sábado, 31 de octubre de 2009

La frialdad de la noticia

"HALLADOS 60 INMIGRANTES ILEGALES MUERTOS EN UN CONTENEDOR
En la tarde de ayer fueron encontrados los cadáveres de 60 inmigrantes ilegales en el interior de un contenedor que transportaba un carguero procedente del norte de África. El carguero había zarpado hacía 20 días,y durante todo ese tiempo parece ser que no recibieron ni agua ni alimento. El descubrimiento se realizó a petición de los estibadores del puerto, que se quejaron del mal olor procedente de uno de los contenedores mientras procedían a descargar los restantes. El juez ordenó el levantamiento de los cadáveres, a los que se realizará la autopsia para conocer las causas exactas de su muerte. Los forenses que examinaron el interior del contenedor encontraron los cadáveres entre los restos de sus propias heces, lo que parecían restos de comida y algunas botellas de agua vacías, y algunos de los cadáveres presentaban ya un avanzado estado de descomposición, lo que indica que fallecieron hace ya varios días. Se han recogido las pertenencias con objeto de tratar de averiguar sus identidades y estudiar la posibilidad de repatriar los restos a sus países de origen a petición de los familiares."
Ya había dejado de contar los días. Desde el momento en que se acabó el agua ya no le importaba si era de noche o de día. Todavía era capaz de percibir el hedor, pero poco a poco se había ido acostumbrando y ya no le producía nauseas. El calor era casi insoportable, no había apenas sitio para moverse, pero tampoco tenía ganas. Podía escuchar la respiración de los demás, pausada, muy queda. El otro día uno intentó gritar, se estaba volviendo loco y quería salir. Entre las tinieblas pudo entrever el forcejeo y después el silencio. Si los descubrían allí a todos lo más probable era que los echaran al mar y no podían permitir eso. No se preguntó que es lo que había pasado, tenía la certeza de que alguno de los otros llevaba un cuchillo, o algo similar y que el alborotador había sido asesinado para proteger a los demás.
Sintió la necesidad de llenar la botella. No podía desperdiciar ni una gota. Ya casi ni sudaba. Al principio, la sola idea de beberse su orina le había parecido no solo repugnante sino ultrajante pero, después de un día sin agua, con tanta sed que la lengua le parecía de cartón, ni lo pensó, llenó la botella y casi la saboreó. De la comida ya ni se acordaba, notaba como día a día se le iba hundiendo el vientre y le sobresalían las costillas.
De vez en cuando cambiaba de postura, incluso intentaba ponerse de pie, si alguna vez llegaban a su destino quería intentar salir de allí por su pie, erguido, y poder preservar una brizna de orgullo.
El cuerpo que está a su lado parece estar rígido, hace varias horas que no se mueve. La tentación de comérselo revolotea en su cerebro, si está muerto que más le dá, no le importará que le dé un par de bocados, si los demás nos salvamos su muerte no habrá sido en vano. Su madre se hubiera horrorizado, entre lo mucho que le había enseñado estaba el respetar a los muertos. Pensó en su madre con dulzura, y solo por su madre desechó la idea. Todo lo que iba a trabajar por su madre. Cuando supiera que había llegado a Europa se iba a poner contentísima.
Apenas le quedan fuerzas ya. Las respiraciones alrededor son cada vez más lentas y todos están exangües. En el bolsillo volvió a apretar el amuleto. El brujo le había dicho que le protegería, aunque el sacerdote le había mirado con preocupación. Casi no puede sujetar la botella, la orina es cada vez menos y más concentrada. Algunas veces incluso la derrama, porque las manos casi no le responden. Las piernas le parecen de madera. Ahora que muchos están muertos parece que hace menos calor. No quiere cerrar los ojos, tiene la intuición de que si lo hace ya no los abrirá más, pero le pesan, le pesan tanto...

viernes, 30 de octubre de 2009

Sobre el perdón

A menudo a los seres humanos nos cuesta mucho pedir perdón, reconocer que estamos equivocados. ¿Será por orgullo? ¿Será por vergüenza? ¿Será miedo? Pero el hecho está ahí. Por tanto, hemos de aprender a pedir perdón . Hay que pedir perdón con humildad, con vergüenza ¿por qué no? y honestamente, reconociendo nuestra falta.

No menos importante es saber perdonar, con magnanimidad y sin rencor, lo que no siempre resulta fácil. No todo el mundo puede o sabe o quiere perdonar, de manera que resulta igualmente necesario aprender a perdonar. Si nos dejamos llevar por los deseos de venganza, o esperamos ser resarcidos por el daño producido, es muy posible que nunca seamos capaces de perdonar.

También hay perdones y perdones. No es lo mismo pisar a alguien en el metro o en la calle que jugarle una mala pasada a alguien, o causarle un daño irreparable.  Otra veces molestas o hieres a alguien sin darte cuenta, o habiendote dado cuenta, no encuentras la manera de disculparte. A veces se trata simplemente de un malentendido, pero eso pertenece otro ámbito, el de los problemas de comunicación, y en eso ya entraré otro día.

A mí, particularmente, no me resulta difícil perdonar, pero tengo que reconocer que sí me resulta más difícil olvidar, lo que muy a menudo se traduce en que me cuesta más confiar en las personas.

Por otro lado, no recuerdo habérsela jugado nunca a nadie, al menos siendo consciente de ello, sin embargo sí recuerdo muy vivamente errores que cometí, errores de juicio, que no maldades, y en los que jamás me hubiera gustado caer. Sé que si ocurrieron fue porque en ese momento particular sentí, ojala hubiera pensado, que era lo mejor que podía hacer, aunque solo después, cuando mi cerebro logró impornerse a mi corazón, pude comprender y desear no haber hecho lo que hice o decir las cosas que dije.
Entonces, e incluso ahora, quisiera poder pedir perdón, poder deshacer lo hecho, sin embargo, las circunstancias o la distancia o el tiempo, o todo a la vez, lo convierten en una tarea imposible y ello hace que, a su vez, me resulte imposible perdonarme a mi misma. Puede que a veces sea indulgente con mis defectos, quién de nosotros no lo es, pero al mismo tiempo soy también mi más severo juez (habría mucho que hablar sobre mis complejos).
Es una cruz enorme tener una buena memoria, y más aún tener conciencia. Tengo muy presentes al menos cinco ocasiones en las que, con el tiempo y una reflexión más pausada, tengo que reconocer que, a pesar de mis, por lo general, buenas intenciones, cometí un error, ya fuera a causa de un cierto egoismo o falta de consideración  por mi parte, ya fuera por no haber sabido controlar mis impulsos y actuar con precipitación.
Al no poder pedir perdón por ello, mi castigo es recordarlo mientras tenga memoria. Bien es verdad que, por las mismas razones por las que me resulta imposible suplicar el perdón, tampoco me es posible conocer con exactitud el alcance que estas equivocaciones o errores tuvieron, o si resultaron tan importantes para estas personas como lo han sido para mí, y solo me cabe suponer que en algunos casos puede que sí y, en otros, tal vez no.
En todo caso, si me fuera posible desde aquí, mediantes estas líneas, redimir esta pena, con toda humildad me disculparía: perdón, perdón y mil veces perdón, a todos, desde el fondo de mi corazón, porque pedir perdón no me cuesta sino que, al contrario, sería una liberación.

