miércoles, 3 de febrero de 2010

En la intimidad de un hospital

Ayer operaron a mi madre de un dedo de la mano. Fue una operación ambulatoria, lo cual quiere decir, básicamente, que no se duerme en el hospital pero que te pasas gran parte del día allí. Como, además, se trataba de un hospital público, las habitaciones donde de ingresan son dobles y suelen estar completas. Ayer, pues, nos toco compartir la habitación con otra mujer y, claro está, con sus familiares. Entre las dos camas la única separación es una cortina, de manera que cualquier conversación es perfectamente audible para los vecinos de cama. Y como resultado tuve la oportunidad de escuchar como una de las hijas se había acostado con su novio por primera vez, le había dejado, había vuelto con él, se habían casado, después se habían separado y, para remate, que solo ahora había empezado a disfrutar del sexo porque, al principio, le resultaba bastante repulsivo. Todo esto en el espacio de una hora, mientras esperaba que trajeran a mi madre de vuelta de su operación e intentaba hacer unos sudokus para distraerme. Prometo que no intenté, bajo ningún concepto, escuchar, era simplemente imposible no hacerlo. Así como podemos cerrar los ojos, mi dominio sobre los músculos de mi cabeza no alcanza a poder mover mis orejas para orientarlas en otra dirección o taparlas sin hacer uso de mis manos en forma que delate mi propósito de no seguir escuchando.
A todo esto, yo me puse a reflexionar y saque las siguientes conclusiones:
1ª. Por mucho que se intente es imposible mantener la intimidad en una habitación de 7x3 m. con dos camas y cuatro sillas.
2ª. El sentido del pudor se está perdiendo y somos capaces de mantener las conversaciones más peculiares aun cuando seamos conscientes de que hay otras personas desconocidas en nuestro radio de escucha.
3ª Hay que ver las cosas de que somos capaces las mujeres.
4ª La vida aún sigue deparándome sorpresas.

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