viernes, 11 de febrero de 2011

Cuando uno no sabe expresar lo que siente II

Esta maldita frustración me está inundando de tristeza. Tengo ganas de llorar. Todo va mal. Bueno, todo es una exageración, pero hay muchas cosas que van mal, demasiadas. Me he llevado un par de alegrías, por saber de amigos con los que hacía tiempo que no tenía noticias, pero han llegado otras malas, y su maldad supera la bondad de las otras, y otras cuestiones siguen en una situación fea, que no presagian nada bueno. Maldita elocuencia que me falla. O tal vez no sea la elocuencia, sino cuestión de sinceridad. Es difícil ser sincero. En realidad no nos gusta la sinceridad, tenemos demasiado orgullo para aceptar la verdad pura, simple, sin adulterar. En general necesitamos que nos disfracen la verdad como se les endulza a los niños una medicina para que la tomen, es buena para ellos pero no les gusta y le añadimos azúcar para que se la tomen. La verdad así, sin disfraz, es muy difícil de aceptar, y hay que tener una cierta ¿elocuencia? ¿diplomacia? ¿tacto? ¿habilidad? para decirla de tal manera que sea aceptada por el interlocutor. Además tendemos, inevitablemente, a estar ciegos, sordos e insensibles a las partes de la historia que no sean nuestros propios deseos, sentimientos -heridos o no-, o ambiciones. Tendemos también a dar muchas cosas por sobreentendidas, a evitarlas porque pudieran resultar zonas resbaladizas, sensibles -tal vez dolorosas-, o nos da miedo enfrentarnos a ellas de cara -somos cobardes-, y pasamos de lado, de puntillas, dando lugar al equívoco, al error, al malentendido. Nos aferramos a ciertos convencionalismos para esconder nuestras dudas, nuestros miedos, nuestros rencores. Somos reacios a expresar nuestros verdaderos sentimientos -salvo la ira o ciertas clases de dolor- por miedo al dolor, por miedo al rechazo, por miedo a la soledad. Sin embargo, la soledad es protectora, nos aleja de muchos peligros, sin relaciones no hay dolor, no hay miedo a la perdida porque no hay nada que perder. No hay malos entendidos porque no hay con quién hablar. No hay sobreentendidos, porque todo es silencio y todo está dicho.
Estoy harta de la contención, pero no sé como encauzar el flujo una vez que abriera la compuerta, y el miedo a la inundación me sigue paralizando. ¿Tengo miedo a herir? Sí, pero aún más tengo miedo a resultar herida. Mi coraza es el silencio, el convencionalismo, solo que no es una coraza, se parece más a un embalse donde nadie sabe como regular las compuertas y, o las abran y que sea lo que Dios quiera, o revienta y que Dios nos asista.
Qué difícil resulta encauzar los sentimientos. Cuando surgen son como animales salvajes a los que vamos domando, como una ola (qué canción de Rocío Jurado) que lo cubre todo, que lo inunda todo. Da igual que sea amor, odio, pena, dolor, ira, son todos igual de inmanejables.
¿Cómo expresar lo que apenas podemos manejar?

1 comentario:

  1. Considero excelente el escrito, aunque difiero en parte d e el, ya que no debemos ser cobardes y PRETENDER SER ACEPTADOS POR EMITIR UNA OPINION DIFERENTE.......
    Muchas veces he pasado por situaciones muy parecidas a la suya y de nada me ha servido “ CALLAR ",..... una verdad que la hemos tenido de frente CASI TODO EL TIEMPO Y NOS HA DEJADO PARALIZADAS.
    Hay que seguir adelante y si no deseamos enfrentar la verdad y ser felices, tampoco tenemos que cerrar compuertas, encerrarnos y hasta salir corriendo.
    Simplemente DECIR Y SER VALIENTES!!!!
    Si es un VERDADERO AMIGO NOS ENTENDERÁ,........de lo contrario es màs sencillo : NO LO ES.

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