Time management

Dear Erma,
I write to you because I feel that you could help me. You've been through this when you were in this world and I desperately need your advice. How did you manage to find time to write? I spend my days looking forward to writing a few lines and every day becomes harder and harder to find the time. The first few days when I took up writing it felt easy, you can always abandon the house chores for one or two days but then everything start piling up in front of you: the clothes, the dishes, the shopping, and all the other stuff that you cannot forsee but it`s there waiting for you, and though I carry a notebook around I just can't find the time to sit and write. I need some kind of device that could read my thoughts and save them all those times when I am not able to take the pen and write.
How did you manage to find the humour in it? I just feel frustrated and angry. My dear Erma, if only I had time to read your books and laugh again. Many a day I must choose between writing and reading. Definetely I need somebody to invent that machine. The only that's cheering me up is to see Stever McQueen on tv.
Your faithful reader,
A.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Contrastes

En mi idas y venidas en metro no puedo dejar de mirar a mi alrededor.
Si alguien ha viajado en alguno de los trenes nuevo, que recuerdan un gusano, se habrá dado cuenta que los vagones no están separados y uno puede transitar de principio a fin del tren. Normalmente hay tanta gente que no se pueden ver los extremos, sin embargo ayer si que era posible, y la sensación óptica resultaba, cuanto menos, curiosa. En todos los coches hay barras para sujetarse, de manera que, debido a la perspectiva, la distancia entre ellas parece menor cuanto más lejos están, y así daba la sensación de que la gente que iba en esos vagones estaba metida entre barrotes, como jaulitas. Era solo un efecto óptico, pero casi resultaba una metáfora de la vida.
Esta mañana, en cambio, lo que me llamó la atención fue una pareja. Ambos muy jovenes, muy enamorados, y él la cogia por la cintura, no agarrada ni sujeta, con una ternura, una levedad, como si fuera muy frágil y se fuera a romper. La cogía casi como se coge un ramo de flores. Era una imagen muy enternecedora para ver a las ocho de la mañana. Así se puede empezar bien el día.

martes, 27 de octubre de 2009

Sensibilidad y, quiza, algo de sentido

No sé porque, de un tiempo a esta parte, todo se me hace un mundo. Es como si tuviera la sensibilidad exacerbada, y todo me afecta de una manera que pareciera multiplicada por diez o cien o mil. Sin ir más lejos, el otro día tenía que reunirme con una profesora de mi hijo, me puse tan nerviosa como si fuera a pasar un examen y, a estas alturas, ya me he reunido con unos cuantos profesores, para lo bueno y para lo malo. Del mismo modo, me noto más irrritable, y tengo menos paciencia, hasta me cuesta poner buena cara cuando se me está acabando la paciencia. En este momento entiendo perfectamente que los escritores se encierren en lugares remotos y aislados del mundanal ruido, en busca de paz y tranquilidad.
También me noto una cierta falta de energía ¿apatía?¿cansancio?. Además de tomar vitaminas, tengo otra solución que me produce una cierta vergüenza, me "chuto" música vía reproductor mp3. No me gusta en demasia la idea de que todos vayamos por el mundo con los cascos puestos escuchando cada uno su música o su radio, aislados de los demás, sin embargo, yo también lo hago.
Desconozco cuales serán las razones de los demás, las mías son que la música me proporciona la energía que me hace falta para echar a andar por la mañana, o después de comer. No puede ser cualquier música, si escuchara clásica o blues o Sinatra creo que directamente me pondría a llorar, sino que tiene que tener marchita, aunque las letras sean tristes, de estilo pop/rock o rock (rock duro no, no me ha ido nunca) me levanta, camino siguiendo el ritmo y también, ahoga el exceso de ruido que producen mis pensamientos. Supongo que, como excusa para escuchar música, es un poco sui generis. Me encanta la música (siempre lamentaré no haber aprendido) y tengo un gusto muy amplio, que va cambiando según el humor que tenga. Así, en esos momentos en que mi ánimo está mas bajo, necesito marcha, mientras que en aquellos momentos de tranquilidad puedo disfrutar de una balada hasta la saciedad.
Ahora me va la marcha (pero solo en música, que conste).

"Una pena en observación" de C.S. Lewis

"Con un equipo de cinco sentidos, una inteligencia incurablemente abstracta, una memoria que selecciona al azar, una serie de prejuicios y asunciones tan numerosos que nunca logro examinar más que una pequeña parte si es que llego a ser consciente de ella ¿qué porcentaje de realidad total puede llegar a ser penetrado?"

Esto es una cita del libro "Una pena en observación" de C.S. Lewis, que me he permitido entresacar por su veracidad. Es un libro hermosísimo y muy honesto. Lewis lo escribió después de la muerte de su mujer, como una manera de superar su pena, analizando tanto esa pena como, al mismo tiempo, lo que supuso en su relación con Dios. Como creyente me admira su capacidad para hablar de Dios y de su fé, ya que a mí me resulta mucho más difícil.
Pero hay mucho más. Es un asombroso análisis de sus sentimientos, lúcido, pero también profundamente subjetivo, es su dolor, pero no por ello es triste, ni sensiblero. Al menos, yo no lo veo así.

