Desde hace unos días me encuentro en un estado de ánimo melancólico, no sé si ello se debe a la proximidad de mi cumpleaños (¡que bien! sigo aquí), pero esta pregunta ha comenzado a reconcomerme.
¿Por qué me hago esta pregunta ahora?
Porque llevo trabajando media vida y veo que los objetivos con los que soñaba cuando era más joven se alejan en lugar de acercarse, y que, poco a poco, va quedando menos tiempo para ver realizados esos sueños de recorrer el mundo, de leer, de aprender todo lo que hay en el mundo, en el universo. El trabajo y las obligaciones me ocupan la mayor parte de mi tiempo y apenas queda un poco para mis sueños, por no hablar de dinero. Y el hecho de que se hable de retrasar la edad de jubilación no hace sino restar perspectivas de realización a esos sueños.
Es cierto que algunas de esas obligaciones me las he impuesto yo misma: nadie me obligo a tener hijos y, con ello, asumir la responsabilidad y la carga de criarlos, pero ello sumado a la obligación que te impone la vida de tener que trabajar para vivir, aunque sea un trabajo que no te disguste enteramente (a veces hasta me lo paso bien), y que esta obligación se prolongue en el tiempo más allá de lo que uno considera razonable impidiendo el disfrute de un tiempo en el que, liberados por fin de obligaciones y contando con un pequeña pensión, poder hacer realidad algunos de aquellos sueños cuya realización aparcamos para cubrir otras necesidades más urgentes o perentorias, como puede ser la maternidad.
Sin embargo, no puedo evitar sentir crecientes punzadas de frustración al pensar que a medida que cumplo años me queda menos tiempo para llegar a realizar esos sueños, esas metas, siento que tengo mucho que hacer, que dar, que aprender, que escuchar, que ver y que poco a poco se me van entornando y cerrando las puertas que antes estaban abiertas de par en par. Y todo ello sin contar que podría morir en cualquier momento dejando ¿inacabado? mi proyecto.
¿Qué cual era mi proyecto? La más curioso es que nunca ha habido proyecto como tal, o tal vez sí, el proyecto era vivir la vida de una determinada manera, viajando, viendo, leyendo, escuchando, y eso no ha sido posible más que en una pequeña parte, porque las circunstancias nos obligan a elegir, cuanto odio tener que elegir, y renunciar (todavía lo odio más) en un mundo donde existen muchas posibilidades pero no todas están a nuestro alcance a no ser que estemos dispuestos a pagar un precio muy alto y/o a ser tremendamente egoistas.
Mi profesión ideal era ser piloto de avión, o en su defecto azafata (auxiliar de vuelo lo llaman ahora, pero me gusta más azafata), viajando por todo el mundo pero siempre regresando a un lugar que pudiera llamar hogar, algo así como un ave migratoria que siempre regresa al mismo lugar a procrear. Pero en su día no se podía ser tripulante de un avión si llevabas gafas (ahora sí, está todo permitido siempre que no seas rompetechos y si no te operas y ya está) y yo las llevo desde los quince años, lo que me dejó compuesta y sin vocación, pero con una infinidad de intereses de entre los que me encontraba incapaz de elegir uno (otra vez la maldita elección).
Ahora son funcionaria, no por vocación, sí por conveniencia, y sueño con poder, algún día, acabar mi carrera, y viajar y ver todos los lugares por los que siento curiosidad, y hacer muchas fotos de todo lo que me llama la atención, y leer todos los libros que tengo en mi lista y muchos más, y oír muchos conciertos y escuchar muchas canciones, e invitar a mis amigos a compartir todas esas experiencias y hacer cosas que nunca pensé que haría, porque estoy viva, porque mi cerebro y mi inteligencia están vivos y sedientos, y hay tantas cosas hay fuera.
¿Y tendré tiempo para todo eso?
Curiosamente, mientras redactaba esta entrada, he encontrado otra recién publicada en el blog de un amigo con una reflexión parecida pero en sentido contrario, desde la perspectiva de la juventud. Podéis comparar visitando el enlace siguiente: http://www.evacuaciondelaspeceras.com/2010/04/arthur-machen.htm
No hay comentarios:
Publicar un comentario