Puede parecer un asunto nimio, al fin y al cabo es solo un cacharro más que no ha afectado nuestras vidas en nada, el juguete, el capricho de un grupo de científicos, financiado por el dinero de los contribuyentes y que no ha resuelto ninguno de lo más graves problemas de la humanidad.
Todo ello es cierto, pero también lo es que la humanidad siempre ha tenido curiosidad por investigar todo lo que la rodea, primero la tierra, luego los océanos y, más tarde, el aire y su continuación natural, el espacio, la última frontera, como rezaba el monólogo de apertura de "Star Trek". También ha producido cada vez herramientas y útiles más complejos, y desde la invención, o debiera decir descubrimiento, de la rueda ha creado instrumentos más complejos que le permitieran investigar ese entorno. Así evolucionaron los sistemas de transporte terrestre, marítimo y aéreo. Máquinas más complicadas, pero que no solo evolucionaban en complejidad sino también en aspecto, adquiriendo lineas más depuradas, más dinámicas y menos abruptas.
De este modo hemos llegado a los coches de Fórmula 1, los aviones supersónicos, barcos más rápidos y, en la era de los viajes espaciales, las lanzaderas espaciales.
Estás máquinas tienen su propia belleza, una belleza distinta, pero no menos elegante, una belleza en su complejidad y en sus formas, una belleza en lo que suponen y en lo que alcanzan, una belleza que tal vez solo sea visible en los ojos de los que amamos la aventura, y nos apasiona el descubrimiento del más allá, pero belleza, no obstante, una belleza que nos mueve a las lágrimas, en este momento en particular, cuando por última vez, vemos sus formas desplazarse por última vez, cuando admiramos el extrañamente grácil descenso del pájaro apenas iluminado por un foco cuando culmina su descenso de los confines exteriores de la atmósfera terrestre.
Es el fin de una era. Tal vez un día, alguien diseñe una nave parecida, de la que un astronauta descienda como el capitán del barco pone pie a tierra sin ayuda para dar el parte del viaje realizado a su superior, vestido con su uniforme de gala, en completo estado de revista.
Ahora toca esperar.
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