No es un libro que tuviera pensado leer, ya que lo descubrí por casualidad. Ayer me acerque a una biblioteca a buscar otro libro, que no encontré. No soy muy dada a leer traducciones de libros de autores que escriban en inglés, pues prefiero el original, pero como soy incapaz de salir y entrar de una biblioteca, librería o similar sin echar un vistazo, se me ocurrió mirar los libros que había de C.S. Lewis, por ver si encontraba uno que sí me interesara leer, y que, cosas del destino, tampoco encontré. El caso es que mi vista se topó con este libro finito, apenas cien páginas, y su título reclamó mi atención. Después de ojearlo decidí que por qué no, que iba a intentar leerlo. Y digo intentar porque tengo, al menos, cuatro libros empezados, y muchos más pendientes de leer, pero eso es otra historia.
Empecé a leerlo en el trayecto de vuelta a casa. Al principio leía muy deprisa, con la no muy sana intención de acabarlo ese mismo día, pero a medida que iba leyendo lo iba disfrutando cada vez más, a la vez que me invitaba a la reflexión.
Aún no lo he terminado pero, aunque lo acabe, me temo que este libro necesita más de una lectura para sacarle todo el jugo que lleva dentro.
Es de mencionar que, si bien no conozco el original, la traducción es excelente, como se puede esperar de Carmen Martín Gaite.

sábado, 24 de octubre de 2009

Sorpresas te da la vida, ¡ay! Dios.

La vida es extraña. Es sorprendente. Es inevitable.
Con el paso de los años vamos adquiriendo cierta estabilidad. Tenemos un trabajo, una familia, una rutina diaria, semanal, mensual...anual. Tenemos las preocupaciones habituales: más o menos trabajo en la oficina, las enfermedades de los niños, llegar a fin de mes... Algunos momentos de asueto, un ratito al día, quizá, una salida algún fin de semana, las vacaciones, gente que viene, gente que va y, con un poco de suerte, unas migajas de tiempo para dedicarnos a nosotros mismos. Todo discurre como si fuéramos por una autopista. La autopista de la vida.
Algunos intentamos, dentro de lo posible mirar más allá del horizonte, girar la cabeza y observar el paisaje, pero no es fácil, porque la vida no se para, todo discurre muy deprisa, tan deprisa que, a veces, no nos damos cuenta de las cosas.
Si alguien, hace apenas unos meses, me hubiera dicho que iba a estar haciendo lo que estoy haciendo ahora le hubiera dicho que estaba loco o loca, o que me estaba tomando el pelo.
Pero la vida te da sorpresas, como dice la canción de Rubén Blades.
No sé cómo, no sé cuando, pero algo cambió. Lo más asombroso fue, ha sido, que no me dí cuenta hasta que supe que lo perdía.
Ha sido uno de los descubrimientos más asombrosos de mi vida. Tanto más por lo inesperado. Cuando piensas que ya nada te puede sorprender, que todo lo que te va a suceder es más o menos previsible, sucede un pequeño milagro, pero estás tan ocupada viviendo para los demás una vida frenética que no percibes el milagro, que no le das importancia. Y cuando lo vas perder, te despiertas de repente, alertada por el dolor agudo, intenso, que produce la pérdida, como si todo lo anterior hubiera sido un sueño. Y te preguntas ¿cómo? ¿dónde? ¿cuándo? Y entonces, además del dolor, sientes confusión, tristeza, desesperación ¿y si me hubiera dado cuenta antes? ¿por qué solo apreciamos el valor de lo que tenemos cuando lo podemos perder?
Ahora doy gracias a Dios por ese pequeño milagro.

viernes, 23 de octubre de 2009

El caso Dan Brown

El Corte Inglés acaba de "recordarme" la próxima aparición del nuevo libro, por llamarle algo, de Dan Brown.

Me parece increible que este señor pueda vender tanto. Fue tal el fenómeno de "El código Da Vinci" que cedí a la tentación y lo leí. Hacía mucho tiempo que no ponía mis ojos sobre algo tan mal escrito, tan pueril. Ni siquiera la historia es original, se hacía eco de varias leyendas que circulan en torno a Jesús y a los templarios.

Son muchos los libros que tratan los supuestos enigmas relacionados con los caballeros templarios y este señor utilizó, entre otras, una de las leyendas más conocidas en Escocia, la que se refiere a Rosslyn. Creo que hasta le pusieron una querella por plagio, puesto que ya existían varios libros que recogían la supuesta historia de celos entre el maestro y el aprendiz y los tesoros escondidos.
Por cierto, Rosslyn es un pueblecito pequeño en las afueras de Edimburgo. (Sí, también he estado allí. Guardaos los pensamientos mordaces y la sonrisita, no estoy intentando parecer una snob). Y debe su fama a una capilla, que tiene el aspecto de una catedral gótica en miniatura, y, efectivamente, existe la columna del aprendiz, que se distingue del resto por que está mucho más elaborada, y encierra otros muchos misterios, por ejemplo, en algunas de las imagenes esculpidas en la piedra. Data de 1446, y la construyo un nobles escocés. La verdad es que merece la pena la visita. Es un lugar muy curioso.

La verdad es que me fastidió bastante que ese pseudoescritor se apropiara de esas historias. Si por lo menos hubiera estado bien escrito.

En resumen, no entiendo que ha podido ver "el público en general" en un libro tal mal escrito, pero yo, desde luego, no pienso caer en la tentación de perder mi valioso tiempo en leer ningún otra astracanada que escriba el susodicho Mr. Brown.





Un día... peculiar

El miercoles pasado fue uno de esos días en que uno no sabe si hubiera hecho mejor quedándose en la cama. Aunque bien mirado hubo momentos memorables.

El comienzo fue cercano a lo catastrófico. El comienzo una vez en la calle, quiero decir, porque el comienzo real se había producido un laaargo ratito antes.
Bueno, a lo nuestro, la primera en la frente, como dicen los castizos. Llegué al metro y me dí cuenta de que se me había olvidado el abono transporte. Ya entonces debiera haberme dado la vuelta. Sin tiempo para regresar a casa a buscarlo, compré a toda prisa un metrobus y seguí mi camino.
Que poco me podía imaginar que, al llegar a la oficina, me esperaba lo peor. Fui a buscar un café para llevármelo al despacho, como suelo hacer todos los días, cuando al salir de la cafetería me enganché la sisa del chaleco que llevaba con el picaporte de la puerta, el café volaba por los aires mientras escuchaba con horror como se desgarraba la tela. ¡Oh, cielos! ¡El chaleco! El dichoso chaleco, que le había pedido prestado a mi marido, y que él me había dejado, ¡con expresas instrucciones de cuidar!, porque era una reliquia. ¡Tierra trágame!
Además, la mayor parte del café había ido a parar a mi impoluta camisa blanca.
Pero eso no era todo. Para mayor escarnio, esa misma mañana tenia una reunión. Cuando las cosas van mal, todavía pueden ir peor.
Una vez superado el shock y las quemaduras de primer grado, recordé, con infinito alivio, que había guardado un jersey negro en mi despacho, fruto de las compras que realizo, por buena voluntad más que otra cosa, a una señora que vende ropa en la oficina. En ese momento, la bendije con todo mi corazón. Estaba salvada. Carrera al cuarto de baño y como si no hubiera pasado nada. Bueno, casi, porque aún me quedaba enfrentarme a la mirada acusadora de mi marido por el "pequeño" desperfecto en su chaleco.
La reunión fue bien y, aparte de un ligero aroma a café que me acompañó todo el día, no sucedió ninguna otra catástrofe de semejante magnitud.
La nubes no habían desaparecido del todo del horizonte. A la salida de la reunión me tuve que enfrentar a la rebeldía de los ordenadores, que se negaban a hacer lo que les pedía. No conseguí hacer nada de lo que me había propuesto hacer ese día. Pensé: ¿me habré vuelto tonta de repente?
Hacia la tarde empezó a escampar, metafóricamente hablando, porque ese día llovía.
En el metro (¡ay! el metro, que fuente de inspiración) tuve ocasión de observar una curiosa escena. Una mujer joven, entró en el vagón y se sentó. Al lado otro hombre, joven también. En un momento dado, ella sacó toda la artillería pesada de la condición femenina: el maquillaje, y empezó a arreglarse allí mismo. Estamos hablando de las tres y media de la tarde. Se puso maquillaje, polvos, rímel, vamos, de todo. Y el hombre que estaba a su lado la miraba de reojo, cada dos por tres, sin saber que cara poner. No hace tanto que esos gestos solo hubieran tenido lugar en la intimidad de la casa, y ninguna mujer hubiera querido rebelar los secretos de sus afeites, pero los tiempos van cambiando.
Después recogí a mi hijo pequeño del colegio.
Es un personaje. Estaba triste porque la profesora les había castigado, él creía que sin razón, a copiar unas frases durante el recreo del día siguiente. También me habló con pena de un compañero nuevo, que es de origen árabe y no habla bien el español, pero con quién la profesora no tenía paciencia. Después de contarme sus cuitas, remató: "La vida es injusta". Oír esto de un niño de nueve años no deja de ser sorprendente. Y yo pensé: "Si tu supieras...".
Epílogo:
Si estoy escribiendo estas líneas es porque mi marido me ha perdonado la vida, bajo la promesa de reparar los daños infligidos a su chaleco.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Sobre escribir

Escribir es

Reir y llorar
decir y callar
morir y matar
gritar y susurrar

Escribir es

Libertad y esclavitud
Claro y oscuro
Dulce y amargo
Premio y castigo

Escribir es soledad

A veces

A veces no vemos
y nos engañamos
A veces vemos
pero no queremos ver

A veces vemos
pero no queremos creer
A veces creemos
lo que no queremos ver

A veces imaginamos
lo que queremos
A veces queremos
lo que imaginamos

A veces no vemos
A veces soñamos

martes, 20 de octubre de 2009

Sin título

Me gustan los días grises.
Me gusta la lluvia y la soledad
El aullido del viento
El rugido del mar

Me gusta escuchar
Me gusta sentir
me gusta perderme
En su inmensidad.

lunes, 19 de octubre de 2009

La vida sigue

Ayer escribí con cierta rabia, pero lo cierto es que, lentamente, voy poniendo orden en el caos. No es fácil, sobre todo cuando hay que volver necesariamente al lugar del "crimen", pero es necesario.
No estoy demasiado satisfecha de todo lo que he publicado, pero me ayuda a encauzar las emociones, los sentimientos. Ayuda a reflexionar sobre los porqués, los cómos, los cuándos...
Aunque sigue habiendo muchas preguntas y pocas respuestas.
La vida enseña, a palos muchas veces, que las personas vienen y van. Que nada es eterno y que todo tiene su ciclo.
He conocido a muchas personas a lo largo de la vida. La inmensa mayoría han sido relaciones más o menos superficiales, y con pocos o ningún interés en común. De algunos, que me perdonen, no recuerdo ni el nombre.
En unas pocas ocasiones he encontrado personas con las que esa relación trascendió lo superficial, el mero trato social, y adquirió profundidad. Cada una de ellas fue muy enriquecedora y, siempre, estaba basada en algún interés común: el cine, la música, los libros...
En la mayoría de esos casos, percibí de manera más o menos clara cuando el ciclo había llegado a su fin y acepté, aceptamos, no sin pena y resignación, que había que seguir caminos distintos. Nunca he sentido un afán de posesión.
Hay veces, y esta es una de ellas, en que, sin embargo, queda la sensación de que el ciclo se rompe, que no ha llegado a alcanzar su fin natural, que no era así como tenía que acabar y de quedan cosas por decir. Y no puedo evitar rebelarme. Luchar.
Eso no quiere decir que, a pesar de todo, no sea consciente de que la lucha puede ser inútil, pero si no se lucha por aquello que sentimos que vale la pena, ¿por qué íbamos a luchar sino?

domingo, 18 de octubre de 2009

Dolores

Hoy he tenido la suerte de ver un corto que me ha gustado mucho. Es difícil ver cortos, porque nadie les dedica espacios en televisión, pero zapeando encontré un canal en la tdt que daba un programa dedicado al cine español.
El corto se llama "Dolores". Está escrito, dirigido y protagonizado por una chica: Manuela Burló Moreno. Y es muy buena. Me encantó. No sé si influyó que trataba sobre la comunicación y las relaciones entre personas y le he dado muchas vueltas a eso estos días.

Nueva semana

Mañana es lunes. Hay que volver al trabajo. La semana pasada se me hizo muy, muy dura. El cambio ha sido radical. Ya nada es igual. Y yo echo de menos tantas cosas.
Muy posiblemente estarán ocupados todos los despachos. El nuevo subdirector adjunto se llama Nicolás, pero no tengo el menor interés en conocerlo. Tiene su propia tarea por delante. Por lo que sé no se parece en nada al anterior. En nada. Probablemente sea mejor así.
Más reuniones sobre las aplicaciones. Una ponencia. Discusiones de trabajo y conversación instrascendente.
El nuevo subdirector, Carlos, se esfuerza por crear buen ambiente. Parece muy buena gente, pero poco se puede imaginar lo que pasa por mi cabeza. Si a mi me hubieran dicho esto hace unos meses, hubiera pensado que deliraba.

