viernes, 18 de febrero de 2011

De esas situaciones de la vida...

¿Por qué nos incomoda más tener alrededor a una persona a la que sabemos que gustamos que tener cerca a una persona que sabemos que nos odia? Es una pregunta a la que llevo años dando vueltas. Como regla general nos sentimos mucho más incómodos en el primer caso que en el segundo. Yo tengo varias teorías. En primer lugar, puede ser porque el interés puede no sea mutuo, puede ser que no exista correspondencia entre la admiración/interés/amor que una persona despierta en otra y, salvo egos desmesurados que disfruten se objeto de y/o exijan admiración permanente, y aquí se bifurca la teoría, se pueden dar dos situaciones, o bien que se sienta pena por el admirador o que nos resulte pesada su admiración. En cualquier caso, la libertad queda restringida y, por ello, nos causa incomodidad. También puede ocurrir que el interés sea recíproco pero no equivalente, y ese mismo desequilibrio nos lleve a las dos situaciones antes descritas, si bien me inclino por la preponderancia de la primera, seremos más propensos a la pena, dado que el admirador no nos es indiferente.
Y ¿por qué no nos sentimos tan incómodos con un enemigo? Aquí barajo dos posibilidades, una es que la animadversión nos resulte indiferente -no hay mayor desprecio que no hacer aprecio-, y la otra es que el odio sea mutuo, en cuyo caso, se puede incluso llegar a disfrutar un tanto de hacer sufrir a la otra parte con comportamientos o palabras que le puedan molestar, entretenimiento del que no podríamos disfrutar sin su presencia.
O sea que los humanos somos increíblemente retorcidos.

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