Ya había dejado de contar los días. Desde el momento en que se acabó el agua ya no le importaba si era de noche o de día. Todavía era capaz de percibir el hedor, pero poco a poco se había ido acostumbrando y ya no le producía nauseas. El calor era casi insoportable, no había apenas sitio para moverse, pero tampoco tenía ganas. Podía escuchar la respiración de los demás, pausada, muy queda. El otro día uno intentó gritar, se estaba volviendo loco y quería salir. Entre las tinieblas pudo entrever el forcejeo y después el silencio. Si los descubrían allí a todos lo más probable era que los echaran al mar y no podían permitir eso. No se preguntó que es lo que había pasado, tenía la certeza de que alguno de los otros llevaba un cuchillo, o algo similar y que el alborotador había sido asesinado para proteger a los demás."HALLADOS 60 INMIGRANTES ILEGALES MUERTOS EN UN CONTENEDOR
En la tarde de ayer fueron encontrados los cadáveres de 60 inmigrantes ilegales en el interior de un contenedor que transportaba un carguero procedente del norte de África. El carguero había zarpado hacía 20 días,y durante todo ese tiempo parece ser que no recibieron ni agua ni alimento. El descubrimiento se realizó a petición de los estibadores del puerto, que se quejaron del mal olor procedente de uno de los contenedores mientras procedían a descargar los restantes. El juez ordenó el levantamiento de los cadáveres, a los que se realizará la autopsia para conocer las causas exactas de su muerte. Los forenses que examinaron el interior del contenedor encontraron los cadáveres entre los restos de sus propias heces, lo que parecían restos de comida y algunas botellas de agua vacías, y algunos de los cadáveres presentaban ya un avanzado estado de descomposición, lo que indica que fallecieron hace ya varios días. Se han recogido las pertenencias con objeto de tratar de averiguar sus identidades y estudiar la posibilidad de repatriar los restos a sus países de origen a petición de los familiares."
Sintió la necesidad de llenar la botella. No podía desperdiciar ni una gota. Ya casi ni sudaba. Al principio, la sola idea de beberse su orina le había parecido no solo repugnante sino ultrajante pero, después de un día sin agua, con tanta sed que la lengua le parecía de cartón, ni lo pensó, llenó la botella y casi la saboreó. De la comida ya ni se acordaba, notaba como día a día se le iba hundiendo el vientre y le sobresalían las costillas.
De vez en cuando cambiaba de postura, incluso intentaba ponerse de pie, si alguna vez llegaban a su destino quería intentar salir de allí por su pie, erguido, y poder preservar una brizna de orgullo.
El cuerpo que está a su lado parece estar rígido, hace varias horas que no se mueve. La tentación de comérselo revolotea en su cerebro, si está muerto que más le dá, no le importará que le dé un par de bocados, si los demás nos salvamos su muerte no habrá sido en vano. Su madre se hubiera horrorizado, entre lo mucho que le había enseñado estaba el respetar a los muertos. Pensó en su madre con dulzura, y solo por su madre desechó la idea. Todo lo que iba a trabajar por su madre. Cuando supiera que había llegado a Europa se iba a poner contentísima.
Apenas le quedan fuerzas ya. Las respiraciones alrededor son cada vez más lentas y todos están exangües. En el bolsillo volvió a apretar el amuleto. El brujo le había dicho que le protegería, aunque el sacerdote le había mirado con preocupación. Casi no puede sujetar la botella, la orina es cada vez menos y más concentrada. Algunas veces incluso la derrama, porque las manos casi no le responden. Las piernas le parecen de madera. Ahora que muchos están muertos parece que hace menos calor. No quiere cerrar los ojos, tiene la intuición de que si lo hace ya no los abrirá más, pero le pesan, le pesan tanto...