domingo, 2 de enero de 2011

La casa es de piedra. No es excesivamente grande, pero es amplia. Tiene una, o mejor dos, hermosas chimeneas que le dan un aire acojedor. Está cerca del mar, en una colina que mira por un lado al mar y por otro a las montañas. Las ventanas son de madera, pero modernas, sin resquicios. El cielo es gris y sopla un viento que levanta airadas olas. En la chimenea arde un fuego avivado a veces por el viento. A ráfagas la lluvia golpea los cristales. En la mesa una taza de té caliente. En la mano un libro. Cerca un cuaderno, bolígrafos, las gafas. El sofá mullido, de esos que te abrazan como los brazos de una madre, o de un amante, según el día. Una cocina de hierro fundido, una Aga, por ejemplo, que también proporcionan agua caliente y calefacción. Un jardín, una parte para flores y otra más grande para los arboles y lugares de juegos. Un pequeño invernadero y un huerto de hortalizas, unas gallinas para huevos frescos y un perro, o dos, o tres, y hasta un gato. Un comedor para invitar a mi familia y mis amigos a comer la comida preparada en mi estupenda cocina de leña.
Esa sería mi casa ideal.
La vida es sueño...

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