Hace unos días se publicó un cuestionario en los periódicos con el que, después de contestar una serie de preguntas escogidas, uno podía dictaminar si es o no adicto al trabajo. Creo que como la mayoría de los trabajadores que leyeron la tal cosa me puse manos a la obra y fui contestando cada una de las preguntas, y el resultado fue... ¡qué soy adicta al trabajo!
Yo nunca lo hubiera pensado. También es cierto que no había que sacar un 100% de coincidencias para que el resultado fuera ese, como era mi caso, pero si bien no se trata de una adicción grave, el hecho está ahí, y me ha hecho reflexionar.
De resultas de ese comienzo de reflexión he caído en la cuenta de algunas actitudes que son, efectivamente, indicio de que el trabajo me absorbe más de lo que debiera, como el hecho de que a veces, me llevo problemas no resueltos a casa, que me preocupe que quién toma las decisiones, que en el 99,999 % de los casos no soy yo, no esté tomando la decisión que yo creo que es más correcta, porque sabe más el diablo por viejo que por diablo. Y pienso que todo eso no debería importarme, pero, por otro lado, si alguien se toma su trabajo en serio, si te gusta tu trabajo, todo eso no te puede dejar de importar, de manera que ¿dónde está el límite? ¿cómo se fija? Aquí no valen fórmulas matemáticas para calcular un límite, por tanto, cómo se puede decidir que hasta aquí es razonable llegar y más allá resulta perjudicial.
No lo sé. Qué puedo decir. NO TENGO NI IDEA. Creo que puedo estar rozando el límite si en mitad de realizar otra tarea me viene a la cabeza alguna cuestión de trabajo, aunque esto me sucede cuando estoy haciendo alguna cosa que no me absorbe por completo.
Por otro lado, creo que aun mantengo la mente abierta a muchísimas otras cosas, y mi vida no se reduce solo al trabajo, sino que me llaman y atraen muchísimas otras cosas, de hecho mis intereses son tan variados y numerosos que me resultaría difícil escoger uno sobre todos como mi favorito. Me muevo de uno a otro con, a veces, (y esto es un defecto mío) notoria ligereza, y dependiendo de mi estado de animo me inclino más por uno en un momento dado pero sin dejar de lado ninguno de los otros por completo, quedan ahí latentes, en hibernación hasta que la situación cambie y les sea más propicia.
Quizá esta adicción al trabajo sea la responsable del cansancio que siento últimamente. Pero de eso hablaremos otro día.
domingo, 28 de marzo de 2010
Historias de cada día II
Más cosas curiosas.
Por alguna razón que no soy capaz de ver, casi todas las semanas al menos una persona me pregunta una dirección por la calle. No sé si a alguien más le sucede esto tan a menudo como a mí, pero es algo que no deja de llamarme la atención. De hecho, esta pasada semana recuerdo dos ocasiones.
Cierto es que ando mucho por la calle y por zonas más o menos céntricas, pero me han preguntado en todas partes, al lado del trabajo, a medio camino, al lado de mi casa. A mi alrededor hay muchas personas más en la mayoría de los casos, sin embargo me eligen a mi. No es que me moleste, al contrario me hace sentir bien ayudar a los demás en la medida de mis posibilidades, aunque no siempre tengo la respuesta correcta, pero me sorprende la frecuencia. Para mayor sorpresa, algunas veces llevo gafas de sol y voy escuchando música, lo que me hace pensar que yo no sería mi primera elección si tuviera que preguntar una dirección, pero como yo no me veo no sé que es lo que ven en mí esas personas que les lleva a pensar que les puedo ayudar a llegar a su destino.
Para redondear la paradoja, he de confesar que a mi no me gusta preguntar direcciones, cosa que achaco a mi timidez, aunque no puedo descartar un ápice de soberbia, y prefiero mirar un mapa y memorizarlo, así que ésta sea la razón que hace que me parezca tan sorprendente el que otra gente me pregunte lo que yo no preguntaría salvo que me encontrara en trance de muerte. El remate final es que a mi marido no le importa preguntar cuantas veces haga falta, con lo que no respondemos a ese tópico tan extendido de que a son los hombres los que rehusan preguntar si se pierden y las mujeres son más prácticas y no les importa hacerlo. Una razón más para no creer en los tópicos al pie de la letra.
Por alguna razón que no soy capaz de ver, casi todas las semanas al menos una persona me pregunta una dirección por la calle. No sé si a alguien más le sucede esto tan a menudo como a mí, pero es algo que no deja de llamarme la atención. De hecho, esta pasada semana recuerdo dos ocasiones.
Cierto es que ando mucho por la calle y por zonas más o menos céntricas, pero me han preguntado en todas partes, al lado del trabajo, a medio camino, al lado de mi casa. A mi alrededor hay muchas personas más en la mayoría de los casos, sin embargo me eligen a mi. No es que me moleste, al contrario me hace sentir bien ayudar a los demás en la medida de mis posibilidades, aunque no siempre tengo la respuesta correcta, pero me sorprende la frecuencia. Para mayor sorpresa, algunas veces llevo gafas de sol y voy escuchando música, lo que me hace pensar que yo no sería mi primera elección si tuviera que preguntar una dirección, pero como yo no me veo no sé que es lo que ven en mí esas personas que les lleva a pensar que les puedo ayudar a llegar a su destino.
Para redondear la paradoja, he de confesar que a mi no me gusta preguntar direcciones, cosa que achaco a mi timidez, aunque no puedo descartar un ápice de soberbia, y prefiero mirar un mapa y memorizarlo, así que ésta sea la razón que hace que me parezca tan sorprendente el que otra gente me pregunte lo que yo no preguntaría salvo que me encontrara en trance de muerte. El remate final es que a mi marido no le importa preguntar cuantas veces haga falta, con lo que no respondemos a ese tópico tan extendido de que a son los hombres los que rehusan preguntar si se pierden y las mujeres son más prácticas y no les importa hacerlo. Una razón más para no creer en los tópicos al pie de la letra.
Historias de cada día I
Salir a la calle con los ojos abiertos supone, a veces, encontrarse con situaciones curiosas, y otras veces, con comportamientos reprobables.
Como hace muchos días que no escribía nada me ha dado tiempo a recopilar unas cuantas. Empiezo por las negativas, aunque en honor a la verdad es siempre la misma, la actitud incivil de algunos "ciudadanos que se deshacen de su basura en mitad de la calle y con todo descaro. Ahora mismo tengo en mente al menos a tres personas a las que he observado soltar desperdicios en plena calle, dos peatones y un conductor. Estoy segura de que eso en su casa no lo harían, sin embargo lo hacen en la casa de todos que es la calle. Me indigna que haya personas que no consideren que la calle es también suya y que es su obligación mantenerla limpia. Es una pena observar nuestras calles sucias con papeles, cigarrillos y, literalmente, mierda, de perro, pero mierda al fin al cabo. Menos educación para la ciudadanía y más urbanidad es lo que nos hace falta, que lo primero es respetar el bien común.
Ahora vamos con lo curioso. Una chica en minifalda. Son las 8 de la mañana. Muchos chicos se dirigen al colegio a esas horas. En mi camino se cruza una chica en uniforme de colegio, pero la falda, tableada, apenas le cubre esa zona, que en otros tiempos, se denominaba pacatamente como pompis. La chica no hacía más que pasar las manos por la parte de atrás tratando de asegurarse cada pocos pasos que la falta seguía cubriendo, apenas, lo poco que podía cubrir y, tal vez, aunque ello sea imposible alargar la tela, ante la comprensión tardía de que con esa falda podía exponer más de lo que se proponía de su anatomía. Mi impresión es que no debía estar demasiado acostumbrada a llevar una minifalda o, por lo menos, una minifalda tan corta, y que esa falta de costumbre hacía que se sintiera insegura sobre la capacidad de cobertura de la prenda. Esa clase de ropa parece estupenda en las fotos y cuando una está quietecita, pero es poco o nada práctica para hacer vida normal, a no ser que a uno no le importe pecar de exhibicionismo. Yo no pude evitar pensar dos cosas, primero, que hay que ver las cosas que hacemos la mujeres por coquetería y, por otro, que yo, ni en mis momentos más coquetos me hubiera puesto algo así, aunque a veces también me guste presumir, simplemente por pura comodidad, siempre he sentido que mi lado práctico (tal vez masculino) es más fuerte que en otras mujeres y hay muchas cosas que yo nunca haría porque en mí prima la comodidad sobre determinados instintos de sacrificio femeninos. Es más, creo que a su edad no me puse jamás una minifalda, ni siquiera se me pasó por la mente, me puedo imaginar a mis compañeros de clase sin dejar de mirarme las piernas, cosa que me hubiera incomodado sobremanera, y las pocas que veces que he llevado una ha sido más talludita, y desde luego no para la vida diaria.
