Nosotros, los hipocondriacos ocasionales, no nos pasamos la vida, al menos no toda, temiendo padecer enfermedades, sino que sufrimos ataques de hipocondría de manera ocasional. Estos ataques suelen estar relacionados con algún síntoma ligeramente inusual o un hecho fuera de lo corriente.
Hoy he tenido una ataque de hipocondria que, por lo demás, ha sido más bien absurdo, basado en una seríe de hecho sumados desde el comienzo del día. El primer hecho fue que mi marido amaneció con un catarro bastante importante y a mí me corría la nariz, si bien en grado que, en este momento, no tiene comparación con el de la nariz de mi marido. El segundo hecho fue que, alrededor de la una, fui a ponerme la vacuna de la gripe. El año pasado me funcionó muy bien, por lo que este año decidí repetir. El tercer hecho fue un síntoma. Al cabo de un rato de ponerme la vacuna empezó a dolerme la garganta. ¡Hummmh! ¿Tendrá algo que ver con la vacuna? Después de comer un ibuprofeno, por si las moscas. Si te pones la vacuna cuando estás incubando un catarro puede ser catastrófico y bajarte más las defensas.
Cuarto hecho. El ibuprofeno hace su trabajo hasta, más o menos, las siete. A esa hora tengo clase de gimnasia. comienzo la clase sin problemas pero, al cabo de unos quince minutos empiezo a notar un peculiar dolor de cabeza hacia la nuca y ello desata el ataque de hipocondria. En un momento de enajenación mental me da por pensar que un dolor así podría deberse a una meningitis, ¡meningitis! nada menos. Ya está. La vacuna está distrayendo a mis defensas y una infección oportunista aprovecha la ocasión. Y entonces empiezo a repasar los síntomas de la meningitis y, salvo el dolor de cabeza cerca de la nuca, no tengo ningún otro. El caso es que lo que más abunda por ahí ahora no es la meningitis sino la neumonía, (ya ha habido tres caso en mi trabajo de los que yo tenga noticia y, en la prensa llevan días hablando de un brote de legionela), pero no cursa con dolor en la nuca. Pasa un rato y el dolor se me pasa. Hacemos pilates, me concentro en el resto de mi cuerpo y no me vuelvo a acordar del dolor de cabeza, y me olvido del ataque, ese ataque durante el cual, por unos minutos, me imagine la cama de un hospital casi en coma con el cerebro inflamado por una meningitis. Según voy caminando a casa pienso, algo así tiene que ser, sin duda, hipocondria.