Estos días de tiempo revuelto la luz cambia constantemente. A ratos luce el sol, el cielo está despejado y todo reluce con la pátina dorada de su luz. Luego vienen las nubes, nubes grises, panza de burro que le dicen los canarios, y la luz se vuelve más blanca, azulada, es una luz que desnuda los detalles como ninguna otra, es como la de un quirófano. Después el sol desaparece por completo, la nubes se cierran como las cortinas por la noche y todo se oscurece, y la luz que anuncia la lluvia lo inunda todo, gris, melancólica.
Hay muchas otras luces, la luz del amanecer, límpida, rosada, que se va asomando tímidamente por encima de los tejados hasta que nos saluda suavemente. Y la luz del atardecer, descarada, desafiante, luchando por permanecer un segundo más antes de que la venza inevitablemente la noche, a pesar de lo cual se defiende con rojos y naranjas intensos.
Y así infinidad de tonos y variaciones. Y lo que más me molesta es que no hay paleta, ni cámara capaz de captar todos estos matices en todo su esplendor, en toda su belleza, solo nos queda la imaginación.
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