Muy a menudo en los sermones que escucho los domingos durante misa, el sacerdote nos recuerda el amor al prójimo y la caridad, y lo necesarios que son para alcanzar el cielo. Y el sermón de hoy me llevó a la reflexión de que, efectivamente, no basta con evitar el pecado, lo que no siempre es fácil, sino que además, si queremos ser merecedores del cielo hemos de amar a nuestro prójimo en el más amplio sentido de la palabra. Y aquí es donde entra en juego la caridad, no la caridad como vulgarmente la entendemos de dar unas monedas a ese mendigo que, desgraciadamente, encontramos en cada esquina de las calles que recorremos cada día, sino la caridad en su más trabajoso sentido, ese que supone tolerar, sobrellevar con paciencia, cariño y alegría los defectos de los demás, al igual que ellos nos soportan a nosotros. Y eso, en este mundo de hoy, tan sumamente egoísta, es una tarea ardua, porque, incluso en aquellos que amamos (padres, hijos, esposos, amigos) somos siempre aterradoramente conscientes de sus faltas y defectos, y prestos a tomarlos en cuenta y sentirnos ofendidos, cuanto más en aquellos por quienes no sentimos ningún cariño, bien por que nos sean indiferentes, o por aquellos a quienes consciente o inconscientemente sentimos aversión o, incluso, odio. Es harto difícil ser verdaderamente caritativo, incluso con los que queremos, y muchas veces solo nos damos cuenta de ello después de algún enfado o de un susto. Esa debiera ser nuestro verdadero objetivo en la vida y, tal vez, si todos lo fuéramos un poco más, la vida fuera un poco más justa y llevadera para todos. Por supuesto, sin olvidar que debemos evitar el pecado, en tanto que objetivamente malo para el bien común, porque los mandamientos, al fin y al cabo, son puro sentido común, no robar, no mentir, no matar no son solo moralmente malos, la ética los rechaza también como actos contrarios a la sociedad y al bien común.
Y, a todo esto, os preguntaréis ¿dónde encaja aquí la lata de sardinas?, bien, la respuesta es que, una vez, un mendigo, en vez de pedirme dinero a la puerta de un supermercado me pidió que le comprara una lata de sardinas para comer, y aunque me esté mal el decirlo, fue una de las veces en que más a gusto me quedé al hacer una obra de caridad, porque tuve la certeza de que lo iba a usar para algo verdaderamente necesario: comer. Y es que, cuando tenemos caridad, aunque sea algo tan prosaico como ayudar a alguien que lo necesita, no solo hacemos a los demás sentirse bien, generalmente, también nos sentimos bien nosotros, y así sucesivamente.
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