Dada la crisis a que antes he hecho referencia tengo la impresión de que este año va a ser parco en viajes. Así como los dos años anteriores hice unos cuantos, tanto de placer como de negocios, la perspectiva de tener un año en blanco se me aparece como un tanto deprimente. Viajar es una de mis aficiones favoritas, tanto que hasta me atrevería a calificarla de adicción. Lo confieso, el hecho de hacer la maleta y subirme, preferentemente, a un tren o un avión me produce un subidón que rara vez obtengo de otras experiencias. El mero hecho de pasar cerca de un aeropuerto o estación de tren evoca recuerdos y sensaciones sumamente placenteras a pesar de algunas experiencias no del todo felices. Añoro el cambio de paisaje, los nervios de embarcar y salir, la incertidumbre de la llegada, las sensaciones de un aire distinto, de un ambiente distinto, de lenguas diferentes. Todo ello produce un balsámico en mi espíritu y me permite continuar con mi rutina diaria con más alegría, sobre todo si en el futuro cercano se vislumbra la perspectiva de un nuevo viaje.
Quizá sea por todo esto que este año lo empiezo con menos interés, energía, si se quiere, porque esas perspectivas de viajar son ahora mismo remotas, lejanas en el tiempo y en el espacio, y esa lejanía no deja de producirme una insistente desazón. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Paciencia! Tendré que hacer alguna visita a la estación de Chamartín antes de que la entierren para sentarme a ver los trenes que parten y que llegan. Ese siempre ha sido un placebo relativamente efectivo en tiempos de sequía.
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