Llevan días avisándonos de que se acerca la tormenta perfecta.
Parecía que se estuviera acercando un desastre de proporciones bíblicas.
Sopla aire, es cierto, pero no más que en otras ocasiones.
Llueve, pero no más que en días anteriores.
La meteorología no es una ciencia exacta.
El tiempo es un enigma.
El tiempo es impredecible.
sábado, 27 de febrero de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
Birmingham
Hace casi una eternidad desde que escribí por última vez, y es que, como ya he dicho más de una vez, el tiempo se pasa volando y hay demasiadas cosas que hacer.
Una de las que me ha ocupado en este periodo de silencio ha sido viajar a la ciudad de Birmingham, en el Reino Unido, especifico porque me dí cuenta de que hay otro Birmingham en Alabama, E.E.U.U.
Esta visita no tenía fines turísticos, aunque como viajera vocacional e impenitente que soy, no dejara pasar la oportunidad de conocer un poco el lugar.
La visita tenía como objeto hacer algo de compañía a la madre de un amigo de mi marido fallecido hace ya tres años. Ella es viuda desde hace 30 años, está sola, es de origen finlandés y, por tanto, su familia más cercana en Finlandia, y sus amigos también han ido falleciendo. La casa está llena de libros que dejó su hijo, y necesita reparaciones, para lo cual necesita ayuda para manejar tanto libro. En realidad, no le ayudamos mucho con los libros, tan solo rescatamos algunos que pertenecían a mi marido y fueron prestados en su día, y tomamos algunos otros que ella no estaba interesada en conservar. Sobre todo le hicimos compañía, de lo que, a juzgar por su reacción, estaba muy necesitada. Es triste ver tan sola a una persona de 80 años, aunque se valga bien por si misma. Al menos tiene la compañía de dos gatos.
Resultaba también muy curioso que después de haber vivido tantos años allí, casada con un irlandés y madre de un inglés, su inglés resulte tan elemental, a veces nos costaba trabajo entenderla y cometía muchos errores de sintaxis y pronunciación, aunque lo cierto es que a estas alturas, ya le dé lo mismo corregirlos que no.
En cuanto a la ciudad en si, creo que no he conocido un enclave menos orientado al turismo que Birmingham.
El primer problema era llegar allí desde Madrid. Sorprendentemente no existen vuelos directos desde la capital de España, pero sí desde Alicante o Lanzarote. Conectar dos vuelos también era un problema ya que, al parecer, de todos los aeropuertos de destino en Londres solo uno de ellos tiene vuelos a Birmingham. El resultado es que resultaba increiblemente caro o demasiado largo, en el caso de probar otras conexiones vía alguna otra ciudad europea. Desechado esto, optamos por volar a Londinium y tomar otro medio de transporte con destino al noroeste. Elegimos coger el metro hasta la estación de Euston y desde allí el tren. Dada la hora a la que llegamos resultó la opción más cara, ya que las tarifas van en función de la demanda y justo estábamos en hora punta. Eso sí, el tren era bastante cómodo y tardó poco más de una hora.
El transporte público está cubierto por autobuses y algunas lineas de ferrocarril. Los autobuses parecen ser frecuentes pero son muy caros y obligan además a llevar el importe del billete exacto, porque hay que introducirlo en una máquina que, para mayor complicación no da el cambio. Como eramos dos, el importe mínimo eran tres libras cincuenta en monedas, que no teníamos por ser recien llegados al lugar. Existía la posibilidad de sacar un billete válido para todo el día, al precio de tres libras y algunos peniques, también en monedas sueltas. Al final terminamos cogiendo taxis para ir a todas partes, o andando algunos tramos, ya que no disponiamos de tiempo para investigar posibles alternativas o aprender a utilizar el sistema de autobuses sin conocer la ciudad a fondo.
El hotel fue otra peculiar experiencia. Aparentemente era un sitio muy bonito, y de hecho el frente y el vestibulo lo eran. La habitación y el camino hacia esta no lo eran tanto. A favor hay que decir que era tranquilo, la cama era muy comoda, la habitación estaba caliente, la ducha funcionaba bien, y la comida del desayuno era buena. En contra que no había ascensor, había que recorrer un largo pasillo lleno de puestas hasta la habitación, algunos muebles se caían a pedazos, a alguna lampara le faltaba la bombilla, se echaban de menos algunos enchufes, el teléfono no funcionaba y las toallas eran un poco pequeñas. Puesto en la balanza creo que, a pesar de todo, de tener que volver repetiría en ese hotel.
