lunes, 7 de diciembre de 2009

E la nave va

Como habréis notado copio muchos títulos de películas o de libros que me gustan o me llaman la atención, pero no es solo por falta de originalidad, que algo de eso hay, sino también porque me gusta rendir pequeños homenajes de admiración.
La entrada de hoy es una reflexión sobre el pasado y el presente.
Para empezar diré que hoy mi hijo mayor cumple 15 años. Está ya más alto que yo, lo que para una madre supone a la vez orgullo y depresión. Orgullo de pensar que no le estarás haciendo tan mal ya que hace lo que tiene que hacer, que es crecer, pero resulta deprimente el día en que tus hijos te superan en altura física, que no mental todavía, porque sabes que tú no vas a crecer más.
Cuando nacen parece que no los vas a ver crecer nunca. Te preocupas cada vez que se ponen malos, cada vez que salen, si estudian, si no estudian, y mientras, sin darte cuenta, se va pasando el tiempo, un día tras otro, una semana, un mes, y así un día son quince años, y el angelito que un día cogiste por primera vez con manos temblorosas, sin saber que hacer con el, como si se te fuera a romper, se ha convertido en un bigardo que te aplasta cada vez que se te echa encima.
La maternidad/paternidad es algo de cuyas consecuencias uno es consciente hasta que se ha metido en ello hasta las cejas. No se trata solo de la "perdida" de libertad, sino también de la responsabilidad que se asume con esos hijos, a sabiendas de que se va a meter la pata una y mil veces, que perderemos los nervios, la compostura y que discutiremos con ellos por cualquier cosa. Pero también, lloraremos, se nos caerá la baba, trabajaremos aunque estemos cansados y sacrificaremos tiempo, sueño, y lo que sea necesario para que no les falte de nada (de lo que no les debe faltar). Y diremos que sí cuando el cuerpo nos pide decir que no y que no cuando el cuerpo nos pide decir que sí, simplemente porque queremos lo mejor para ellos.
Y miraremos esa colección de fotos, el millón que le hicimos cuando eran pequeñitos, que va disminuyendo a medida que crecen y se vuelven huraños y esquivos, y te riñen cada vez que intentas sacarles una foto y no están vestidos para la ocasión, y observaremos como han ido cambiando desde el bebé mofletudo hasta el adolescente espigado, y nos entrará una nostalgia de aquellos tiempos que apenas supimos disfrutar.
¡Qué extraños somos los humanos!

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