Últimamente me ha dado por analizar mis gustos literarios, cinematográficos y teatrales. He mirado atrás y he visto los libros que he leído y, de ellos, los que más me han gustado y los que menos, y que es lo que me apetece leer en este momento.
La primera conclusión a la que he llegado es que la selección que tengo esperándome es variopinta. Predominan el relato, corto o novelado, aunque también hay un par de biografías y otro par de libros de espiritualidad/religión.
La segunda conclusión a la que he llegado es que, cuando se trata de novelas, me gustan más los libros cuando me puedo identificar con algún personaje, el que sea hombre o mujer es irrelevante, porque me gusta vivir la historia, es como despojarme de mi propio ser y vivir una doble vida, la real y la otra vida en el libro.
Un psicoanalista probablemente pensaría que lo hago para evadirme de una vida insatisfactoria, y probablemente tendría razón, pero no tiene porque ser necesariamente el caso si, por ejemplo, se trata de un dramón inconmensurable que me hace llorar ríos de lágrimas. Es más, considero que es este un ejercicio muy sano para liberar tensiones, una buena llantina obra milagros en el espíritu. Dado que no tengo espíritu aventurero y mis posibilidades de viajar son reducidas, por no decir escasas, el vivir una vida literaria a través de una novela amplia mis horizontes, no porque huya de mi vida sino porque me permite ampliarla más allá de los límites físicos o temporales. La fantasía no tiene límites y esto mismo me pasa con las películas o el teatro.
Por otro lado, la identificación con el personaje no se traduce en compartir todas y cada una de sus opiniones y características, bastan unas pocas, pero las más importantes, una afinidad, para lograr el transvase de identidades.
Pero a lo que íbamos, no obstante, también he disfrutado mucho de otras novelas aunque no me haya identificado con un personaje, y me haya sentido solo observadora. Aquí la imaginación compone los personajes y los escenarios y te ves a ti mismo como un personaje más de la obra, que observa la acción y a los personajes, y quizá la identificación en este caso sea más con el autor, que ocupa el lugar de nuestros ojos y nos guía por la historia.
Fuera de las novelas, mis gustos y necesidades tienen una gran amplitud, y me gustan mucho las biografías y algunos libros de historia, también libros de divulgación de física, psicología del aprendizaje, filosofía, religión, viajes y en general cualquier libro cuyo título o tema llamen mi atención o que me regalen.
La poesía me cuesta más trabajo, no por otra cosa sino que necesitas una tranquilidad para disfrutarla de la que ahora no dispongo. No se puede leer poesía a salto de mata, como leo yo la mayoría de las veces.
Otra conclusión es que, de un tiempo a esta parte, necesito leer algo que me haga reír, no tiene porque ser necesariamente una novela cómica o de humor, basta con que algunos pasajes rompan con el tono general, y cuánto más abrupta y salvaje sea más me hace reír. Así, me gustó mucho, por lo salvaje, la descripción de la batalla de Trafalgar de Arturo Pérez Reverte. Me divierte mucho su estilo, lo cual no significa necesariamente que me gusten todas sus obras, pero a veces me divierten mucho las barbaridades, en varios sentidos del término, que escribe.
Ahora estoy leyendo "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery y me ha encantado descubrir varios pasajes que me han hecho reír a carcajadas, para asombro de mis semejantes, pues tengo la costumbre de aprovechar cada ratito que puedo para leer y lo hago en cualquier sitio, público o no. Me resulta refrescante poder soltar una carcajada de vez en cuando. La risa es tan necesaria. Por eso me gustó tanto Erma Bombeck, por su capacidad de ver el lado humorístico de la vida, esa risa que resulta de una situación cómica inesperada y cuando uno se puede reír de sí mismo, ahora bien, no me gustan NADA las bromas pesadas, las novatadas y esas cosas, que me parecen degradantes.
Y otro día tengo que hablar de los autores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario