En mi idas y venidas en metro no puedo dejar de mirar a mi alrededor. Si alguien ha viajado en alguno de los trenes nuevo, que recuerdan un gusano, se habrá dado cuenta que los vagones no están separados y uno puede transitar de principio a fin del tren. Normalmente hay tanta gente que no se pueden ver los extremos, sin embargo ayer si que era posible, y la sensación óptica resultaba, cuanto menos, curiosa. En todos los coches hay barras para sujetarse, de manera que, debido a la perspectiva, la distancia entre ellas parece menor cuanto más lejos están, y así daba la sensación de que la gente que iba en esos vagones estaba metida entre barrotes, como jaulitas. Era solo un efecto óptico, pero casi resultaba una metáfora de la vida. Esta mañana, en cambio, lo que me llamó la atención fue una pareja. Ambos muy jovenes, muy enamorados, y él la cogia por la cintura, no agarrada ni sujeta, con una ternura, una levedad, como si fuera muy frágil y se fuera a romper. La cogía casi como se coge un ramo de flores. Era una imagen muy enternecedora para ver a las ocho de la mañana. Así se puede empezar bien el día. |
miércoles, 28 de octubre de 2009
Contrastes
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