Ayer tuve la inmensa suerte de asistir al concierto de fin de curso de los alumnos de un conservatorio profesional de música. Fue largo pero muy intenso. En ese concierto venían a demostrar todo el trabajo, no ya de este curso que acaba, sino de toda su vida desde que se iniciaron en el mundo de la música. Todos eran muy buenos y el sonido de las bandas, coros y orquestas estaban afinado y empastado casi como si de prosfesionales se tratara. Por supuesto hubo lugar para los talentos sobresalientes, de los que destacaría a 6, dos solistas de piano, dos solistas de violín, uno de flauta y otro de clarinete, y de estos, dos chicas resultaron sorprendentes y asombrosas. Una violinista porque apenas tendría 10 años pero tocaba con una habilidad y energía impropias de su edad. Si progresa en función de lo que promete podría llegar a ser una gran violinista.
La otra merece un párrafo aparte, porque su cuerpo no acompañaba en igual medida a su talento. Se trataba de una chica con una enfermedad que le ha deformado las piernas y la espalda. Caminó hacia el piano con su muleta. Sus brazos y su manos parecían desproporcionadamente grandes, y sin embargo aquellas manos acariciaron las teclas del piano con suma dulzura. El piano se entregaba a su dominación y le ofrecía sonidos llenos de matices y ella cubría las teclas con su manos, esas manos tan grandes, como protegiendo la delicadeza de los sonidos: salid, salid, que yo os amparo parecían decir. Y salían y jugaban porque aquellas manos fuertes los protegían.Y esa es la magia de la música.
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