El revisor la vio allí sentada, mirando por la ventanilla, y vio las lágrimas que caían de sus ojos. "¡Caramba!", pensó, "sí que lo debe estar pasando mal. No hace más que llorar desde que se ha subido al tren. No debe tener más de veinticinco años".
Se acordó de sus propias hijas, algo más jóvenes. "Espero que nadie las haga sufrir tanto como a ésta". Era la tercera vez que pasaba. Y aún le quedaban unas cuantas.
En cada una de las paradas del tren, tenía que pasar a picar los billetes de los nuevos viajeros y, hasta el final de la linea quedaban todavía seis estaciones. No se había atrevido a pedirle el billete. Le daba tanta pena. Esa pobre muchacha, llorando en silencio, con su nariz colorada y el pañuelo apretado en el puño.Deseaba con todo su corazón que tuviera un billete de primera, y no tenerle que hacer pagar la diferencia. En todo caso, mientras fuera posible la iba dejar permanecer en el asiento. Se la partía el alma tan solo de pensar en tener que moverla del asiento. Tal vez al llegar al final se le hubiera pasado la angustia. A veces una buena llantina es el mejor bálsamo para el alma.
Tres estaciones para el final.
Y sigue llorando. "¿Quién le habrá causado tanto dolor?. Lleva más de tres horas llorando sin parar".
Lo más triste, patético, quizá, es que no dice nada, no chilla, no gime, solo llora y llora. Los ojos están medio escondidos detrás de su pelo castaño. Lleva una melenita corta. No parece que lleve maquillaje, aunque después de tanta lágrima, no puede quedar mucho.
-"Estamos llegando. Señorita, ¿me permite su billete?"
-"¡Oh!, sí. Perdón." Su voz es apenas un susurro. Suave, bien timbrada, pero llena de una tristeza infinita.
-"Me temo que tiene un billete de segunda y este vagón es de primera. Me va a tener que abonar la diferencia"
-"Sí, por supuesto. ¿Cuánto es?"
-"Treinta euros"
-"Aquí tiene".
El revisor le entrega el recibo. Ni una protesta. Se la ve tan abatida. El revisor se está mordiendo la lengua y no puede más.
-"Perdone la indiscreción, pero, ¿qué le pasa?"
-"Mi novio me ha dejado porque soy virgen"
La respuesta es tan sincera que resulta conmovedora. El revisor piensa en lo triste y a la vez irónico de la situación. He aquí una joven deseosa de entregarse al hombre que ama, porque todas esas lágrimas no se vierten por cualquiera, y él la rechaza por ser virgen. Eso solo puede significar que, aunque no la quiere, le importa lo suficiente como para rechazar lo que muchos hombres aceptarían de buena gana. Al menos queda un caballero en el mundo. Aunque sea la única cosa buena que ha hecho.
Y mientras la ve alejarse el revisor piensa: "Todavía hay esperanza para mis hijas".
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