Como hace muchos días que no escribía nada me ha dado tiempo a recopilar unas cuantas. Empiezo por las negativas, aunque en honor a la verdad es siempre la misma, la actitud incivil de algunos "ciudadanos que se deshacen de su basura en mitad de la calle y con todo descaro. Ahora mismo tengo en mente al menos a tres personas a las que he observado soltar desperdicios en plena calle, dos peatones y un conductor. Estoy segura de que eso en su casa no lo harían, sin embargo lo hacen en la casa de todos que es la calle. Me indigna que haya personas que no consideren que la calle es también suya y que es su obligación mantenerla limpia. Es una pena observar nuestras calles sucias con papeles, cigarrillos y, literalmente, mierda, de perro, pero mierda al fin al cabo. Menos educación para la ciudadanía y más urbanidad es lo que nos hace falta, que lo primero es respetar el bien común.
Ahora vamos con lo curioso. Una chica en minifalda. Son las 8 de la mañana. Muchos chicos se dirigen al colegio a esas horas. En mi camino se cruza una chica en uniforme de colegio, pero la falda, tableada, apenas le cubre esa zona, que en otros tiempos, se denominaba pacatamente como pompis. La chica no hacía más que pasar las manos por la parte de atrás tratando de asegurarse cada pocos pasos que la falta seguía cubriendo, apenas, lo poco que podía cubrir y, tal vez, aunque ello sea imposible alargar la tela, ante la comprensión tardía de que con esa falda podía exponer más de lo que se proponía de su anatomía. Mi impresión es que no debía estar demasiado acostumbrada a llevar una minifalda o, por lo menos, una minifalda tan corta, y que esa falta de costumbre hacía que se sintiera insegura sobre la capacidad de cobertura de la prenda. Esa clase de ropa parece estupenda en las fotos y cuando una está quietecita, pero es poco o nada práctica para hacer vida normal, a no ser que a uno no le importe pecar de exhibicionismo. Yo no pude evitar pensar dos cosas, primero, que hay que ver las cosas que hacemos la mujeres por coquetería y, por otro, que yo, ni en mis momentos más coquetos me hubiera puesto algo así, aunque a veces también me guste presumir, simplemente por pura comodidad, siempre he sentido que mi lado práctico (tal vez masculino) es más fuerte que en otras mujeres y hay muchas cosas que yo nunca haría porque en mí prima la comodidad sobre determinados instintos de sacrificio femeninos. Es más, creo que a su edad no me puse jamás una minifalda, ni siquiera se me pasó por la mente, me puedo imaginar a mis compañeros de clase sin dejar de mirarme las piernas, cosa que me hubiera incomodado sobremanera, y las pocas que veces que he llevado una ha sido más talludita, y desde luego no para la vida diaria.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Sobre el aborto
Estos días se ha hablado mucho sobre el aborto y yo tenía intención de escribir algo al respecto puesto que es un tema que lejos de dejarme indiferente me produce mucha pena. Sin embargo he encontrado un editorial que publicó Miguel Delibes en ABC y que expresa muy bien mi sentir, y mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. A continuación está el enlace para leerlo.
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-14-03-2010/abc/Opinion/aborto-libre-y-progresismo_114162721125.html
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-14-03-2010/abc/Opinion/aborto-libre-y-progresismo_114162721125.html
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