Hace un par de semanas tuve la suerte de realizar un curso/seminario de tres días en El Escorial. El curso tenía por objeto aprender técnicas y practicar la negociación en lengua inglesa. Esta clase de cursos en mi trabajo suelen estar dirigidos a personal de grupos altos, ya que se supone que son ellos los van a asistir a reuniones internacionales, razón por la cual, todo los asistentes al curso asumen casi de manera automática que todos tienen un puesto y nivel mínimos acordes y similares.
Por supuesto, yo no tengo un puesto demasiado alto, de hecho, en lo que yo llamo la cadena trófica estoy prácticamente al fondo, ya que no tengo a nadie por debajo, pero por encima tengo una larga sucesión de jefes. No obstante, mi trabajo y una cierta capacidad y disposición, así como un inusual conocimiento de la lengua de Shakespeare, basado en mucho trabajo y la suerte de tener un marido cuyo idioma materno es, casualmente, el inglés, han dado como resultado el que yo haya alcanzado cierto estatus de facto que me ha permitido asistir a algunas reuniones internacionales y llevar a cabo tareas que, en circunstancias normales, no habría llevado a cabo nunca. Por otro lado, es cierto que, a estas alturas, no he terminado ninguna carrera universitaria, aunque he empezado dos, lo que no es óbice para que haya leído mucho, me guste estar bien informada, tenga bastante curiosidad por el mundo que me rodea, y me haya tomado la molestia de realizar mi trabajo más allá de lo que requería de mí en muchas ocasiones.
El caso es que en estos curso, todo el mundo asume inmediatamente que pertenezco a un grupo superior al que en realidad es el mio, y que ocupo un puesto de más importancia que aquel que en verdad ocupo. Es una situación que resulta, a la vez, divertida y embarazosa.
Durante este curso, al discutir algunos aspectos legales, alguien me pregunto si era jurista, lo cual es muy halagador, pero también me resulta incómodo por que, evidentemente, existe un malentendido que no se muy bien como aclarar.
Al mismo tiempo, también me resulta intimidante encontrarme rodeada de personas cuya formación es, teóricamente, superior a la mía, y que han sido capaces de terminar su carrera y superar una oposición a un cuerpo superior. No me acompleja, más bien me siento como una impostora, como si pretendiera ser algo que no soy.
Es curioso como se entremezclan los sentimientos, como se puede disfrutar y sufrir a la vez. También es llamativo cuán dados somos a juzgar por las apariencias, o como dicen los ingleses, a juzgar el libro por su cubierta.
Tal vez, algún día, las apariencias lleguen a ser verdad...o no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario