Me prometo no volver a hablar, pero las palabras se escapan de mi boca como el agua por entre los dedos, es imposible mantenerlas dentro. Dicen que uno es dueño de sus silencios, pero no es tan fácil, los silencios tienen vida propia, y suelen llevarte la contraria. Cuando quieres hablar aparecen, testarudos, y se imponen, te roban las palabras antes de que salgan de tu boca, las esconden en el rincón más lejano del cerebro, más oscuro para que te pierdas por el camino. En cambio, cuando crees que debes callar, deciden escabullirse, dejándote a la intemperie, abriendo las puertas del reservorio de palabras de manera que es imposible retenerlas, se agolpan en la boca y ejercen una presión tal que las pronuncias sin darte cuenta y te escuchas a ti mismo decir lo que ni siquiera has llegado a pensar.
¿Quién dijo que uno era dueño de sus silencios?
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