Como ya he confesado sigo el mundial de fútbol. Como en todo acontecimiento de dimensiones planetarias, se mezclan toda clase de ingredientes y todo se lleva más allá del mero espectáculo deportivo. Entre las cosas más curiosas que hay está el curioso caso de un pulpo, al que llaman Paul, en el zoo de Oberhausen en Alemania, al que se le ha ido preguntando por el ganador de los partidos que juega la selección nacional, a la que los periodistas hispanos gustan de llamar Mannschaft (¿será por presumir de idiomas?). La forma de efectuar la consulta se realiza mediante dos frascos con comida, en cada frasco se pone la bandera correspondiente, uno para Alemania y otro con la del equipo con el que se enfrenta. El susodicho animal ha ido acertando el vencedor de todos los partidos, incluyendo la sorprendente victoria de Serbia (que no se ha clasificado ni para octavos de final), por lo que no cabía suponer que siempre se decante por Alemania por resultarle más apetecible la comida del frasco con la enseña germana. De todo esto cabe deducir que o el pulpo tiene unas facultades extraordinarias, o tiene una suerte colosal y ha conseguido desafiar las leyes de la probabilidad.
¿Qué predecirá Paul para el partido de miércoles entre la mannschaft y la roja?
Pero lo qué más me llama la atención de todo esto es esa perentoria de tratar de ver lo que nos espera, de saber con antelación lo que nos va a suceder, de no vivir en ese permanente abismo que supone no saber lo que nos espera a la vuelta de la esquina. Los periódicos, las televisiones, las revistas están llenos de anuncios de videntes, tarotistas, etc. Hay hasta una feria, o varias, no llevo la cuenta, dedicadas al mundo mágico pero dónde predomina el tema adivinatorio.
Se mezcla en ello el miedo, la ambición, la inseguridad, pero también se pierde la capacidad de sorpresa, si pudiéramos saber en todo momento lo que va a ocurrir nunca más nos darían una sorpresa, y hay sorpresas verdaderamente bonitas. Bien es cierto que tampoco nos darían sustos, pero en ningún caso ello nos podría garantizar evitar lo inevitable, ya que cerrada una puerta se abren otras y las posibilidades son infinitas.
Son muchas las novelas, obras de teatro, películas que han tratado el tema (uno de mis autores favoritos en esto del tiempo es J.B. Priestley), y que pasaría si pudieramos conocer el futuro, cuál sería nuestra reacción y si en verdad podemos, o debemos, cambiar el futuro.
El tema es casi una obsesión. En este caso puede parecer puramente anecdótico, pero no deja de ser, una vez más, una muestra de esa necesidad que, en tanto que animales racionales y conscientes de nuestra propia existencia, tenemos las personas, más o menos humanas.