Mi padre

Cuando pienso en mi padre, lo primero que se me viene a la cabeza es sibarita. Mi padre era un sibarita.
No sé como llegó a serlo, no nació con una cuchara de plata en la boca. Su padre, mi abuelo Enrique, era músico, de ascendencia murciana. Su madre, mi abuela Florencia, originaria de Navarra, fue un ama de casa que crió a siete hijos, tres hijas y cuatro hijos. Mi padre nació en Segovia, donde mi abuelo era director de la banda de la Academia de Infantería. Cuando tenía 8 o 9 años se marcharon a Turégano, un pueblo pequeñito no lejos de Segovia capital. Allí fundó una banda de música. De lo que a veces nos contaba, deduzco que no le debieron controlar mucho, y que pasaba bastante tiempo investigando el mundo por ahí. No tuvo estudios formales, pero aprendió a leer y escribir y tenía buena cabeza para las cuentas. Leyó mucho y con ello adquirió una cierta cultura.

A los cuatro hijos que tenía mi abuelo les enseño música, para que pudieran ganarse la vida. A dos les enseño a tocar la tuba, y a los otros dos el trombón. A las chicas no, cosa que mi querida tía Rosario siempre lamentó, porque le gustaba mucho la música. No creo que a todos los chicos les gustara especialmente la música. A mi padre sí, a su manera.

A él le tocó en suerte el trombón. Y lo tocaba muy bien. Nunca le faltó trabajo, y muchas veces tenía demasiado. Tocó hasta los 70 años. Hasta que lo jubilaron. Después no volvió a tocar nunca más.

Todos los hermanos entraron el Ejercito como músicos militares en cuanto tuvieron edad para ello. Además, trabajaban en orquestas y cualquier otro evento que precisara de su arte: opera, zarzuela, espectaculos de variedades, y cuando llegó la televisión, hasta en televisión. Cuando se retiro del Ejercito, llegó a formar parte de la Orquesta Nacional y de la Orquesta de RTVE.

El salario fijo lo proveía el ejercito, el resto llegaba de forma irregular.Y mi padre, que no tenía ningún espiritu ahorrativo, se gastaba esos extras en vivir como un rey. Se compraba ropa y zapatos de calidad, y comia todo lo bien que podía. En esto último, en comer, para mi fe el precursor de la "nouvell cuisine", le gustaba comer bien, pero en cantidades minúsculas.

Se casó joven, pero ese matrimonio no resultó y ella, despechada, se marchó a Barcelona con sus hijos. Y es que a mi padre le gustaban las faldas y, como era guapo, no le faltaban tentaciones.

Mucho tiempo después conocería a mi madre. Ya entrado en años y con más ganas de sentar la cabeza. Entonces nacimos mi hermano pequeño y yo.

Mi padre tenía muchas manías. Era muy supersticioso. Nada de tijeras abiertas, paraguas abiertos dentro de casa, etc, etc... Le daban miedo muchas cosas, entre ellas conducir. Fue incapaz de aprender. Una vez, cuando otro familiar nos traía a casa (siempre dependimos de otros o de los taxis para desplazarnos) le convenció para que cogiera el volante del coche y probara. Era cuesta abajo, una calle relativamente ancha. ¡Bajamos haciendo eses! Tenía tanto miedo que no podía ni sujetar el volante.
Una de las consecuencias más placenteras de esta fobia fue que en vacaciones nunca viajabamos en coche, siempre lo haciamos en tren. A él le debo mi amor por los trenes.

Le gustaba mucho el fútbol. Fan acérrimo del Real Madrid. Fue socio, aunque cada vez iba menos al campo (antes ir al fútbol era muy incómodo). Veía los partidos por la tele, pero bajaba el volumen y se enchufaba a la radio. Los vivía de tal manera que, a veces, se le escapaban los pies intentando marcar un gol.

También era muy generoso. Cuando hacía regalos, los hacía a lo grande. Al menos, mientras tuvo dinero para gastar. Ponía mucho interés en agradar. Y con su innato buen gusto rara vez hizo un regalo que no gustara.

Fue un hombre con mucho encanto. Incluso cuando envejeció mantuvo siempre una apostura y un saber estar que no se ven a menudo.

No llegó a conocer a mis hijos.
(Mi padre murió el 7 de diciembre de 1993)

viernes, 16 de octubre de 2009

Desde mi ventana

No soy una persona nocturna. Soy más bien diurna, pero tampoco me gusta en exceso madrugar. Sin embargo, sí me gusta observar las estrellas. La inmensa boveda celeste.
Una de las pocas compensaciones que tiene el levantarse a las seis de la mañana es poder ver las estrellas desde mi ventana. A esa hora, cuando todavía es de noche, y si el cielo está despejado, puedo ver las estrellas.
A esas horas pequeñas, como dicen los escoceses (the wee hours of the morning, que expresión tan bonita), la mayoría de las luces de las casas están apagadas, y aúnque las de la calle estén permanentemente encendidas, la oscuridad es mayor que a primera hora de la noche.
Además, a esa hora, precisamente, se para delante de mi ventana un cazador mítico: Orión. No sé mucho de constelaciones, pero Orión es bastante facil de reconocer por su elegante cinturón, y allí está todas las mañanas, parado en el cachito de cielo que veo desde mi ventana.
Y es que a veces está tan hermoso, brilla con tanta intensidad, que se me saltan las lagrimas.

