Casi todos los días cojo la línea 7 del metro. En concreto en la estación de Avenida de America. Casi todos los días hay músicos tocando en los pasillos. Hoy he vuelto a ver a una pareja que me produce mucha ternura. Son mayores, no menos de sesenta años. Parecen matrimonio. Él toca el violín, decentemente, y ella se sienta al lado a pasarle las páginas de la partitura. Es una escena peculiar. En la caja del violín, que reposa en el suelo abierta, tienen varias estampitas y un cestito para que los transeúntes depositen su donativo. Ellos tienen un aspecto dulce y no puedo dejar de preguntarme como es que han acabado allí.
Por contraste, una vez en el andén, la escena es bien distinta. Y todavía no se, si me da pena o risa. Hay un hombre que se pasea con un reproductor de música dentro de una bolsa. El volumen alto, para que se oiga. Esta muy delgado. Siempre va vestido de negro: zapatillas negras, pantalón negro, gorra negra y camiseta negra, con el logo de algún grupo de rock. Pasea por el anden de arriba abajo, canturreando la música, como si fuera una estrella de rock. En un momento dado, se para frente al espejo que utilizan los conductores para comprobar que nadie queda atrapado en las puertas. Se mira durante minutos y, cuando llega el tren, vuelve a recorrer parte del anden, sube al tren por una puerta y sale por la contraria al anden central. Y así todos los días. Y yo me pregunto ¿será feliz?
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