gusto me quedé al hacer una obra de caridad, porque tuve la certeza de que lo iba a usar para algo verdaderamente necesario: comer. Y es que, cuando tenemos caridad, aunque sea algo tan prosaico como ayudar a alguien que lo necesita, no solo hacemos a los demás sentirse bien, generalmente, también nos sentimos bien nosotros, y así sucesivamente.
domingo, 31 de enero de 2010
Ese rinconcito del alma
Creo que todos tenemos un rinconcito del alma que reservamos para recogernos cuando las cosas no nos van bien, cuando hemos discutido con alguien o cuando nos sentimos solos e incomprendidos. Es un lugar donde nos lamemos las heridas y tratamos de recomponer nuestro orgullo, donde, a veces, nos sentimos víctimas e incomprendidos, o donde, otras veces, tratamos de reafirmarnos en nuestros convencimientos que nadie más comprende.
Es un lugar recóndito, escondido, al que, normalmente, no dejamos que nadie más acceda, ni siquiera aquellos que más amamos o nos aman, porque es un lugar muy íntimo y delicado, un lugar precioso y frágil, donde nos podemos encerrar durante horas, días, algunos incluso años, o solo unos minutos hasta que recuperamos la fuerza para seguir enfrentándonos a ese mundo hostil que nos rodea.
Es un lugar recóndito, escondido, al que, normalmente, no dejamos que nadie más acceda, ni siquiera aquellos que más amamos o nos aman, porque es un lugar muy íntimo y delicado, un lugar precioso y frágil, donde nos podemos encerrar durante horas, días, algunos incluso años, o solo unos minutos hasta que recuperamos la fuerza para seguir enfrentándonos a ese mundo hostil que nos rodea.
jueves, 28 de enero de 2010
Shuttle launch
El próximo 7 de febrero se producirá, Dios mediante, el lanzamiento de la nave Endevour con un cargamento destinado la Estación Espacial Internacional, a eso de las diez y media de la mañana, hora de España.
Por supuesto, intentaré ver el lanzamiento que, como siempre, será transmitido a través de la página web de la Nasa: http://www.nasa.gov/.
Por supuesto, intentaré ver el lanzamiento que, como siempre, será transmitido a través de la página web de la Nasa: http://www.nasa.gov/.
El camino
El camino puede ser largo o corto. Puede ser siempre igual o cambiante. Puede ser llano o puede ser cuesta arriba, cuesta abajo y hasta alternar una cosa y otra. A veces resbaladizo, otras tan pino que se hace muy difícil continuar. A veces es revirado, lo que nos hace perder la orientación.
Muchas veces se bifurca, obligándonos a elegir, sin vuelta atrás. Otras veces uno se reencuentra con el camino que no eligió antes.
En ocasiones se interrumpe abruptamente y caemos. Otras se va vislumbrando el final dándonos la oportunidad de prepararnos.
Cada recodo es imprevisible. Muchas veces los arboles nos impiden, no ya ver el bosque, sino observar el tiempo para poder resguardarnos a tiempo del chaparrón. Otras veces vamos tan distraidos mirando el paisaje que pasamos otros caminos por alto.
A menudo vamos recogiendo objetos por camino, de modo que cada vez vamos más cargados y eso nos hace más pesado el camino, y el mismo camino nos obliga a desprendernos de ellos para poder continuar. Otras vamos tan ligeros que nos faltan cosas cuando más las necesitamos.
Si nos preocupamos demasiado por la dureza del camino nos podremos perder ese paisaje que corta la respiración por su belleza. Y si nos obsesionamos por el paisaje podríamos tropezar con las piedras del camino.
Siempre nos cruzamos con otros viajeros, unos nos acompañaran durante un tiempo. Unas veces los dejaremos atrás nosotros a ellos y, otras, ellos a nosotros. Unas veces nos tiraran piedras y otras nos darán flores y fruta. Algunos nos ayudaran cuando el camino se nos haga difícil y otros, en fin, nos pondrán la zancadilla para impedir que sigamos por el que creen su camino.
A veces habrá suficiente luz para guiarnos, y otras tendremos que caminar a tientas.
El camino es imprevisible.
Muchas veces se bifurca, obligándonos a elegir, sin vuelta atrás. Otras veces uno se reencuentra con el camino que no eligió antes.
En ocasiones se interrumpe abruptamente y caemos. Otras se va vislumbrando el final dándonos la oportunidad de prepararnos.
Cada recodo es imprevisible. Muchas veces los arboles nos impiden, no ya ver el bosque, sino observar el tiempo para poder resguardarnos a tiempo del chaparrón. Otras veces vamos tan distraidos mirando el paisaje que pasamos otros caminos por alto.
A menudo vamos recogiendo objetos por camino, de modo que cada vez vamos más cargados y eso nos hace más pesado el camino, y el mismo camino nos obliga a desprendernos de ellos para poder continuar. Otras vamos tan ligeros que nos faltan cosas cuando más las necesitamos.
Si nos preocupamos demasiado por la dureza del camino nos podremos perder ese paisaje que corta la respiración por su belleza. Y si nos obsesionamos por el paisaje podríamos tropezar con las piedras del camino.
Siempre nos cruzamos con otros viajeros, unos nos acompañaran durante un tiempo. Unas veces los dejaremos atrás nosotros a ellos y, otras, ellos a nosotros. Unas veces nos tiraran piedras y otras nos darán flores y fruta. Algunos nos ayudaran cuando el camino se nos haga difícil y otros, en fin, nos pondrán la zancadilla para impedir que sigamos por el que creen su camino.
A veces habrá suficiente luz para guiarnos, y otras tendremos que caminar a tientas.
El camino es imprevisible.
miércoles, 6 de enero de 2010
La promesa del envoltorio
Hoy ha sido el día de Reyes y como no hablar de ello. Bueno de ello, exactamente no. Mi reflexión va sobre el envoltorio de los paquetes y la promesa que supone o no. Hay paquetes que están minuciosamente envueltos, primorosos, impecables. Los hay llamativos, atrayentes. Otros son vulgares, insulsos. Los hay sencillos y los hay adornados hasta el extremo.
Todos tienen en común el hecho de que ninguno ha de corresponderse con su interior. La promesa de lo que pueden contener puede quedarse en eso, en una promesa o pueden llegar a realizarse en una sorpresa deliciosa e inesperada.
Entre ayer y hoy he envuelto muchos paquetes. A mí me gusta que, en la medida de mi habilidad, estén bonitos, bien presentados, con detalle pero sin excesos. También he comprado cosas que han sido envueltas en la tienda. Es muy interesante observar como te envuelven los paquetes, como unos lo hacen con sumo cuidado y como otros lo hacen de manera rutinaria. Como unos añaden todos los detalles y otros solo hacen lo imprescindible.
Tenemos el envoltorio estándar de El Corte Inglés. Es fascinante ver como hasta el paquete más extraño que uno se pueda imaginar se envuelve por esas manos expertas hábilmente entrenadas y siempre de la misma manera, colocando el papel en ángulo y con todos los dobleces en su sitio.
Tengo que destacar que el paquete más bonito que me han envuelto fue obra de un hombre. El paquete estaba tan bonito que casi valía más que el contenido y daba pena abrirlo. Y es que los hombres cuando se ponen pueden ser muy detallistas, el problema es no siempre se ponen.
Todos tienen en común el hecho de que ninguno ha de corresponderse con su interior. La promesa de lo que pueden contener puede quedarse en eso, en una promesa o pueden llegar a realizarse en una sorpresa deliciosa e inesperada.
Entre ayer y hoy he envuelto muchos paquetes. A mí me gusta que, en la medida de mi habilidad, estén bonitos, bien presentados, con detalle pero sin excesos. También he comprado cosas que han sido envueltas en la tienda. Es muy interesante observar como te envuelven los paquetes, como unos lo hacen con sumo cuidado y como otros lo hacen de manera rutinaria. Como unos añaden todos los detalles y otros solo hacen lo imprescindible.
Tenemos el envoltorio estándar de El Corte Inglés. Es fascinante ver como hasta el paquete más extraño que uno se pueda imaginar se envuelve por esas manos expertas hábilmente entrenadas y siempre de la misma manera, colocando el papel en ángulo y con todos los dobleces en su sitio.
