Soy una polilla. Mis alas no tienen el brillante colorido de las mariposas, antes bien su utilidad primaria es volar, y la segunda el camuflaje, fundirse con el paisaje y pasar desapercibidas, excepto para el ojo atento que es capaz de distinguir el intrincado dibujo de mis alas y la curva poblada de mis antenas mientras duermo.
Pero hay una cosa que me pierde: la luz. Me atrae de tal forma que no soy capaz de resistirme. Me arrastra como el iman al hierro, como mis amigas las moscas a la miel.
Me quema la llama, me topo con el cristal, una y otra vez, tratando de alcanzar lo inalcanzable, de aprender lo inaprensible. La luz es mi debilidad y mi perdición. Sé que me agotaré sin conseguir mi objetivo y moriré a sus pies, como un monumento a la futilidad.
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