El viento del sur quema Madrid. Desde la ventana me engaña, mueve las hojas de los arboles, el molinillo solitario en la maceta. Pero no refresca, va arrasando las calles, llenándolas de fuego que calienta las aceras y los muros.
Es el verano de Madrid. El calor seco, incesante, con el brillo de una llama reflejado en los cristales de los coches y en la ventanas de las casas.
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