lunes, 21 de diciembre de 2009

Leyendo a Proust: En busca del tiempo perdido

Así, entre nosotros, ese título parece un resumen de mi vida. Pero seamos serios, que no estamos hablando de cualquier novela.
La idea de esta entrada es comentar dos párrafos que han quedado grabados en mi memoria mientras avanzaba lentamente por los innumerables vericuetos que ofrece esta magnifica obra. Voy a intentar transcribirlos sin que pierdan su sentido.
El primero es el siguiente:
"Y no es que a veces no aspirara a un gran cambio, que su vida careciera de esas horas excepcionales en que sentimos sed de algo distinto de lo existente, cuando las personas, que por falta de energía o imaginación no saben sacar de sí mismas un principio de renovación, piden al minuto que llega, al cartero que está llamando, que les traigan algo nuevo, aunque sea malo, un dolor, una emoción; cuando la sensibilidad, que la dicha hizo callar como arpa ociosa, quiere una mano que la haga resonar, aunque sea brutal, aunque la rompa; cuando la voluntad, que tan difícilmente conquistó el derecho de entregarse libremente a sus deseos, y a sus penas, desea echar las riendas en manos de ocurrencias imperiosas, por crueles que sean."

El segundo es este:
"Parecía que aquellos matices celestes delataban a las deliciosas criaturas que se entretuvieran en metamorfosearse en verduras, y que, a través del disfraz de su firme carne comestible, transparentaban con sus colores de aurora naciente, sus intentos de arco iris y su languidez de noches azules, una esencia preciosa, perceptible para mi aun cuando, durante toda la noche que seguía a una comida donde hubo espárragos, se divertían en sus farsas poéticas y groseras, como fantasía shakespeariana en trocar mi vaso de noche en copa de perfume"

Y ¿qué tienen en común estos dos fragmentos? Para empezar están en la misma novela, después su plasticidad descriptiva y las curiosas comparaciones que establece para describir, por un lado, la pasión y, por otro, los espárragos y sus efectos. Cada uno de ellos está relacionado con personajes distintos, y de ahí su carácter tan distinto.
Del primero me resulta muy chocante la violencia implícita que se desprende del hecho de llegar a romper las cuerdas de un arpa o del galope desbocado de un caballo sin riendas. Dos símbolos de pasión extrema y, a menudo, de dolor extremo, lo que me hace pensar lo cerca que están el tormento del éxtasis.
El segundo tiene un tono juguetón, travieso, infantil, como un duende. No he leído nunca una descripción tan delicada de un hecho fisiológico tan poco poético.

Por supuesto queda mucho que decir sobre este libro, y más profundas que este pequeño comentario.

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