El gato

La tarde se había metido en agua. El gato estaba empapado. Había vagado durante horas y con la lluvia había perdido toda referencia. Era absolutamente incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa.
"¡Qué suerte! ¡Una casa!" El animal corrió a resguardarse bajo el alero de la puerta. Estaba helado de frío pero, al menos, estaba fuera del alcance de la lluvia.
La puerta tenía un cristal que llegaba, más o menos, hasta la mitad. Estiró la cabeza y aguzo el oído. Las orejas tiesas y cuidadosamente orientadas hacia el interior de la casa. Si algún ser humano le viera y le dejara entrar...
Después de unos minutos, una cabeza se asomó y le observó a través del cristal. "¡Por favor, abre!". La cabeza parecía indecisa. Por fin, la puerta comenzó a abrirse.
La cabeza se completó con un cuerpo de mujer. Su actitud parecía amigable. Ella le miró con curiosidad, y el gato le devolvió una mirada suplicante. Emitió un maullido lastimero: "¡Adóptame!". Ella se agachó, invitándole a entrar, pero no se acercó. Iba a dejar que el gato decidiera si quería entrar o no. El gato no se lo pensó mucho. El frío y la humedad, acompañados del hambre, hubieran hecho que entrara en cualquier casa menos aceptable que esta.
Entró lentamente, desplegando todo su encanto natural, para ablandar más aún el corazón de la mujer. Ella cerró la puerta.
Susurró algo y se perdió por el pasillo. En un momento había regresado con una toalla. Con sumo cuidado le envolvió y empezó a secar su pelo. "¿A qué así está mejor?", preguntó sin esperar respuesta.
Cuando le pareció que el gato estaba más seco se levantó y volvió a desaparecer. El gato echó un vistazo a su alrededor. La casa no era grande. Tampoco tenía muchos muebles, pero parecía acogedora. Sobre todo, estaba caliente, y eso era lo que más le importaba en ese momento. Sus orejas se movían en todas direcciones, recogiendo información de los movimientos en la casa. Volvió a escuchar los pasos de la mujer que se acercaba. Se paró frente a él y le miro. "Y ahora, ¿qué te voy a dar de comer? Porque seguro que tienes hambre".
La mujer volvió la cabeza hacia la cocina y después otra vez al gato. Sin duda, estaba cabilando como alimentar al animal.
Volvió a mirar hacia la cocina y, por fin, pareció decidirse por algo. Ahora se fue derecha hacia la nevera y sacó un paquete de plástico. "¿Te gusta el jamón? Espero que sí, porque no sé que otra cosa darte." Saco un plato de papel y empezó a cortar las lonchas de jamón en pedacitos. Cuando le pareció suficiente, cogió el plato y lo dejó en el suelo de la cocina a sus pies. El gato la miró. Tenía hambre, pero no estaba acostumbrado a comer jamón. ¿Es qué no tenía otra cosa?
Se acercó lentamente y olisqueó el jamón. "¡En fin, sino hay otra cosa!" Comió unos pedacitos. Ella se dio cuenta enseguida de su falta de interés. Entonces, sonrió. "¡Ah! ¡Ya sé! ¡Atún! ¡Seguro que te gusta el atún!". Abrió un armario y sacó una latita. Con gesto decidido y rápido la abrió, cogió el plato de debajo del hocico del gato y volcó la lata encima. Solo el olor hizo al gato relamerse de gusto. "Esto sí".
La mujer puso de nuevo el plato en el suelo. Esta vez el gato empezó a comer con gusto. Ella lo miraba complacida, pero no pudo por menos que añadir "No te acostumbres. No pienso darte de comer atún todos los días. En cuanto pueda voy a comprar alimento para gatos, que sino me vas a salir muy caro"

Sobre el tiempo pasado

No soy de la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, sí tengo la sensación de que algunas cosas eran muchos mejor antes. Una de ellas es la enseñanza. Bien es verdad que era un ámbito al que podía acceder mucha menos gente y aquellos que lograban llegar a la universidad eran, sin duda, unos privilegiados.
Traigo todo esto a colación porque hace meses leí las memorias de Julian Marías. En ellas hablaba de su formación universitaria y de sus profesores. ¡Y qué profesores! Ni más ni menos que Ortega y Gasset, entre otros. Me resulta difícil imaginar como debían ser aquellas clases sin sentir punzadas de envidia. ¡Qué deleite!
Durante mi vida he tenido profesores de todo pelaje y condición, pero de los que me acuerdo con más cariño y frecuencia es de aquellos que eran verdaderamente buenos, buenos como profesores, se entiende. Desgraciadamente fueron los menos.
No los recuerdo por que fueran simpáticos o "amiguetes", sino por como enseñaban y lo mucho que aprendí con ellos.
Recuerdo con particular cariño a un profesor de matemáticas que tuve cuando iba al colegio. Le apodaron el "Otilio", ya que su aspecto recordaba vagamente al personaje de tebeo, pero su carácter no podía ser más opuesto al del ese personaje. En clase era estricto y serio a más no poder. Calificaba los exámenes sin piedad, pero durante ese curso aprendí más cálculo que en toda mi vida, y me dejó unos pilares tan sólidos que todavía perduran, a pesar de los años que hace que abandoné el estudio serio de las ciencias. Cuando se marchó del colegio al año siguiente me dio tanta pena que lloré, y no fui la única, para mi sorpresa.
No recuerdo haber llorado por la marcha de ningún otro profesor.

jueves, 15 de octubre de 2009

En la línea 7 del metro

Casi todos los días cojo la línea 7 del metro. En concreto en la estación de Avenida de America. Casi todos los días hay músicos tocando en los pasillos. Hoy he vuelto a ver a una pareja que me produce mucha ternura. Son mayores, no menos de sesenta años. Parecen matrimonio. Él toca el violín, decentemente, y ella se sienta al lado a pasarle las páginas de la partitura. Es una escena peculiar. En la caja del violín, que reposa en el suelo abierta, tienen varias estampitas y un cestito para que los transeúntes depositen su donativo. Ellos tienen un aspecto dulce y no puedo dejar de preguntarme como es que han acabado allí.
Por contraste, una vez en el andén, la escena es bien distinta. Y todavía no se, si me da pena o risa. Hay un hombre que se pasea con un reproductor de música dentro de una bolsa. El volumen alto, para que se oiga. Esta muy delgado. Siempre va vestido de negro: zapatillas negras, pantalón negro, gorra negra y camiseta negra, con el logo de algún grupo de rock. Pasea por el anden de arriba abajo, canturreando la música, como si fuera una estrella de rock. En un momento dado, se para frente al espejo que utilizan los conductores para comprobar que nadie queda atrapado en las puertas. Se mira durante minutos y, cuando llega el tren, vuelve a recorrer parte del anden, sube al tren por una puerta y sale por la contraria al anden central. Y así todos los días. Y yo me pregunto ¿será feliz?