El centro en sí, es más agradable, aunque lo "turístico" se reduce a una plaza muy grande y algunas calles y edificios aledaños. Hay muchas tiendas y centros comerciales. Visitamos el museo de arte que tiene un poco de todo, sin embargo, lo que más me impresionó fue el diseño del edificio.
Al lado del hotel está el Oratorio de San Felipe Neri, un edificio un tanto anodino por fuera pero con una preciosa iglesia dentro, y que fue hogar durante muchos años del Cardenal John Henry Newman que está a punto de ser beatificado.
La vuelta la realizamos en autobus de linea, tras averiguar que nos llevaba directos al aeropuerto y, además, resultaba mucho más barato y el horario nos venía bastante bien.
Una visita de lo más peculiar. Como remate, volviendo sobrevolamos Madrid y pude ver el estadio Vicente Calderón iluminado porque iban a jugar el Atletí con el Barça y quedaba muy bonito visto de noche y desde el aire.
Y lo mejor de todo es que no se nos perdió ninguna maleta.
Una de las que me ha ocupado en este periodo de silencio ha sido viajar a la ciudad de Birmingham, en el Reino Unido, especifico porque me dí cuenta de que hay otro Birmingham en Alabama, E.E.U.U.
Esta visita no tenía fines turísticos, aunque como viajera vocacional e impenitente que soy, no dejara pasar la oportunidad de conocer un poco el lugar.
La visita tenía como objeto hacer algo de compañía a la madre de un amigo de mi marido fallecido hace ya tres años. Ella es viuda desde hace 30 años, está sola, es de origen finlandés y, por tanto, su familia más cercana en Finlandia, y sus amigos también han ido falleciendo. La casa está llena de libros que dejó su hijo, y necesita reparaciones, para lo cual necesita ayuda para manejar tanto libro. En realidad, no le ayudamos mucho con los libros, tan solo rescatamos algunos que pertenecían a mi marido y fueron prestados en su día, y tomamos algunos otros que ella no estaba interesada en conservar. Sobre todo le hicimos compañía, de lo que, a juzgar por su reacción, estaba muy necesitada. Es triste ver tan sola a una persona de 80 años, aunque se valga bien por si misma. Al menos tiene la compañía de dos gatos.
Resultaba también muy curioso que después de haber vivido tantos años allí, casada con un irlandés y madre de un inglés, su inglés resulte tan elemental, a veces nos costaba trabajo entenderla y cometía muchos errores de sintaxis y pronunciación, aunque lo cierto es que a estas alturas, ya le dé lo mismo corregirlos que no.
En cuanto a la ciudad en si, creo que no he conocido un enclave menos orientado al turismo que Birmingham.
El primer problema era llegar allí desde Madrid. Sorprendentemente no existen vuelos directos desde la capital de España, pero sí desde Alicante o Lanzarote. Conectar dos vuelos también era un problema ya que, al parecer, de todos los aeropuertos de destino en Londres solo uno de ellos tiene vuelos a Birmingham. El resultado es que resultaba increiblemente caro o demasiado largo, en el caso de probar otras conexiones vía alguna otra ciudad europea. Desechado esto, optamos por volar a Londinium y tomar otro medio de transporte con destino al noroeste. Elegimos coger el metro hasta la estación de Euston y desde allí el tren. Dada la hora a la que llegamos resultó la opción más cara, ya que las tarifas van en función de la demanda y justo estábamos en hora punta. Eso sí, el tren era bastante cómodo y tardó poco más de una hora.
El transporte público está cubierto por autobuses y algunas lineas de ferrocarril. Los autobuses parecen ser frecuentes pero son muy caros y obligan además a llevar el importe del billete exacto, porque hay que introducirlo en una máquina que, para mayor complicación no da el cambio. Como eramos dos, el importe mínimo eran tres libras cincuenta en monedas, que no teníamos por ser recien llegados al lugar. Existía la posibilidad de sacar un billete válido para todo el día, al precio de tres libras y algunos peniques, también en monedas sueltas. Al final terminamos cogiendo taxis para ir a todas partes, o andando algunos tramos, ya que no disponiamos de tiempo para investigar posibles alternativas o aprender a utilizar el sistema de autobuses sin conocer la ciudad a fondo.
