Acabo de leer un artículo sobre las personas que están trabajando en la central nuclear de Fukushima tratando de controlar los escapes de agua y estabilizar el reactor. Lo que más miedo les daba era la oscuridad, no era la dificultad de trabajo en sí, tampoco el riesgo que están corriendo al estar expuestos a la radiación. No, lo que más le imponía era la oscuridad.
En otro artículo veo la foto de un bombero que ha estado apagando el fuego en un centro comercial en China. Está vestido de amarillo y destaca entre los restos ennegrecidos de lo que fue un luminoso centro comercial. Lo que más me llama la atención es la oscuridad.
Los niños suelen tener miedo a la oscuridad y algunos adultos nunca logran deshacerse de ese miedo nunca.
Hay oscuridades que parece que incluso absorven la luz, se la tragan como si fueran agujeros negros. La oscuridad después de un incendio tiene ese carácter. El hollín, las cenizas parecen ser esponjas que absorven la luz y convierten los restos en algo aún más lóbrego, ominoso, desgarrador. Parece el summún de la destrucción. Creo que no hay nada más desolador que el fuego. Ese fuego que cuando arde nos atrae como si fuéramos polillas, que nos fascina porque creemos poder controlarlo, pero que cuando se revela a ese supuesto sometimiento destruye con tanta furia, con tanta saña, que hasta acaba con la luz que antes derrochó. No deja más que oscuridad, una oscuridad muy oscura, una negrura infinita.
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