A menudo a los seres humanos nos cuesta mucho pedir perdón, reconocer que estamos equivocados. ¿Será por orgullo? ¿Será por vergüenza? ¿Será miedo? Pero el hecho está ahí. Por tanto, hemos de aprender a pedir perdón . Hay que pedir perdón con humildad, con vergüenza ¿por qué no? y honestamente, reconociendo nuestra falta.
No menos importante es saber perdonar, con magnanimidad y sin rencor, lo que no siempre resulta fácil. No todo el mundo puede o sabe o quiere perdonar, de manera que resulta igualmente necesario aprender a perdonar. Si nos dejamos llevar por los deseos de venganza, o esperamos ser resarcidos por el daño producido, es muy posible que nunca seamos capaces de perdonar.
No menos importante es saber perdonar, con magnanimidad y sin rencor, lo que no siempre resulta fácil. No todo el mundo puede o sabe o quiere perdonar, de manera que resulta igualmente necesario aprender a perdonar. Si nos dejamos llevar por los deseos de venganza, o esperamos ser resarcidos por el daño producido, es muy posible que nunca seamos capaces de perdonar.
También hay perdones y perdones. No es lo mismo pisar a alguien en el metro o en la calle que jugarle una mala pasada a alguien, o causarle un daño irreparable. Otra veces molestas o hieres a alguien sin darte cuenta, o habiendote dado cuenta, no encuentras la manera de disculparte. A veces se trata simplemente de un malentendido, pero eso pertenece otro ámbito, el de los problemas de comunicación, y en eso ya entraré otro día.
A mí, particularmente, no me resulta difícil perdonar, pero tengo que reconocer que sí me resulta más difícil olvidar, lo que muy a menudo se traduce en que me cuesta más confiar en las personas.
Por otro lado, no recuerdo habérsela jugado nunca a nadie, al menos siendo consciente de ello, sin embargo sí recuerdo muy vivamente errores que cometí, errores de juicio, que no maldades, y en los que jamás me hubiera gustado caer. Sé que si ocurrieron fue porque en ese momento particular sentí, ojala hubiera pensado, que era lo mejor que podía hacer, aunque solo después, cuando mi cerebro logró impornerse a mi corazón, pude comprender y desear no haber hecho lo que hice o decir las cosas que dije.
Entonces, e incluso ahora, quisiera poder pedir perdón, poder deshacer lo hecho, sin embargo, las circunstancias o la distancia o el tiempo, o todo a la vez, lo convierten en una tarea imposible y ello hace que, a su vez, me resulte imposible perdonarme a mi misma. Puede que a veces sea indulgente con mis defectos, quién de nosotros no lo es, pero al mismo tiempo soy también mi más severo juez (habría mucho que hablar sobre mis complejos).
Es una cruz enorme tener una buena memoria, y más aún tener conciencia. Tengo muy presentes al menos cinco ocasiones en las que, con el tiempo y una reflexión más pausada, tengo que reconocer que, a pesar de mis, por lo general, buenas intenciones, cometí un error, ya fuera a causa de un cierto egoismo o falta de consideración por mi parte, ya fuera por no haber sabido controlar mis impulsos y actuar con precipitación.
Al no poder pedir perdón por ello, mi castigo es recordarlo mientras tenga memoria. Bien es verdad que, por las mismas razones por las que me resulta imposible suplicar el perdón, tampoco me es posible conocer con exactitud el alcance que estas equivocaciones o errores tuvieron, o si resultaron tan importantes para estas personas como lo han sido para mí, y solo me cabe suponer que en algunos casos puede que sí y, en otros, tal vez no.
En todo caso, si me fuera posible desde aquí, mediantes estas líneas, redimir esta pena, con toda humildad me disculparía: perdón, perdón y mil veces perdón, a todos, desde el fondo de mi corazón, porque pedir perdón no me cuesta sino que, al contrario, sería una liberación.
A mí, particularmente, no me resulta difícil perdonar, pero tengo que reconocer que sí me resulta más difícil olvidar, lo que muy a menudo se traduce en que me cuesta más confiar en las personas.
Por otro lado, no recuerdo habérsela jugado nunca a nadie, al menos siendo consciente de ello, sin embargo sí recuerdo muy vivamente errores que cometí, errores de juicio, que no maldades, y en los que jamás me hubiera gustado caer. Sé que si ocurrieron fue porque en ese momento particular sentí, ojala hubiera pensado, que era lo mejor que podía hacer, aunque solo después, cuando mi cerebro logró impornerse a mi corazón, pude comprender y desear no haber hecho lo que hice o decir las cosas que dije.
Entonces, e incluso ahora, quisiera poder pedir perdón, poder deshacer lo hecho, sin embargo, las circunstancias o la distancia o el tiempo, o todo a la vez, lo convierten en una tarea imposible y ello hace que, a su vez, me resulte imposible perdonarme a mi misma. Puede que a veces sea indulgente con mis defectos, quién de nosotros no lo es, pero al mismo tiempo soy también mi más severo juez (habría mucho que hablar sobre mis complejos).
Es una cruz enorme tener una buena memoria, y más aún tener conciencia. Tengo muy presentes al menos cinco ocasiones en las que, con el tiempo y una reflexión más pausada, tengo que reconocer que, a pesar de mis, por lo general, buenas intenciones, cometí un error, ya fuera a causa de un cierto egoismo o falta de consideración por mi parte, ya fuera por no haber sabido controlar mis impulsos y actuar con precipitación.
Al no poder pedir perdón por ello, mi castigo es recordarlo mientras tenga memoria. Bien es verdad que, por las mismas razones por las que me resulta imposible suplicar el perdón, tampoco me es posible conocer con exactitud el alcance que estas equivocaciones o errores tuvieron, o si resultaron tan importantes para estas personas como lo han sido para mí, y solo me cabe suponer que en algunos casos puede que sí y, en otros, tal vez no.
En todo caso, si me fuera posible desde aquí, mediantes estas líneas, redimir esta pena, con toda humildad me disculparía: perdón, perdón y mil veces perdón, a todos, desde el fondo de mi corazón, porque pedir perdón no me cuesta sino que, al contrario, sería una liberación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario