domingo, 17 de abril de 2011

Mis queridos vencejos

Hace un par de días comencé a escuchar sus chillidos. Tímidos, apenas media docena de pájaros, el adelanto de los que suelen retornar todos los años a criar entre nuestros tejados. Es un símbolo inequívoco de la primavera. Su presencia anuncia días más largos, calor, la promesa de un nuevo comienzo. Todos esos pollos que nacerán y antes de acabar el verano regresaran con sus padres a las tierras donde pasarán el invierno.
Cuando llegan estos días no puedo dejar de buscar entre todos los sonidos ese chillido característico, y cuando por fin lo encuentro me inunda una alegría indefinible, dulce, inocente, y corro a la ventana a ver su silueta de avión hacer piruetas en el aire.
Tal vez sea el único evento realmente natural que queda en la ciudad, y quizá sea por eso que me resulta tan fascinante. Si algún día no vuelven no quiero, ni puedo, imaginar la tristeza que me produciría su ausencia. Este año han vuelto...

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