El hotel fue otra peculiar experiencia. Aparentemente era un sitio muy bonito, y de hecho el frente y el vestibulo lo eran. La habitación y el camino hacia esta no lo eran tanto. A favor hay que decir que era tranquilo, la cama era muy comoda, la habitación estaba caliente, la ducha funcionaba bien, y la comida del desayuno era buena. En contra que no había ascensor, había que recorrer un largo pasillo lleno de puestas hasta la habitación, algunos muebles se caían a pedazos, a alguna lampara le faltaba la bombilla, se echaban de menos algunos enchufes, el teléfono no funcionaba y las toallas eran un poco pequeñas. Puesto en la balanza creo que, a pesar de todo, de tener que volver repetiría en ese hotel.
El centro en sí, es más agradable, aunque lo "turístico" se reduce a una plaza muy grande y algunas calles y edificios aledaños. Hay muchas tiendas y centros comerciales. Visitamos el museo de arte que tiene un poco de todo, sin embargo, lo que más me impresionó fue el diseño del edificio.
Al lado del hotel está el Oratorio de San Felipe Neri, un edificio un tanto anodino por fuera pero con una preciosa iglesia dentro, y que fue hogar durante muchos años del Cardenal John Henry Newman que está a punto de ser beatificado.
La vuelta la realizamos en autobus de linea, tras averiguar que nos llevaba directos al aeropuerto y, además, resultaba mucho más barato y el horario nos venía bastante bien.
Una visita de lo más peculiar. Como remate, volviendo sobrevolamos Madrid y pude ver el estadio Vicente Calderón iluminado porque iban a jugar el Atletí con el Barça y quedaba muy bonito visto de noche y desde el aire.
Y lo mejor de todo es que no se nos perdió ninguna maleta.
sábado, 6 de febrero de 2010
La frustración de escribir relatos
Cuando decidí escribir este blog, lo hice porque sentía unas ganas enormes de escribir, de poner mis pensamientos en palabras que vivieran un poco más que las que salen de mi boca, pero, para los que nos gusta escribir, la ambición siempre va un poco más allá de escribir unos artículos o entradas de blog que, aunque nos producen el gratificante efecto de ver un trabajo más o menos terminado, no acaba de matar ese gusanillo. El siguiente paso sería, pues, el de escribir un relato, aunque sea corto, y subir un peldaño más en la empinada escalera del arte de la literatura.
A tal efecto, mi buen amigo The writer me ha dejado un libro llamado "La práctica del relato" de Angel Zapata. De lo que llevo leído hasta ahora, todo lo que dice es, según reconoce el mismo autor, básicamente de sentido común, y la teoría no podría ser más sencilla, sin embargo, cuando llega el momento de poner eso en práctica y uno intenta escribir un relato mínimamente legible el sentido común parece hacer mutis por el foro, la inspiración nos juega malas pasadas y todo aquello que en nuestra mente parecía tener todo el sentido del mundo y ser algo menos de un premio Pulitzer, al trasponerlo al papel pierde todo su encanto, toda su belleza y no es más que un conjunto de palabras anodino y soso. La gran idea no era tal y el relato apenas resiste una segunda lectura y, mucho menos, una tercera. ¿Qué pasó? Que hacer una entrada del blog es como dar una carrera corta para alcanzar el autobús, pero correr más de cinco minutos seguidos al mismo ritmo requiere preparación. Así escribir una entrada no requiere un esfuerzo continuado, mientras que relato reclama continuidad y perseverancia, sin olvidar un gran sentido de autocrítica. Es más, como en todo arte, la teoría es sencilla cuando se tiene talento para ello, pero cuando el talento es escaso o limitado la teoría, por muy de sentido común que sea, requiere de un trabajo duro y tenaz. Si, además, uno dispone de poco tiempo para dedicarlo a realizar ese trabajo, uno no puede dejar de sentir una amarga frustración, primero porque parece que nunca va a ver su trabajo culminado, y segundo, porque, las más de las veces, si lo ve le resulta muy poco satisfactorio y, entonces, no puede dejar de cuestionar si verdaderamente el mundo se perdería mucho si se olvidara para siempre de escribir. No obstante, como la razón para escribir no es la de buscar la fama o el reconocimiento, que si llegaran serían bienvenidos, sino el responder a una necesidad vital parecida, que no igual, al comer o al dormir, la frustración se va sobrellevando y se posponen otras aspiraciones a cuando los hijos sean mayores o, en momentos de depresión, a que las ranas críen pelo.