Tengo que destacar que el paquete más bonito que me han envuelto fue obra de un hombre. El paquete estaba tan bonito que casi valía más que el contenido y daba pena abrirlo. Y es que los hombres cuando se ponen pueden ser muy detallistas, el problema es no siempre se ponen.
Smitten
This is a word that I particularly like in English. In fact, I was smitten by it. It means to fall in love with somebody or something very quickly, instantly. I like it because it is not used often and it has quite a graphic sound. The very sound of the word gives a fairly good idea of its meaning. It feels like you were slap on the face with a sudden knowledge. Wake up and smell the coffee! you like something! you like someone!
I must say that I am not usually smitten, but it has happen two o three times. The intereresting part of being smitten is that you are always caught off guard, so you wonder how did it happen.
I like smitten and I am growing fonder of being smitten.
I must say that I am not usually smitten, but it has happen two o three times. The intereresting part of being smitten is that you are always caught off guard, so you wonder how did it happen.
I like smitten and I am growing fonder of being smitten.
Otro suceso curioso
No todos los días le hace a uno un regalo, y menos aún un desconocido. De hecho enseñamos a nuestros hijos a no aceptar regalos de personas que no conocen porque ignoramos sus intenciones y, desgraciadamente, a veces son muy malas.
El caso es que entré en una papelería que tengo a lado de casa para comprar papel de seda y tinta para la pluma, y había varias personas esperando ser atendidas y un hombre, que confesó 70 años, que se disponía a salir. Llevaba en la mano un puñado de bolígrafos diminutos que acaba de comprar con intención de regalarlos, de hecho, acaba de ofrecer uno a cambio de un beso, sin llegar a efectuar el trueque. En su salida los iba mostrando a todos los que estábamos esperando mientras proclamaba que no solo eran bonitos, también escribían sin erratas. Yo exclamé ¡qué maravilla!, el pensó que estaba siendo sarcástica (no era esa exactamente mi intención, simplemente soy incapaz de ignorar a una persona cuando me habla) sacó una libretita llena de notas en letra clásica y esmerada. Entonces comenté que uno de esos le vendría muy bien a mi hijo, a lo que respondió el buen hombre ofreciéndome uno de los bolígrafos. Yo, por supuesto, lo rechacé, pero el hombre insistió, e insistió y aquello amenazaba con convertirse en una discusión así que,finalmente,acepté, y el hombre se marchó tan contento.
Pensando en ello, llegué a la conclusión de que el hombre estaba muy necesitado de hablar, y que los bolígrafos le proporcionaban una buena excusa para entrar en conversación con la gente, tener un ratito de atención y, si alguna se deja, un beso.
Yo he de decir que me alegro de haberlo obtenido sin beso.
El caso es que entré en una papelería que tengo a lado de casa para comprar papel de seda y tinta para la pluma, y había varias personas esperando ser atendidas y un hombre, que confesó 70 años, que se disponía a salir. Llevaba en la mano un puñado de bolígrafos diminutos que acaba de comprar con intención de regalarlos, de hecho, acaba de ofrecer uno a cambio de un beso, sin llegar a efectuar el trueque. En su salida los iba mostrando a todos los que estábamos esperando mientras proclamaba que no solo eran bonitos, también escribían sin erratas. Yo exclamé ¡qué maravilla!, el pensó que estaba siendo sarcástica (no era esa exactamente mi intención, simplemente soy incapaz de ignorar a una persona cuando me habla) sacó una libretita llena de notas en letra clásica y esmerada. Entonces comenté que uno de esos le vendría muy bien a mi hijo, a lo que respondió el buen hombre ofreciéndome uno de los bolígrafos. Yo, por supuesto, lo rechacé, pero el hombre insistió, e insistió y aquello amenazaba con convertirse en una discusión así que,finalmente,acepté, y el hombre se marchó tan contento.
Pensando en ello, llegué a la conclusión de que el hombre estaba muy necesitado de hablar, y que los bolígrafos le proporcionaban una buena excusa para entrar en conversación con la gente, tener un ratito de atención y, si alguna se deja, un beso.
Yo he de decir que me alegro de haberlo obtenido sin beso.
sábado, 2 de enero de 2010
El comienzo de un año
He de confesar que he sentido la tentación de hacer balance del año pasado, pero he sabido resistirme porque, la verdad sea dicha, ya he pensado bastante en todo eso y no era la ocasión de darle más vueltas. Todo lo sucedido lo tengo muy presente y ya ha quedado reflejado de manera bastante extensa en este blog.
En el otro extremo, hay mucha gente que todos los comienzos de año se hace propósitos para el nuevo año, especialmente en aquellos aspectos de su vida que consideran que requieren un cambio o una mejora sustancial. No es mi caso. No recuerdo haberme hecho un propósito de año nuevo jamas. Nunca. Mis propósitos no suelen ir asociados a ningún cambio estacional en particular o al calendario, suceden porque tienen que suceder en ese momento, un buen día me despierto y me digo, es el momento de hacer esto o ¿por que no hago esto otro?. A veces vienen dados por las circunstancias u oportunidades que se abren súbitamente ante mis ojos, pero nunca, nunca a una premeditación. Es más, por lo que he podido experimentar en carne propia y por lo observado a mi alrededor, rara vez estos propósitos alcanzan su fin de manera óptima, la mayoría se malogran al cabo de poco tiempo, en la mayoría de los casos porque la voluntad de realizarlos no estaba lo suficientemente madura para sostener el peso de la obligación.
Con mucha frecuencia, todo esfuerzo que depende de una voluntad independiente sin una obligación real está condenado al fracaso, salvo que exista una fuerza superior que sirva de apoyo a esa voluntad, una necesidad real, por ejemplo, de llevar a cabo el propósito auto impuesto.
Si a la voluntad le sumamos una cierta obligación, digamos que si nuestra intención es hacer ejercicio, será más fácil llevarla a cabo si nos apuntamos a un gimnasio y asistimos a clase que si pretendemos hacerlo en solitario, sin otra obligación que nuestro deseo, salvo que tengamos una voluntad de acero templado.
Pero si nuestro propósito responde a una necesidad, más o menos imperiosa, que nos impulsa, es muy posible que la voluntad se apropie de ese impulso y consigamos perseverar en nuestro propósito.
Es por todas esas razones por lo que no caigo en la tentación de hacer propositos de año nuevo.
En el otro extremo, hay mucha gente que todos los comienzos de año se hace propósitos para el nuevo año, especialmente en aquellos aspectos de su vida que consideran que requieren un cambio o una mejora sustancial. No es mi caso. No recuerdo haberme hecho un propósito de año nuevo jamas. Nunca. Mis propósitos no suelen ir asociados a ningún cambio estacional en particular o al calendario, suceden porque tienen que suceder en ese momento, un buen día me despierto y me digo, es el momento de hacer esto o ¿por que no hago esto otro?. A veces vienen dados por las circunstancias u oportunidades que se abren súbitamente ante mis ojos, pero nunca, nunca a una premeditación. Es más, por lo que he podido experimentar en carne propia y por lo observado a mi alrededor, rara vez estos propósitos alcanzan su fin de manera óptima, la mayoría se malogran al cabo de poco tiempo, en la mayoría de los casos porque la voluntad de realizarlos no estaba lo suficientemente madura para sostener el peso de la obligación.
Con mucha frecuencia, todo esfuerzo que depende de una voluntad independiente sin una obligación real está condenado al fracaso, salvo que exista una fuerza superior que sirva de apoyo a esa voluntad, una necesidad real, por ejemplo, de llevar a cabo el propósito auto impuesto.
Si a la voluntad le sumamos una cierta obligación, digamos que si nuestra intención es hacer ejercicio, será más fácil llevarla a cabo si nos apuntamos a un gimnasio y asistimos a clase que si pretendemos hacerlo en solitario, sin otra obligación que nuestro deseo, salvo que tengamos una voluntad de acero templado.
Pero si nuestro propósito responde a una necesidad, más o menos imperiosa, que nos impulsa, es muy posible que la voluntad se apropie de ese impulso y consigamos perseverar en nuestro propósito.
Es por todas esas razones por lo que no caigo en la tentación de hacer propositos de año nuevo.
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