El camino puede ser largo o corto. Puede ser siempre igual o cambiante. Puede ser llano o puede ser cuesta arriba, cuesta abajo y hasta alternar una cosa y otra. A veces resbaladizo, otras tan pino que se hace muy difícil continuar. A veces es revirado, lo que nos hace perder la orientación.
Muchas veces se bifurca, obligándonos a elegir, sin vuelta atrás. Otras veces uno se reencuentra con el camino que no eligió antes.
En ocasiones se interrumpe abruptamente y caemos. Otras se va vislumbrando el final dándonos la oportunidad de prepararnos.
Cada recodo es imprevisible. Muchas veces los arboles nos impiden, no ya ver el bosque, sino observar el tiempo para poder resguardarnos a tiempo del chaparrón. Otras veces vamos tan distraidos mirando el paisaje que pasamos otros caminos por alto.
A menudo vamos recogiendo objetos por camino, de modo que cada vez vamos más cargados y eso nos hace más pesado el camino, y el mismo camino nos obliga a desprendernos de ellos para poder continuar. Otras vamos tan ligeros que nos faltan cosas cuando más las necesitamos.
Si nos preocupamos demasiado por la dureza del camino nos podremos perder ese paisaje que corta la respiración por su belleza. Y si nos obsesionamos por el paisaje podríamos tropezar con las piedras del camino.
Siempre nos cruzamos con otros viajeros, unos nos acompañaran durante un tiempo. Unas veces los dejaremos atrás nosotros a ellos y, otras, ellos a nosotros. Unas veces nos tiraran piedras y otras nos darán flores y fruta. Algunos nos ayudaran cuando el camino se nos haga difícil y otros, en fin, nos pondrán la zancadilla para impedir que sigamos por el que creen su camino.
A veces habrá suficiente luz para guiarnos, y otras tendremos que caminar a tientas.
El camino es imprevisible.
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