Mientras tanto seguiré escribiendo entradas en el blog, que me proporcionan ese pequeño desahogo, de que, por lo menos, podemos correr un pequeño sprint, al ver un escrito terminado y publicado, y, a lo mejor, si seguimos entrenando, podremos, algún día, correr una carrera de fondo.
A tal efecto, mi buen amigo The writer me ha dejado un libro llamado "La práctica del relato" de Angel Zapata. De lo que llevo leído hasta ahora, todo lo que dice es, según reconoce el mismo autor, básicamente de sentido común, y la teoría no podría ser más sencilla, sin embargo, cuando llega el momento de poner eso en práctica y uno intenta escribir un relato mínimamente legible el sentido común parece hacer mutis por el foro, la inspiración nos juega malas pasadas y todo aquello que en nuestra mente parecía tener todo el sentido del mundo y ser algo menos de un premio Pulitzer, al trasponerlo al papel pierde todo su encanto, toda su belleza y no es más que un conjunto de palabras anodino y soso. La gran idea no era tal y el relato apenas resiste una segunda lectura y, mucho menos, una tercera. ¿Qué pasó? Que hacer una entrada del blog es como dar una carrera corta para alcanzar el autobús, pero correr más de cinco minutos seguidos al mismo ritmo requiere preparación. Así escribir una entrada no requiere un esfuerzo continuado, mientras que relato reclama continuidad y perseverancia, sin olvidar un gran sentido de autocrítica. Es más, como en todo arte, la teoría es sencilla cuando se tiene talento para ello, pero cuando el talento es escaso o limitado la teoría, por muy de sentido común que sea, requiere de un trabajo duro y tenaz. Si, además, uno dispone de poco tiempo para dedicarlo a realizar ese trabajo, uno no puede dejar de sentir una amarga frustración, primero porque parece que nunca va a ver su trabajo culminado, y segundo, porque, las más de las veces, si lo ve le resulta muy poco satisfactorio y, entonces, no puede dejar de cuestionar si verdaderamente el mundo se perdería mucho si se olvidara para siempre de escribir. No obstante, como la razón para escribir no es la de buscar la fama o el reconocimiento, que si llegaran serían bienvenidos, sino el responder a una necesidad vital parecida, que no igual, al comer o al dormir, la frustración se va sobrellevando y se posponen otras aspiraciones a cuando los hijos sean mayores o, en momentos de depresión, a que las ranas críen pelo.
Mientras tanto seguiré escribiendo entradas en el blog, que me proporcionan ese pequeño desahogo, de que, por lo menos, podemos correr un pequeño sprint, al ver un escrito terminado y publicado, y, a lo mejor, si seguimos entrenando, podremos, algún día, correr una carrera de fondo.
viernes, 5 de febrero de 2010
Sobre la vida II: La pervivencia de las imágenes.
Antes de que volver a ver una película que volviera a traer a mi consciencia imágenes de mi infancia, ya mientras leía algunos párrafos de Proust, mi mente había comenzado a reflexionar porque algunas imágenes muy concretas se quedan permanentemente grabadas en nuestra memoria de entre los cientos, miles de ellas que vemos cada día y los millones que habremos visto durante nuestra vida. Sin embargo, algunas de ellas permanecen en el tiempo y nos es posible traerlas una y otra vez, y verlas en nuestra mente aun cuando haya pasado mucho tiempo. Porque lo cierto y verdad es que tenemos unos álbumes de fotos y vídeos almacenados en nuestro incomprensible cerebro. ¿Por qué esas imágenes y no otras han dejando esa huella permanente en nuestro archivo visual? En mi experiencia, la inmensa mayoría está asociada a sensaciones, casi siempre placenteras, algunas muy placenteras y, en algún caso, desagradables. Otras simplemente nos sorprendieron porque no estábamos preparados para ser testigos de ese hecho concreto. Unas cuantas quedaron grabadas por simple repetición, rutinas de nuestra infancia, por ejemplo. Unas pocas han recibido trato de favor, y voluntariamente hemos hecho el esfuerzo de almacenarlas porque su valor, bien por su unicidad, bien por su belleza o cualquier otro atributo, es muy superior para nosotros a todo lo tenemos ocasión de ver cada día.