El último caballero

El revisor la vio allí sentada, mirando por la ventanilla, y vio las lágrimas que caían de sus ojos. "¡Caramba!", pensó, "sí que lo debe estar pasando mal. No hace más que llorar desde que se ha subido al tren. No debe tener más de veinticinco años".
Se acordó de sus propias hijas, algo más jóvenes. "Espero que nadie las haga sufrir tanto como a ésta". Era la tercera vez que pasaba. Y aún le quedaban unas cuantas.
En cada una de las paradas del tren, tenía que pasar a picar los billetes de los nuevos viajeros y, hasta el final de la linea quedaban todavía seis estaciones. No se había atrevido a pedirle el billete. Le daba tanta pena. Esa pobre muchacha, llorando en silencio, con su nariz colorada y el pañuelo apretado en el puño.Deseaba con todo su corazón que tuviera un billete de primera, y no tenerle que hacer pagar la diferencia. En todo caso, mientras fuera posible la iba dejar permanecer en el asiento. Se la partía el alma tan solo de pensar en tener que moverla del asiento. Tal vez al llegar al final se le hubiera pasado la angustia. A veces una buena llantina es el mejor bálsamo para el alma.
Tres estaciones para el final.
Y sigue llorando. "¿Quién le habrá causado tanto dolor?. Lleva más de tres horas llorando sin parar".
Lo más triste, patético, quizá, es que no dice nada, no chilla, no gime, solo llora y llora. Los ojos están medio escondidos detrás de su pelo castaño. Lleva una melenita corta. No parece que lleve maquillaje, aunque después de tanta lágrima, no puede quedar mucho.
-"Estamos llegando. Señorita, ¿me permite su billete?"
-"¡Oh!, sí. Perdón." Su voz es apenas un susurro. Suave, bien timbrada, pero llena de una tristeza infinita.
-"Me temo que tiene un billete de segunda y este vagón es de primera. Me va a tener que abonar la diferencia"
-"Sí, por supuesto. ¿Cuánto es?"
-"Treinta euros"
-"Aquí tiene".
El revisor le entrega el recibo. Ni una protesta. Se la ve tan abatida. El revisor se está mordiendo la lengua y no puede más.
-"Perdone la indiscreción, pero, ¿qué le pasa?"
-"Mi novio me ha dejado porque soy virgen"
La respuesta es tan sincera que resulta conmovedora. El revisor piensa en lo triste y a la vez irónico de la situación. He aquí una joven deseosa de entregarse al hombre que ama, porque todas esas lágrimas no se vierten por cualquiera, y él la rechaza por ser virgen. Eso solo puede significar que, aunque no la quiere, le importa lo suficiente como para rechazar lo que muchos hombres aceptarían de buena gana. Al menos queda un caballero en el mundo. Aunque sea la única cosa buena que ha hecho.
Y mientras la ve alejarse el revisor piensa: "Todavía hay esperanza para mis hijas".

Nunca es tarde

El portero no le quitaba ojo de encima. No es que estuviera haciendo algo malo ni que hubiera hordas de gente esperando, pero no le gustaba nada tenerla allí. Había un grupito al otro lado. Ella las miró con curiosidad, no le parecía que dieran el tipo, pero nunca se sabe, y como se suele decir, para gustos colores, y no iba a ser ella quién se lo echara en cara.
Le estaban empezando a doler los pies. Llevaba en pie desde las 6, delante del hotel desde las 8, y ya habían dado las 2. Pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Nunca había tenido la oportunidad de ver a Sean Connery en persona, y mucho menos de pedirle un autógrafo. Por hache o por b, que si los niños, que si el trabajo…
Por un momento, dejándose llevar por la picardía, se imaginó mirando debajo del kilt, pero lo descarto enseguida, sería de mal gusto. Además, hoy no iba a acudir a esa clase de acto que requiere traje de gala. Pero hubiera estado bien poder verle en su traje de escocés.
El portero seguía mirando de reojo. Gracias a Dios no hacía frío, coger una pulmonía a estas alturas por pedirle un autógrafo a Sean Connery iba a hacer pensar a todo el mundo que no estaba bien de la cabeza.
Los pies le estaban pidiendo una tregua. Como este hombre se tardara mucho más en salir se iba a tener que dirigir a él de rodillas.
Se imaginó enseñando el autógrafo a sus amigas. Se imaginaba sus caras, especialmente la de Puri, que era del grupo, pero amiga, lo que se dice amiga, tampoco lo era tanto. Era la más envidiosa, y pensar en enseñárselo le producía un cierto placer malévolo.
Por fin, en la puerta se estaba formando un revuelo considerable. La prensa estaba presta como los buitres tras la matanza. Cámaras en alto. Micrófonos apuntando.
El otro grupo, al ver el revuelo, también se ha acercado. Tenía que estar lista o se le escaparía. Repaso mentalmente las frases cuidadosamente ensayadas. Incluso se grabó para perfeccionar la dicción, ¡con la rabia que le producía escuchar su propia voz!.
Ya le veía. Al ser tan alto su cabeza monda destacaba entre los demás.
¡Qué hombre! Con su edad y que atractivo tenía. Así, en directo, incluso más. Desde luego no perdía ni un ápice de su galanura.
Se acercó decidida. Tendría que pegarse con los de la prensa, pero no le importaba. Nadie le iba a quitar esta oportunidad y estaba dispuesta a pelear.Bolígrafo y cuaderno en mano, avanzó decidida.
Pero no hizo falta pelear. El actor, siempre amable con sus fans la detectó inmediatamente. Se abrió paso con el mismo porte que en sus películas, y le preguntó su nombre. Su sonrisa le desarmo por un momento y se le borraron de la memoria las frases. Entonces, pensó “Tengo que recuperar la compostura” . Con un hilo de voz alcanzó a decir: “Blanca”. Entonces, él tomando el bolígrafo y el cuaderno, escribió:“For Bianca, with kind regards, Sean Connery
Blanca estaba en el séptimo cielo. Pensar que a sus 60 años había conseguido el autógrafo de su actor favorito.
Y en su cabeza resonaba: “Nunca es tarde si la dicha es buena.”

miércoles, 14 de octubre de 2009

Tributo a Erma Bombeck

Tengo que dedicar algunos párrafos a Erma Bombeck.
Ya está muerta, así que nunca se planteará el problema de si merece o no el premio Nobel, pero para mí es, fue, una gran escritora. No escribió cuidadisimas novelas de grandes parrafadas. Escribió sobre la vida cotidiana de una mujer, madre y esposa, que, además de hacer todas las tareas domésticas, sacaba tiempo para revisar todo eso con humor, (voy a utilizar una palabra inglesa porque no hay otra en español cuyo significado se le acerque, no es pedantería, es, probablemente, falta de dominio de mi propio idioma), self-deprecating.
A ella le debo casi la vida. La descubrí por casualidad en una tienda de libros usados mientras vivía en Michigan. Necesitaba leer algo que me sacara de la depresión en que estaba metida. El cine también ayuda pero no excita el cerebro y la imaginación como la lectura. Llegó en el momento justo. A partir de ese momento no cejé hasta encontrar todos los libros que había escrito, cosa que aún no he conseguido. No estaba de moda, así que no fue tarea fácil. Creo que ni siquiera está traducida al castellano.
Una de mis metas es terminar la traducción de uno de sus libros, pero no es tarea fácil. No porque su lenguaje sea complicado o rebuscado, sino porque hay chistes que no tienen traducción, juegos de palabras y situaciones que no se pueden dar aquí y que no se entenderían por quien no conozca aquello, aunque muchas mujeres no podamos identificar con ella, de tal modo que trasvasar su peculiar sabiduría a nuestro ambiente sin traicionar su espíritu me resulta extremadamente difícil. También me preocupa que, de no hacerlo bien, muy probablemente no tuviera la acogida que, en mi opinión, habría de merecer.
Desde aquí mi tributo a esta maravillosa mujer con un gran sentido del humor .

