Mucho me temo que mi fe no es como una roca. Es una aspiración pero desgraciadamente no es nada fácil. Puede que sean todas las influencias de la vida actual, pero con mucha mayor probabilidad influye más mi falta de constancia, mi falta de voluntad a la hora de potenciar aquellas virtudes que menos abundan en mi y a mejorar, o incluso reprimir, aquellos defectos que me alejan de la bondad.
Aunque no solo se trata de ser bueno, y parecerlo, por supuesto, sino de tener la conciencia tranquila, de ser consciente de que en cada momento se ha hecho lo correcto sin excusas ni paños calientes.
Hay defectos contra los que es difícil luchar, y también hay situaciones injustas que apelan a esos defectos en vez de a las virtudes.
Por ejemplo, cuando uno ve lo mal repartido que está el mundo, de cuanto disfrutan unos pocos y cuan mal lo pueden llegar a pasar otros es difícil entender que al final ambos puedan estar en el mismo cielo. Es difícil entender que alguien que durante su vida no se ha preocupado de los demás y ha gastado, por ejemplo, enormes cantidades de dinero mientras millones de personas apenas tenían que comer, y lo hacía sin ningún remordimiento, pueda por el hecho de arrepentirse de ello siquiera merecer el cielo y mucho menos alcanzarlo.
Es la misericordia de Dios. Y el purgatorio, ese lugar donde el alma se debe purificar antes de llegar al cielo. Cuanto mayor sea la mancha, más tiempo se habrá de pasar en el purgatorio, privado de la felicidad del cielo pero sin que ésta nos vaya a ser negada al final.
Y luego están los malos de verdad, los que impulsados por el demonio esparcen el mal por doquier, y haberlos haylos. Esos nunca irán al cielo, y no parece que les importe mucho.
Yo quiero ir al cielo, quiero volver a estar cerca de mis seres queridos, pero esa es otra historia...
Mientras tanto lucho conmigo misma por mantener la fe, por mantener a raya mis defectos y sacar brillo a mis escasas virtudes, solo Dios sabe si al final lo conseguiré...
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