La tarde se había metido en agua. El gato estaba empapado. Había vagado durante horas y con la lluvia había perdido toda referencia. Era absolutamente incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa.
"¡Qué suerte! ¡Una casa!" El animal corrió a resguardarse bajo el alero de la puerta. Estaba helado de frío pero, al menos, estaba fuera del alcance de la lluvia.
La puerta tenía un cristal que llegaba, más o menos, hasta la mitad. Estiró la cabeza y aguzo el oído. Las orejas tiesas y cuidadosamente orientadas hacia el interior de la casa. Si algún ser humano le viera y le dejara entrar...
Después de unos minutos, una cabeza se asomó y le observó a través del cristal. "¡Por favor, abre!". La cabeza parecía indecisa. Por fin, la puerta comenzó a abrirse.
La cabeza se completó con un cuerpo de mujer. Su actitud parecía amigable. Ella le miró con curiosidad, y el gato le devolvió una mirada suplicante. Emitió un maullido lastimero: "¡Adóptame!". Ella se agachó, invitándole a entrar, pero no se acercó. Iba a dejar que el gato decidiera si quería entrar o no. El gato no se lo pensó mucho. El frío y la humedad, acompañados del hambre, hubieran hecho que entrara en cualquier casa menos aceptable que esta.
Entró lentamente, desplegando todo su encanto natural, para ablandar más aún el corazón de la mujer. Ella cerró la puerta.
Susurró algo y se perdió por el pasillo. En un momento había regresado con una toalla. Con sumo cuidado le envolvió y empezó a secar su pelo. "¿A qué así está mejor?", preguntó sin esperar respuesta.
Cuando le pareció que el gato estaba más seco se levantó y volvió a desaparecer. El gato echó un vistazo a su alrededor. La casa no era grande. Tampoco tenía muchos muebles, pero parecía acogedora. Sobre todo, estaba caliente, y eso era lo que más le importaba en ese momento. Sus orejas se movían en todas direcciones, recogiendo información de los movimientos en la casa. Volvió a escuchar los pasos de la mujer que se acercaba. Se paró frente a él y le miro. "Y ahora, ¿qué te voy a dar de comer? Porque seguro que tienes hambre".
La mujer volvió la cabeza hacia la cocina y después otra vez al gato. Sin duda, estaba cabilando como alimentar al animal.
Volvió a mirar hacia la cocina y, por fin, pareció decidirse por algo. Ahora se fue derecha hacia la nevera y sacó un paquete de plástico. "¿Te gusta el jamón? Espero que sí, porque no sé que otra cosa darte." Saco un plato de papel y empezó a cortar las lonchas de jamón en pedacitos. Cuando le pareció suficiente, cogió el plato y lo dejó en el suelo de la cocina a sus pies. El gato la miró. Tenía hambre, pero no estaba acostumbrado a comer jamón. ¿Es qué no tenía otra cosa?
Se acercó lentamente y olisqueó el jamón. "¡En fin, sino hay otra cosa!" Comió unos pedacitos. Ella se dio cuenta enseguida de su falta de interés. Entonces, sonrió. "¡Ah! ¡Ya sé! ¡Atún! ¡Seguro que te gusta el atún!". Abrió un armario y sacó una latita. Con gesto decidido y rápido la abrió, cogió el plato de debajo del hocico del gato y volcó la lata encima. Solo el olor hizo al gato relamerse de gusto. "Esto sí".
La mujer puso de nuevo el plato en el suelo. Esta vez el gato empezó a comer con gusto. Ella lo miraba complacida, pero no pudo por menos que añadir "No te acostumbres. No pienso darte de comer atún todos los días. En cuanto pueda voy a comprar alimento para gatos, que sino me vas a salir muy caro"
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