Antes de que volver a ver una película que volviera a traer a mi consciencia imágenes de mi infancia, ya mientras leía algunos párrafos de Proust, mi mente había comenzado a reflexionar porque algunas imágenes muy concretas se quedan permanentemente grabadas en nuestra memoria de entre los cientos, miles de ellas que vemos cada día y los millones que habremos visto durante nuestra vida. Sin embargo, algunas de ellas permanecen en el tiempo y nos es posible traerlas una y otra vez, y verlas en nuestra mente aun cuando haya pasado mucho tiempo. Porque lo cierto y verdad es que tenemos unos álbumes de fotos y vídeos almacenados en nuestro incomprensible cerebro. ¿Por qué esas imágenes y no otras han dejando esa huella permanente en nuestro archivo visual? En mi experiencia, la inmensa mayoría está asociada a sensaciones, casi siempre placenteras, algunas muy placenteras y, en algún caso, desagradables. Otras simplemente nos sorprendieron porque no estábamos preparados para ser testigos de ese hecho concreto. Unas cuantas quedaron grabadas por simple repetición, rutinas de nuestra infancia, por ejemplo. Unas pocas han recibido trato de favor, y voluntariamente hemos hecho el esfuerzo de almacenarlas porque su valor, bien por su unicidad, bien por su belleza o cualquier otro atributo, es muy superior para nosotros a todo lo tenemos ocasión de ver cada día.
Dentro de este catálogo también una gradación, y algunas permanecen siempre más vívidas que otras, independientemente de su antigüedad, mientras que otras se van difuminando como una foto antigua que va perdiendo su contraste y su brillo. Hay algunas que tienen una cierta vida propia, lo que consiste en que se nos aparecen no solo cuando las evocamos con nuestra voluntad, sino que aparecen así, por la buenas, y nos persiguen como un fantasma juguetón (aquí Freud, probablemente tendría alguna observación sobre conflictos no resueltos, obsesiones y demás).
No deja de ser curioso también, que con mucha frecuencia, algunas se desvanezcan con el uso, y que, cuanto más empeño pongamos en evocarlas, más difícil nos resulte verlas con claridad. Sucede mucho con las imágenes de seres queridos de los que, por fuerza, nos vemos distanciados, siendo el caso más triste el de los fallecidos, ya que tenemos la dolorosa certeza de que no nos volveremos a ver en este mundo. Es en estos casos cuando nos vemos obligados a recurrir a las fotos en papel, ahora en ordenador, para poder recordar unas facciones o un gesto característico de ese ser extrañado.
Yo tengo muchas imágenes recurrentes de este último año, algunas están claramente asociadas a momentos de diversión o placer y otras, están ahí y no sé exactamente porque, tal vez no lo sepa nunca, o puede que, según Freud no lo llegue a admitir nunca. ¡Qué cosas tiene el estar vivo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario