miércoles, 12 de enero de 2011

Hay motivos

Estas últimas semanas, cuando me detengo a pensar, no puedo evitar sentir una cierta depresión por todas las cosas que veo que están sucediendo, por la injusticia del sistema social en que vivimos, por el egoísmo cada vez más exacerbado mezclado con una clamorosa indiferencia por los problemas ajenos en tanto no nos afecten. Ya sea en el trabajo, en la calle, en el colegio de los niños, veo tantas cosas contra las que rebelarme.
Lo peor de todo es que no me siento con fuerzas para rebelarme en todos y cada uno de esos lugares, en parte porque tengo la desagradable sensación de que no va a servir para nada, y en parte porque me veo como una parte muy insignificante de la sociedad. Es cierto que entre algunas personas mi opinión es tenida en cuenta, no obstante no me siento como una referencia.
Cuanto más observo la sociedad en que nos movemos más coincidencias veo con esos documentales sobre la vida en la selva, comer o ser comido, la ley del más fuerte, en vez de la civilización a la que teóricamente aspirábamos, en la que, por nuestro carácter humano, se iba a dejar de lado esa lucha y se protegería al débil frente al  abuso del fuerte, aprovechando las capacidades de cada uno.  Nada más lejos de la realidad. Sueños utópicos. La humanidad es ruin, egoísta, y bajo ese barniz de civilización subyace su animalidad apenas disimulada y, si cabe, aún peor que la animalidad pura y dura, pues no son  pocas las ocasiones en que se actúa de manera cruel y vandálica por mero placer, sin que se pueda obtener de la violencia gratuita otro fruto que un perverso placer. ¿Es esta la humanidad por la que murió Jesucristo? No puedo siquiera llegar a imaginar su decepción.
¿La vida es sueño...o pesadilla?

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