Dentro de este catálogo también una gradación, y algunas permanecen siempre más vívidas que otras, independientemente de su antigüedad, mientras que otras se van difuminando como una foto antigua que va perdiendo su contraste y su brillo. Hay algunas que tienen una cierta vida propia, lo que consiste en que se nos aparecen no solo cuando las evocamos con nuestra voluntad, sino que aparecen así, por la buenas, y nos persiguen como un fantasma juguetón (aquí Freud, probablemente tendría alguna observación sobre conflictos no resueltos, obsesiones y demás).
No deja de ser curioso también, que con mucha frecuencia, algunas se desvanezcan con el uso, y que, cuanto más empeño pongamos en evocarlas, más difícil nos resulte verlas con claridad. Sucede mucho con las imágenes de seres queridos de los que, por fuerza, nos vemos distanciados, siendo el caso más triste el de los fallecidos, ya que tenemos la dolorosa certeza de que no nos volveremos a ver en este mundo. Es en estos casos cuando nos vemos obligados a recurrir a las fotos en papel, ahora en ordenador, para poder recordar unas facciones o un gesto característico de ese ser extrañado.
Yo tengo muchas imágenes recurrentes de este último año, algunas están claramente asociadas a momentos de diversión o placer y otras, están ahí y no sé exactamente porque, tal vez no lo sepa nunca, o puede que, según Freud no lo llegue a admitir nunca. ¡Qué cosas tiene el estar vivo!
Dentro de este catálogo también una gradación, y algunas permanecen siempre más vívidas que otras, independientemente de su antigüedad, mientras que otras se van difuminando como una foto antigua que va perdiendo su contraste y su brillo. Hay algunas que tienen una cierta vida propia, lo que consiste en que se nos aparecen no solo cuando las evocamos con nuestra voluntad, sino que aparecen así, por la buenas, y nos persiguen como un fantasma juguetón (aquí Freud, probablemente tendría alguna observación sobre conflictos no resueltos, obsesiones y demás).
No deja de ser curioso también, que con mucha frecuencia, algunas se desvanezcan con el uso, y que, cuanto más empeño pongamos en evocarlas, más difícil nos resulte verlas con claridad. Sucede mucho con las imágenes de seres queridos de los que, por fuerza, nos vemos distanciados, siendo el caso más triste el de los fallecidos, ya que tenemos la dolorosa certeza de que no nos volveremos a ver en este mundo. Es en estos casos cuando nos vemos obligados a recurrir a las fotos en papel, ahora en ordenador, para poder recordar unas facciones o un gesto característico de ese ser extrañado.
Yo tengo muchas imágenes recurrentes de este último año, algunas están claramente asociadas a momentos de diversión o placer y otras, están ahí y no sé exactamente porque, tal vez no lo sepa nunca, o puede que, según Freud no lo llegue a admitir nunca. ¡Qué cosas tiene el estar vivo!
Sobre la vida I: Vuelta a la infancia (Los tres mosqueteros, 1948)
Hoy he tenido de ver en televisión un ratito de una película que está asociada a muchos recuerdos de mi infancia, dicha película es la versión de 1948 de "Los tres mosqueteros", con Gene Kelly, Van Heflin, Vincent Price, June Allyson, Lana Turner y Angela Lansbury entre otros conocidos actores de Hollywood de la época. Por alguna razón que desconozco era programada con cierta frecuencia en la televisión de mi infancia, casi siempre durante las vacaciones de Navidad, ya que está indisolublemente asociada a las comidas de Navidad que se celebraban en casa de mis abuelos, y en las que mis cuatro primos, mi hermano pequeño y yo, jugábamos a recrear algunas películas que nos habían llamado particularmente nuestra infantil atención. A mi me asignaban el papel de la malvada y sensual Milady de Winter.
Verla hoy ha traído a mi mente una miríada de gratos recuerdos de la infancia, una mente que ya había sido sugestionada por la lectura pausada (sí, ya sé que hace meses que empecé el libro) de "En busca del tiempo perdido" de M. Proust. Si bien ahora soy más consciente de lo poco verídica que resulta la puesta en escena, no puedo por menos que admirar lo bien hecha que está, para su época, con todo detalle y con un ritmo frenético y muchos toques de humor. Puede que no sea la mejor película, ni la más fiel representación de la novela de Alejandro Dumas, padre, pero siempre la recordaré y veré con cariño y un punto de nostalgia, como parte que es de mis vivencias infantiles, gratas, y que ya entonces, marcaron mi amor por el cine.
Verla hoy ha traído a mi mente una miríada de gratos recuerdos de la infancia, una mente que ya había sido sugestionada por la lectura pausada (sí, ya sé que hace meses que empecé el libro) de "En busca del tiempo perdido" de M. Proust. Si bien ahora soy más consciente de lo poco verídica que resulta la puesta en escena, no puedo por menos que admirar lo bien hecha que está, para su época, con todo detalle y con un ritmo frenético y muchos toques de humor. Puede que no sea la mejor película, ni la más fiel representación de la novela de Alejandro Dumas, padre, pero siempre la recordaré y veré con cariño y un punto de nostalgia, como parte que es de mis vivencias infantiles, gratas, y que ya entonces, marcaron mi amor por el cine.
miércoles, 3 de febrero de 2010
En la intimidad de un hospital
Ayer operaron a mi madre de un dedo de la mano. Fue una operación ambulatoria, lo cual quiere decir, básicamente, que no se duerme en el hospital pero que te pasas gran parte del día allí. Como, además, se trataba de un hospital público, las habitaciones donde de ingresan son dobles y suelen estar completas. Ayer, pues, nos toco compartir la habitación con otra mujer y, claro está, con sus familiares. Entre las dos camas la única separación es una cortina, de manera que cualquier conversación es perfectamente audible para los vecinos de cama. Y como resultado tuve la oportunidad de escuchar como una de las hijas se había acostado con su novio por primera vez, le había dejado, había vuelto con él, se habían casado, después se habían separado y, para remate, que solo ahora había empezado a disfrutar del sexo porque, al principio, le resultaba bastante repulsivo. Todo esto en el espacio de una hora, mientras esperaba que trajeran a mi madre de vuelta de su operación e intentaba hacer unos sudokus para distraerme. Prometo que no intenté, bajo ningún concepto, escuchar, era simplemente imposible no hacerlo. Así como podemos cerrar los ojos, mi dominio sobre los músculos de mi cabeza no alcanza a poder mover mis orejas para orientarlas en otra dirección o taparlas sin hacer uso de mis manos en forma que delate mi propósito de no seguir escuchando.
A todo esto, yo me puse a reflexionar y saque las siguientes conclusiones:
1ª. Por mucho que se intente es imposible mantener la intimidad en una habitación de 7x3 m. con dos camas y cuatro sillas.
2ª. El sentido del pudor se está perdiendo y somos capaces de mantener las conversaciones más peculiares aun cuando seamos conscientes de que hay otras personas desconocidas en nuestro radio de escucha.
3ª Hay que ver las cosas de que somos capaces las mujeres.
4ª La vida aún sigue deparándome sorpresas.
A todo esto, yo me puse a reflexionar y saque las siguientes conclusiones:
1ª. Por mucho que se intente es imposible mantener la intimidad en una habitación de 7x3 m. con dos camas y cuatro sillas.
2ª. El sentido del pudor se está perdiendo y somos capaces de mantener las conversaciones más peculiares aun cuando seamos conscientes de que hay otras personas desconocidas en nuestro radio de escucha.
3ª Hay que ver las cosas de que somos capaces las mujeres.
4ª La vida aún sigue deparándome sorpresas.
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