El Faro

El técnico llamó al portero automático que había en la verja.
-"¿Quién es? "
-"Soy el instalador de SOLINF, S.A.. Vengo a instalar el controlador. "
El farero pulso un botón y abrió la puerta de la verja. El técnico se subió al coche y arrancó. Recorrió los pocos metros que separaban la verja del faro y aparcó la furgoneta. Se bajó, y fue hacía la parte de atrás del vehículo. Saco una caja, no mayor que un diccionario.El farero abrió la puerta del faro y le miró con una mezcla de curiosidad y tristeza.El técnico se le acerco y preguntó, con tono muy profesional:
-"¿Dónde está la maquinaria? "
El farero contestó:-" Dentro."Para sus adentros añadió: “Donde iba a estar sino”
Se apartó y le dejó pasar. Acto seguido, tomó la delantera y le guió por los recovecos del faro hacía el cuarto donde estaba la maquinaría que daba vida al faro cada noche.
Unos días antes ya había venido otro técnico a instalar no se qué aparato en el motor y a traer un ordenador, que permanecía en su caja, a la espera del técnico que acababa de llegar. Éste empezó a deshacer los embalajes. En unos minutos había sacado ya el ordenador, y minuciosamente estaba montando todas sus partes: la pantalla, el teclado, el ratón, la torre que contenía la unidad de proceso.
En el suelo quedaron esparcidos los plásticos que lo habían protegido.El técnico buscó un enchufe y lo encendió. Silenciosamente se puso en marcha. La pantalla empezó a parpadear, y se iban sucediendo los logos del fabricante, del creador del sistema operativo (software) y toda esa retahila de imagenes con que nos entretienen mientras pacientemente tenemos que esperar a que despierte.
Mientras tanto, el técnico abría la otra caja. Su aspecto era parecido al de la torre, aunque algo más pequeño. Era negro, con varios orificios, a los que habría que conectar cables que salían del ordenador y otros que iban hasta la maquinaria del faro.
“Así que esto es lo que me va a sustituir”. Pensó el farero. “Este aparato va a hacer mi trabajo. Va encender el faro al anochecer. ¿Acaso va a comprobar si la maquinaría gira bien y no se atasca.?¿puede, si se da el caso, cambiar las bombillas cuando se fundan.?” “Esto es una locura. Sustituir un hombre por una máquina en un trabajo tan delicado como este, con tantas vidas en el alero.”
El técnico continuo su labor. Ahora, movía el ratón y escribía cosas con el teclado. En la caja negra se habían encendido varias luces que parpadeaban. La luz de faro se enciendió y empezó a girar.
-”No se preocupe. Es solo una prueba, para ver que funciona correctamente. Ahora lo voy a programar para que se encienda cuando el sensor que está fuera deje de recibir suficiente luz y se apague al amanecer. Son una maravilla estos sensores nuevos. Son precisos como un reloj suizo. Detectarían la luz de una cerilla”
El técnico parecía disfrutar enormemente de su trabajo. No parecía darse cuenta de las implicaciones de lo que estaba sucediendo.
-¡Ya está!- exclamó. “A partir de hoy ya no tendrá que preocuparse. Los días que le quedan para la jubilación va a vivir como un rey, sin dar ni golpe. No tiene ni que mirarlo. Está conectado con la central por ADSL y desde allí van a detectar cualquier anomalía que se produzca.”
-“Ya. Muchas gracias.” Dijo con pena.
¿Quién se ocuparía de sus plantas cuando se marchara? ¿Y de su faro? Su querido faro. Le había dedicado treinta y cinco años de su vida. Lo había mimado y cuidado como a un hijo, consciente de la importancia que tenía para todos esos barcos ver esa lucecita en la distancia. Y ellos iban y lo dejaban todo en manos de un centro de control a kilómetros de distancia y unas máquinas. ¡Bonito panorama!.
El técnico recogió todos los restos rápidamente. Sacó su móvil y llamó al centro de control para informar de que todo estaba en orden. Con un sencillo ¡hasta luego! se despidió, y salió zumbando para su furgoneta.
El farero volvió a pulsar el botón para abrir la puerta de la verja. Desde la puerta espero a que la furgoneta saliera y la verja se cerrara, y volvió al faro.
Lentamente subió las escaleras. Tenía que hacer su maleta.

A título informativo

¡Hola a todos!
Por fin he reunido el valor suficiente para decidirme a publicar esas cositas que, de vez en cuando, escribo. ¿Por que ahora? Porque este fin de semana sentí una irreprimible necesidad de escribir. Para mí el amor y el dolor son sentimientos que generan una enorme tensión, que solo puedo liberar escribiendo. Solo así puedo poner en orden el tumulto que esas emociones generan en mi cabeza, por lo general más fría.

Escribo a impulsos y, mientras estos no sean demasiado intensos, soslayo la necesidad por la conveniencia de una vida ordenada, sin embargo, esta pasada semana tuvo lugar un acontecimiento que me afectó mucho: el alejamiento de un amigo al que estaba empezando a conocer y con el que comparto inquietudes muy valiosas para mí, como puede ser el amor por los libros, y a quién tengo que agradecer muchas cosas, entre otras el haberme ayudado a recuperar el interés por escribir que estaba latente en mí.
Temo que la distancia apague la llama de una amistad de la que estaba empezando a disfrutar, y que me ha sabido a poco. En consecuencia, mi necesidad de escribir se disparó al infinito y me pase todo el fin de semana dándole a la tecla.

El título de este diario, bitácora o como lo queráis llamar, es un humildísimo homenaje al, para mí, recién descubierto Kurt Vonnegut, cuyo libro de cuentos "Welcome to the monkey house" ha supuesto una gran inspiración. Se da, además, la sorprendente circunstancia de que el cuento que sirve de nombre al libro se refiere a la jaula de los monos del zoo de Grand Rapids, Michigan, y yo, quién lo iba a decir, he estado allí. What are the chances?, que hubiera dicho Mr. V. ¿A qué es una curiosa coincidencia?

Por último, pediros que no seáis demasiado exigentes, solo soy una humilde aficionada, no tengo otra pretensión, por el momento, que responder a esa peculiar necesidad que tengo de escribir. Avisaros de que, alguna vez, encontraréis entradas completas o palabras en inglés. No puedo evitarlo, el inglés forma parte de mí, y a veces me lo pide el cuerpo, perdonadme, pues, aquellos que no podáis leerlo.