domingo, 2 de enero de 2011

2-1-11

Acabamos de entrar en una nueva década, o eso parece, y digo eso parece porque desde el año 2000 todavía se discute cuando empezó el milenio, el siglo y la década. Como decía, acabamos -supuestamente- de entrar en una nueva década y no sin cierta angustia, debida en gran parte a la crisis económica y social que nos afecta. Y yo no soy inmune a ello. Esta década comienza para mi con cierta incertidumbre con respecto al futuro. Dudas, no todas,  pero sí muchas. Una vez más, y reconozco que esto es recurrente en mí, me siento divida entre el deber y el deseo, en la libertad y las ataduras. En conciencia, habría que decir entre nuevas ataduras y las antiguas, porque en cierto modo de eso se trata, de cambiar de ropa, de escenario y crear nuevas ataduras. Pero romper ataduras no es fácil, sobre todo cuando hay otras personas implicadas, cuando hay deberes y obligaciones hacia esas personas.
Tampoco es fácil lanzarse a la aventura. Con el paso de los años nos vamos haciendo acomodaticios, adquirimos unos hábitos de vida, unas rutinas que nos resulta difícil romper sin consideración previa. No obstante, esta rutina conduce a una sensación de estancamiento que, a veces, resulta atenazante.
Pero no hay que pensar solo en uno mismo, ahora hay muchas personas que, por culpa de la crisis, no pueden disponer de su libertad, y mucho menos de una elección, cuando no disponen de medios económicos u oportunidades para salir adelante. Espero por el bien de todos que esto se solucione pronto y de la mejor manera posible para todos, y lo digo también pensando en el futuro de mis hijos, que no es ninguna tontería, ahora que parece que la jubilación me queda cada vez más lejos y que, de jubilarme, la pensión que me va a quedar va a resultar irrisoria, aunque no tenga ninguna gracia.
Como la esperanza es lo último que se pierde y, de hecho no se debe perder nunca, prefiero pensar que esto está en vías de solución y confío en Dios para que nos asista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario