jueves, 22 de abril de 2010

La tumba de mis abuelos

El pasado 10 de abril se cumplieron 3 años del fallecimiento de mi abuela. Mi familia y yo solíamos ir a visitarla todos los domingos. Tenía 109 años y hasta el final se preocupó mucho por todos y estaba al tanto de lo que hacía cada uno, de los cumpleaños, los santos y los reyes magos. La enterraron junto a mi abuelo que murió muchos años antes.


Ahora intento ir al cementerio a visitar su tumba al menos dos veces al año, una por su aniversario y otra por el día de difuntos en noviembre. Ya que yo no había estado en el entierro de mi abuelo, me propuse el día del entierro de un abuela recordar el camino y los hitos que me podían servir para encontrarla, porque en un cementerio tan grande como el de la Almudena todas la tumbas parecen iguales. La primera vez me costó un poco localizarla, pero en estos tres años ya he logrado fijar el camino en mi memoria y la encuentro sin rodeos.

Lo que me resulta más chocante es que, de toda la familia, haya sido yo la única que se ha preocupado por seguir visitando su tumba, llevarle flores y rezar una oración por su alma. Bueno, esto no es del todo cierto, si yo les llevo algunos vienen conmigo, pero si no voy yo no va nadie. No entiendo por qué. ¿Dejadez? ¿Pereza? ¿Falta de tiempo? ¿Falta de fe? Me parece triste que una vez que uno ha fallecido no haya nadie que visite tu tumba. Cierto es que hay contratado un servicio de mantenimiento con el cementerio para que la tumba esté limpia y en buenas condiciones, pero eso me resulta frío, al fin y al cabo, ¿qué le importa a un operario quién esté en la tumba?

Como yo creo en el más allá pienso que cuando yo me muera me gustaría alguien se acordase de mí y se cuidase de mi tumba, y de mis restos, con cariño y, por tanto, intento actuar de la misma manera con los que me han precedido en esa transición.

Sé que ello no implica en absoluto que el resto de la familia no la recuerde, no puedo juzgarlo sin entrar en sus cabezas, pero hay gestos tan fáciles que dicen tanto.

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