El miercoles pasado fue uno de esos días en que uno no sabe si hubiera hecho mejor quedándose en la cama. Aunque bien mirado hubo momentos memorables.
El comienzo fue cercano a lo catastrófico. El comienzo una vez en la calle, quiero decir, porque el comienzo real se había producido un laaargo ratito antes.
Bueno, a lo nuestro, la primera en la frente, como dicen los castizos. Llegué al metro y me dí cuenta de que se me había olvidado el abono transporte. Ya entonces debiera haberme dado la vuelta. Sin tiempo para regresar a casa a buscarlo, compré a toda prisa un metrobus y seguí mi camino.
Que poco me podía imaginar que, al llegar a la oficina, me esperaba lo peor. Fui a buscar un café para llevármelo al despacho, como suelo hacer todos los días, cuando al salir de la cafetería me enganché la sisa del chaleco que llevaba con el picaporte de la puerta, el café volaba por los aires mientras escuchaba con horror como se desgarraba la tela. ¡Oh, cielos! ¡El chaleco! El dichoso chaleco, que le había pedido prestado a mi marido, y que él me había dejado, ¡con expresas instrucciones de cuidar!, porque era una reliquia. ¡Tierra trágame!
Además, la mayor parte del café había ido a parar a mi impoluta camisa blanca.
Pero eso no era todo. Para mayor escarnio, esa misma mañana tenia una reunión. Cuando las cosas van mal, todavía pueden ir peor.
Una vez superado el shock y las quemaduras de primer grado, recordé, con infinito alivio, que había guardado un jersey negro en mi despacho, fruto de las compras que realizo, por buena voluntad más que otra cosa, a una señora que vende ropa en la oficina. En ese momento, la bendije con todo mi corazón. Estaba salvada. Carrera al cuarto de baño y como si no hubiera pasado nada. Bueno, casi, porque aún me quedaba enfrentarme a la mirada acusadora de mi marido por el "pequeño" desperfecto en su chaleco.
La reunión fue bien y, aparte de un ligero aroma a café que me acompañó todo el día, no sucedió ninguna otra catástrofe de semejante magnitud.
La nubes no habían desaparecido del todo del horizonte. A la salida de la reunión me tuve que enfrentar a la rebeldía de los ordenadores, que se negaban a hacer lo que les pedía. No conseguí hacer nada de lo que me había propuesto hacer ese día. Pensé: ¿me habré vuelto tonta de repente?
Hacia la tarde empezó a escampar, metafóricamente hablando, porque ese día llovía.
En el metro (¡ay! el metro, que fuente de inspiración) tuve ocasión de observar una curiosa escena. Una mujer joven, entró en el vagón y se sentó. Al lado otro hombre, joven también. En un momento dado, ella sacó toda la artillería pesada de la condición femenina: el maquillaje, y empezó a arreglarse allí mismo. Estamos hablando de las tres y media de la tarde. Se puso maquillaje, polvos, rímel, vamos, de todo. Y el hombre que estaba a su lado la miraba de reojo, cada dos por tres, sin saber que cara poner. No hace tanto que esos gestos solo hubieran tenido lugar en la intimidad de la casa, y ninguna mujer hubiera querido rebelar los secretos de sus afeites, pero los tiempos van cambiando.
Después recogí a mi hijo pequeño del colegio.
Es un personaje. Estaba triste porque la profesora les había castigado, él creía que sin razón, a copiar unas frases durante el recreo del día siguiente. También me habló con pena de un compañero nuevo, que es de origen árabe y no habla bien el español, pero con quién la profesora no tenía paciencia. Después de contarme sus cuitas, remató: "La vida es injusta". Oír esto de un niño de nueve años no deja de ser sorprendente. Y yo pensé: "Si tu supieras...".
Epílogo:
Si estoy escribiendo estas líneas es porque mi marido me ha perdonado la vida, bajo la promesa de reparar los daños infligidos a su chaleco.
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